Texto: Lic. Kamala Bonifazi

«Un desenfrenado deseo de contar»
«Rosario y sus letras»

Angélica Gorodischer

La originalidad estilística de esta narradora rosarina es notable. Su vívida imaginación y el modo tan personal que tiene de hilvanar todo ese torrente fantástico que la desborda subyugan aún más por la naturalidad con la que se deja llevar hacia esos espacios delirantes en los que lo imposible y lo posible pierden sus límites y se confunden. Muchas veces en sus narraciones recurre a los elementos de la ciencia ficción y lo hace con mágica naturalidad, como inmersa desde siempre en ese mundo ajeno, temido, insospechado, irreal y concreto a la vez. Y sin embargo Angélica Gorodischer encuentra ahí campo propicio para la configuración de vastas texturas narrativas, para saciar – ella mismo lo reconoce – su desenfrenado deseo de contar.
De su primer libro de cuentos, Cuentos con soldados (1965) falta todavía el juego casi despiadado, pero extremadamente rico, del lenguaje fantástico que caracterizará su producción posterior. Allí se entrega con deslumbrante sencillez a ese don que posee para “decir”, a veces con una arista de humor negro a través del cual desmenuza la realidad con aguda crítica.
Opus Dos (1967) es el título de su segundo libro y su primer intento de novela. A partir de aquí Angélica Gorodischer muestra su marcada predilección por futuros o ucronías en los cuales se espejan hipertrofiadas las obsesiones, frustraciones y angustias del presente. Sin embargo, Las Pelucas (1968, cuentos), su tercer libro, reúne once relatos disímiles en temática y orientación, de los que podríamos decir que connotan en su conjunto dramatismo más que sobriedad. En uno de esos cuentos “Cartas de una inglesa”, el estilo indirecto actualiza el eco de algunas páginas del inolvidable Henry James.
Seis años después aparece Bajo las jubeas en flor (1973), sugestivo título que enmarca seis cuentos con una estructuración imbricada y una ductilidad lingüística originalísima. No es fácil pensar una realidad tratada a través de lo fantástico, pero Angélica Gorodischer lo hace con absoluta naturalidad, como si, digámoslo otra vez, perteneciera a ese mundo increíble y cercano. Quizá por eso no es fácil esta lectura, que reclama una y otra vez la reflexión del lector.
Casta Luna Electrónica (1977) es una antología personal que consta de siete cuentos. De uno de ellos, “Seis días con Max”, dice: “Irrumpir con lo fantástico en medio de lo cotidiano, sin que por eso la vida de todos los días pierda su consistencia ni su coherencia”, afirmación contundente que define sus propósitos narrativos.
Trafalgar (1979, cuentos) no es, dice la autora, “como podría parecer una novela histórica”. Son relatos llenos de humor e ironía, uno de cuyos méritos principales es la utilización de un lenguaje coloquial matizado con jugosas digresiones que hacen que Trafalgar Medrano, infatigable viajante de comercio, se nos aparezca como un personaje familiar en carne y hueso. De pronto Rosario es mágica en Trafalgar, el “Burgundy” existe en algún lugar de la peatonal y el “Gotha local” se publica en la imprenta de un conocido poeta. En pocas palabras, nuestra narradora muestra aquí la relación directa de la persona humana con lo desconocido y se revela comparable a las inolvidables narradoras del género: Ursula Le Guin, Natalie Henneberg, Carol Emshwiller, Joanna Russ.
Kalpa Imperial (1983) es una reflexión sobre el poder escrita a la manera del cuento oriental tradicional. Lleva, reveladoramente, un epígrafe en el cual Gorodischer reafirma su deuda para con Hans Christian Andersen, J.R.R Tolkien e Italo Calvino, “sin cuyas palabras de aliento este libro no se hubiera escrito”, aclara Gorodischer. De Andersen ha recuperado esa tamización fantástica de la realidad que no rechaza lo terrible ni lo cruel, como si los ojos que filtran el mundo fuesen los de un niño curioso y sabio. De Tolkien ha aprendido a configurar en gestas un mito que es humano y que sin embargo escapa a los límites de lo humano. De Calvino adopta la riqueza en la escritura.
Casi inmediatamente aparecerá Mala noche y parir hembra (1983, cuentos), extraño título que es una frase del general Francisco Javier Castaños, vencedor en la batalla de Bailén, cuando su reina, en vez de dar un heredero a la corona, tuvo la mala idea de dar a luz a una princesa. El generalote, que había estado toda la noche con los pares del reino esperando el nacimiento, dijo esa insolencia: “¡Mala noche, y parir hembra!”. Nuestra escritora recordó entonces esos tiempos en los que en Europa no se anotaba a las niñas en los registros de personas o en que en Oriente se ahogaba a las recién nacidas y se dejaba vivir a los varones, o la maldición “ojalá que todos tus descendientes sean hembras”, o las doctas discusiones acerca de si las mujeres tienen alma o no, y se dijo: “Sobre esto tengo que escribir”, cosa que hizo en este libro, en el cual se vislumbra la experiencia femenina a través del absurdo, el humor, el sarcasmo, lo poético, con una punzante capacidad analítica.
Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara (1985, novela) mereció el premio Emecé de ese año y sumó a Gorodischer a una lista en la que ya figuraban María Granata, Griselda Gambaro, María Esther de Miguel, Jorge Masciángioli, Adolfo Pérez Zelaschi. Es una novela homenaje a Raymond Chandler que se asienta sobre dos pilares: el lenguaje bien argentino y un fino sentido del humor, presente aún en las situaciones trágicas.
Después vinieron Jugo de mango, Las repúblicas, Fábula de la virgen y el bombero, La noche del inocente, Prodigios, Menta, Cómo triunfar en la vida (que no es un libro de autoayuda), Técnicas de supervivencia, Doquier, Cien Islas.
Sus dos últimos libros fueron Historia de mi Madre que no es una biografía ni una autobiografía, como ella misma lo dice, sino una memoria en la que trata de rescatar la difícil relación que las unió. Eso sí, lo que pensó que iba a ser un ajuste de cuentas resultó un intento de reconciliación.
En cuanto a Tumba de Jaguares, su libro más reciente, tiene una estructura no lineal sino recurrente: Ourobouros, la serpiente que se muerde la cola.
Pero existe otra persona que sin lugar a dudas les puede hablar con mayor autoridad sobre el tema: ella misma, Angélica Gorodischer, con quien he tenido el placer de compartir muchos ratos de charla matizados por su ingenioso humor, que fueron mostrando su interesante personalidad.

