Texto: Lic. Alejandro Gimbatti
«Tradición, guapeza y mansedumbre».
El caballo criollo en el Río de la Plata
Más de cuatro siglos se sucedieron desde que los conquistadores desembarcaran los primeros ejemplares equinos a estas tierras. Eran los destacados caballos españoles de guerra, considerados los mejores de Europa en aquellos tiempos. Esta casta se formó por la fusión de los caballos europeos preexistentes, con los ágiles caballos berberiscos traídos a España por los Moros.
La vida en libertad en la pampa húmeda facilitó la formación de enormes bagualadas (caballadas). Éstas se multiplicaron en las fértiles y templadas tierras pampeanas, pero debieron también soportar sequías, rigurosos inviernos y el acecho de todo tipo de predadores, como el puma. En estas condiciones, sólo se podía lograr la supervivencia de los más aptos y valientes, que resultaron ser los más rústicos, resistentes a la fatiga, nobles y mansos. Es decir, ideales para el trabajo en el campo, para la guerra y los largos viajes en este inhóspito e inmenso territorio.
Fueron criollos los caballos de la conquista, los de las antiguas vaquerías, los de los malones, los de las guerras de la independencia, los de los caudillos.
Esta selección natural no sólo generó animales de extraordinarias condiciones genéticas, sino que permitió también el mantenimiento de una variedad de pelajes única, muy apreciada por nuestros gauchos, como menciona Solanet en su libro “Pelajes Criollos”: “…..(los gauchos) no poseían mas de media docena de palabras para expresar sentimientos, pero empleaban mas de cien para distinguir el pelaje de sus caballos”.
Sin embargo el siglo XIX trajo consigo la alteración de esta eficiente y armoniosa selección natural, los criadores de ganado comenzaron a “mestizar” sus haciendas con ejemplares traídos de Europa logrando progresos indiscutidos en la producción de carnes. Los equinos no podían quedar ajenos a esta tendencia y fue así como se lograron ejemplares más veloces, más altos, más vistosos; pero como contrapartida se perdieron condiciones naturales tan ampliamente probadas.
Afortunadamente, hace cerca de un siglo, un grupo de hombres, liderados por el Doctor Emilio Solanet, logró rescatar la raza rastreando manadas “incontaminadas”, que habían permanecido ajenas a aquel proceso de mestización. Recorrieron todo el país, desde Corrientes hasta la Patagonia, comprando ejemplares a criollos e indios; entre ellas merece destacarse la adquisición de un lote a los indios tehuelches en el sud-oeste de Chubut, que fuera luego arreada a Ayacucho (provincia de Buenos Aires).
Los caballos criollos mostraron sus extraordinarias cualidades en diferentes desafíos, pero ninguno lo ha hecho tanto como los memorables Gato y Mancha. Provistos por Solanet y montados por un profesor suizo que residía en Argentina, Aimee Tschiffely, partieron de Buenos Aires el 24 de abril de 1925 y recorrieron veintiún mil quinientos kilómetros, para llegar a Nueva York tres años y cinco meses después. El extenuante viaje en el que debieron soportar temperaturas desde los 18º bajo cero hasta los 52º sobre cero, cruzando la Cordillera de los Andes en varias oportunidades y alcanzando alturas de hasta cinco mil novecientos metros sobre el nivel del mar, se vio coronado por el triunfo gracias a la resistencia y valentía del jinete y sus dos caballos.
Hoy, cien años después, vemos los frutos de aquella gesta, a la que se sumaron cientos de apasionados que trabajaron y trabajan intensamente por el constante desarrollo de la raza.
Los criadores de caballos criollos han buscado desde siempre un montado manso pero que responda inmediatamente, con fuerza, con energía, a las órdenes del jinete, es por eso que cuando se habla de criollos se habla de “brío dormido”, animales siempre listos para dar lo mejor de sí cuando su amo se los pida.
Todas las pruebas funcionales instituidas por las asociaciones de criadores de caballos criollos están creadas para seleccionar el mejor caballo para las tareas ganaderas. Pruebas de rienda donde se reproducen todos los movimientos del aparte y del arreo, agotadoras marchas en las que con tiempos mínimos se deben recorrer setecientos cincuenta kilómetros en dos semanas, paleteadas y aparte en corrales, permiten distinguir los mejores ejemplares para luego reproducirlos.
Su mansedumbre, su docilidad, su belleza y su estrecho vínculo con nuestras tradiciones, han reforzado su vigencia en dimensiones nunca antes vistas.
El “Criollo” hoy se ha convertido en un caballo de deporte, de recreación, sin perder ninguna de las virtudes que lo han convertido en el mejor caballo de trabajo. Las condiciones de rusticidad, fertilidad y longevidad, hacen que su crianza se realice con mínima supervisión veterinaria.
En la actualidad, hombres de campo y cientos de criollistas de tiempo libre, a ambos lados del Río de la Plata, utilizan y disfrutan a sus caballos criollos en el trabajo con hacienda, en las marchas, pruebas de rienda, paleteadas, pruebas de aparte y cabalgatas familiares. Además, muchos de ellos participan en exposiciones que organizan las asociaciones de criadores de criollos de Argentina y Uruguay, transmitiendo su pasión a las nuevas generaciones.
Así, en un intercambio ancestral entre jinete y cabalgadura, el caballo criollo con su simplicidad y rudeza, continúa aún hoy rindiendo homenaje al hombre de campo rioplatense, motor y destino de todas sus virtudes.