¿Cómo siente hoy la escritora Angélica Gorodischer, luego de una impecable trayectoria, el hecho de ser un referente incuestionable de las letras rosarinas y aún más con reconocimientos nacionales e internacionales?
Me siento magníficamente. Pero no porque crea que soy “un referente incuestionable de las letras rosarinas” ni porque alguien en algún país haya puesto mis libros en los programas de estudios de Literatura Argentina. Me siento magníficamente porque nunca pienso en esas distinciones ni en esos términos. Me siento así porque escribo, porque de vez en cuando me invitan a congresos o a encuentros internacionales, porque muchos de mis colegas a quienes respeto y admiro son mis amigos y amigas.

Tus novelas, Angélica, son extremadamente fotográficas, creíbles, hay abundante acción y mucha peripecia. ¿Te agradaría que alguna de tus obras fuera llevada al cine? ¿Qué condiciones antepondrías a la representación?
Quisiera que todos mis libros se filmaran, me encantaría. Pero eso sí, pido mucho. Que a Kalpa imperial lo hubiera filmado Akira Kurosawa; a Flores de alabastro, alfombras de Bokhara, Robert Altman y, a algunos de los cuentos de Mala Noche y parir hembra Agnes Varda. No lo hago por menos. Me hubiera gustado, para terminar con este delirio, que a Trafalgar lo hubiera filmado Tarkowski, cuya muerte me causó tanta desazón como la de la escritora Alice Sheldon. En fin, quisiera que todo lo mío se filmara, pero eso sí, señores directores, yo colaboro en el libreto.

Luego de haber leído tus obras, he notado en tus relatos un intento de corrección, de transformación de la realidad. ¿Qué procesos te mueven a pasar de lo estrictamente real a lo delirantemente fantástico?
La realidad es fantástica; o dicho de otro modo, no sé qué es lo real y qué es lo fantástico, qué es la verdad y qué es la mentira. Lo más delirante de la ciencia ficción es una pavada prosaica al lado de la supervivencia del género humano, a pesar de guerras, pestes y estupidez. Yo no paso de alguna parte a alguna otra parte, no tengo imaginación: el mundo es así, como yo lo escribo.

Pienso que clasificarte literariamente, Angélica, es una tarea difícil; tu singular manejo del lenguaje te incitó a volcarte a dos géneros intransitados por nuestras escritoras: la literatura fantástica (y dentro de ella el subgénero de la ciencia ficción) y la novela policial. ¿Cómo se inscribe tu obra en el contexto de la literatura argentina contemporánea? ¿Te considerás una escritora atípica?
Eso dicen los críticos, que soy una escritora atípica, y ya se sabe que los críticos son señoras y señores muy serios y respetables y que hay que creerles todo. Especialmente lo que a una le gusta. Lo que pasa es que yo escribo como se me da la gana y lo que se me da la gana. Bien, mal, regular, qué sé yo, qué importancia tiene. Soy muy feliz escribiendo. No escribo con permiso novelas de amor con un leve, muy leve telón de fondo politicoide, en las que las minas terminan abandonadas y llorando, esas novelas que se espera que escriba una señora. He reducido, en la medida de mis posibilidades, el nivel de autocensura y para eso la literatura fantástica me ha resultado útil, fantásticamente útil.

En Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara vas a México en busca de aventuras como buena discípula de Conan Doyle; entre paradigmáticos señores apellidados Jerr, Brulsen, Romber (pero con acento mejicano) te insertarás en un verdadero enigma. Aquí hacés uso de los mecanismos de la novela policial ¿Considerás a Raymond Chandler tu verdadero maestro en este género?
Siempre he amado la novela policial. Pasé largas horas de adolescente metida en el Séptimo Círculo con John Dickson Carr, Nicholas Blake y Michael Innes. Pero un día leí La dama del lago y casi me muero de un ataque de susto y de placer ¿Qué era eso? ¿Qué estaba leyendo yo? Finalmente “el crimen había sido desalojado del salón y tirado a la alcantarilla”, como dijo el Maestro. De ahí en adelante me hice adicta al policial negro. Pero no puedo escribir esas cosas: la novela problema me excede, soy incapaz de plantear un crimen aparentemente insoluble y de resolverlo paso a paso. Me acerco a la novela negra porque mi admiración por Chandler es comparable a mi admiración por Balzac y por la historieta. Ahora, cuando escribo, sólo uso un tenue hilo, lo suficientemente ambiguo como para poder contar cosas sin ningún rigor, con toda la locura posible.

Me agradaría que me nombrases a todos los autores que han influido de una u otra forma en tu narrativa.
¿Todos? Imposible. Empecé a leer a los cinco años y todavía no he parado, y no ha habido un autor en todo ese tiempo que no me haya enseñado algo, por sí o por no, por amor o por rechazo. Tuve mis épocas, como todo el mundo: tuve una época Aldous Huxley, una época Katherine Mansfield, otra Dostoiewsky, otra Kafka, también como todo el mundo. Pero hay autores que se me mueren: ya no puedo soportar a Thomas Mann ni a Anatole France, cosa que a ellos no les importa y siguen siendo grandes autores, claro. Y hay autores que perduran: Balzac, Wolf, Cervantes, Borges, Arlt ¿Cómo? ¿Borges y Arlt ahí, juntos en un alegre contubernio? Y, sí, por qué no. La pesadez y la gracia, si puedo parafrasear, yo sin gracia a Simone Weil, no la de ahora sino la de entonces. Y perduran otras cosas, la historieta, Oesterheld, desaparecido por el Proceso; Pratt, Manara y aquellos personajes de “El Tony”,”Rayo Rojo”, “Misterix” y “Mandrake”, el agente secreto X-9, Dick Tracy y sobre todo Flash Gordon. Todos ellos me enseñaron el ritmo de la narración. Todavía estoy tratando de aprenderlo.

¿Cómo ves el quehacer literario específicamente en cuanto a la literatura fantástica en nuestro país?
Ya sabemos lo que pasa en nuestro país con la narrativa, la enorme desconfianza que despierta el escritor, esa persona que “no hace nada más” que escribir cuentos y novelas, y peor, el escritor de cuentos fantásticos. ¿Qué es eso? ¿Lujo? ¿Ocio? ¿Locura? Ah, no, si uno escribe tiene que dar testimonio, señora. Y bien, estoy de acuerdo, sólo que cada escritor da testimonio a su manera. La literatura fantástica puede ser (de hecho lo es en manos de Borges, de Spinrad, de Farmer) la más realista de las narrativas.

Da la impresión que tus días estuvieran llenos de viajes y acontecimientos ¿es así realmente?
Mi vida no está tan llena de acontecimientos, al contrario. Necesito cierta rutina, cierta tranquilidad para poder escribir. Una novela, por ejemplo, se escribe lentamente, en el silencio, y cuanto menos imprevistos encuentre una en su camino, mejor aún. Viajo mucho, eso es cierto, porque me invitan a universidades o a reuniones, congresos, todo eso, y en cada país, en cada ciudad, la esperan a una personajes y acontecimientos, a veces impresionantes, a veces modestos y fácilmente olvidables. Lo interesante de todo eso es el encuentro con los iguales, las conversaciones de pasillo, los cafés compartidos en bares que no son esos a los que estás acostumbrada. Lo importante es lo que traés de esos viajes, que a veces es cosa de esperar para poder asimilar y convertir en escritura.

Si no hubieras sido Angélica Gorodischer, ¿quién hubieras deseado ser?
Astrónoma, sin ninguna duda.

Y en la actualidad ¿qué pensás respecto a la mujer escritora? ¿se encuentra en paridad de condiciones con el hombre escritor?
Por supuesto que no, ¿paridad dónde?, ¿en qué profesión? vamos, en literatura tampoco. Las escritoras compartimos con los escritores un campo de problemas con los cuales enfrentarnos. Y aparte tenemos nuestro propio lote, que dobla el de los hombres. Hay que ver además que últimamente las mujeres nos hemos puesto muy molestas. ¿Por qué será? Y aunque queda medio mal ser sexista, en una enumeración de escritores nunca va a salir espontáneamente el nombre de una mujer. Que no me nombres a mí, bueno, pero que no nombren a Griselda Gambaro, a Alicia Steimberg, es casi escandaloso. Nadie es sexista, pero una mujer ingresa al recuerdo cuando se muere, cuando ya no sos mujer. Si no, no sos una escritora, sos una señora que escribe.

¿Cómo sintetizarías este boom cultural y turístico que se produce en el Rosario actual?
Rosario fue siempre un polo cultural importante. En los años cuarenta y cincuenta por ejemplo, se publicaban revistas literarias, había dos editoriales, el Grupo Litoral empezaba a formarse a partir de la Mutualidad, el teatro independiente era el más importante del país, Borges venía a dar conferencias en Amigos del Arte recién fundado que funcionaba en la gran casa de la esquina de Laprida y Santa Fe. Había exposiciones, conciertos, conferencias, todo lo que hay hoy. Lo que pasa es que hoy todo es más visible y más audible. Tan auténtico como entonces pero eso que se llama “los medios” contribuye a que se conozca más ampliamente lo que pasa.

En el ámbito de la pintura, he sido la discípula del artista plástico Pedro Giacaglia, nuestro gran amigo en común ¿Cómo lo recordás?
Pedro fue un gran amigo nuestro; alguien a quien se recuerda como esa persona con la que todo podía hablarse porque era capaz de generosidad y comprensión. Todos podemos recordarlo como el pintor que fue pero quienes fuimos sus amigos más cercanos lo recordamos también como al amigo hermanado en la actividad de la escritura, la pintura, todo lo que fuera arte y enseñanza del arte.

¿Te queda algún sueño por realizar?
¡Uffffff! Un montón. Por suerte.

¿Cómo vive la escritora Gorodischer la pasión por sus seis nietos?
Mis nietos y mi nieta son, por supuesto, las criaturas más maravillosas, inteligentes, buenas, encantadoras del mundo y su zona de influencia. Tal cual los otros nietos de este mundo para todas las otras abuelas de este mundo. Eso sí, mis nietos leen. Mis hijos leían. Mis nietos leen. Tienen cada uno su biblioteca. Hasta la chiquita tiene sus libros de goma y de tela, llenos de pajaritos y de perros que hablan y esas cosas. Y eso porque hace tres generaciones (cuatro con mis padres) que ven leer, que saben que el libro es placer, que ven libros en sus casas, que oyen hablar de libros. Estoy muy orgullosa de esos mocosos impertinentes que crecen como los helechos de Puerto Montt: los más grandes ya son más altos que sus abuelos y que sus padres, ¡qué indiscreción!

Si tuvieras que verte en una foto junto a la gente más linda y referente de Rosario, ¿quiénes estarían junto a vos en ese grupo y por qué?
Pediría que me fotografiaran con las mujeres que pelean por los derechos de las otras mujeres, con las que dan de comer a los chicos de barrios pobres, con las que luchan para que no se rematen las viviendas únicas de un par de pobres jubilados, con las mujeres de la actividad rural, con las que estudian y con las que trabajan; con las mujeres de la villa que reclaman agua potable y cloacas y escuelas; con todas ésas que tienen en las plazas y en las comisarías un monumento (horrible) a la madre pero no tienen guarderías gratis para dejar a sus chicos cuando van a trabajar. Con ellas, si ellas me aceptaran.



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