Texto: Lic. Kamala Bonifazi

«Con sello de identidad rosarina».
Roberto Fontanarrosa

Existen nombres que nos transportan. Al referirnos a esos seres eternos, inmediatamente se nos configuran otros espacios. Es así que si queremos adentrarnos en la esencia del alma humana, ineludiblemente debemos recurrir a las magistrales letras de Discépolo y Eladia Blázquez; a Alfonsina Storni si buscamos configurar connotaciones de un mar inolvidable, a los Dávalos si deseamos adentrarnos en el alma salteña; a Renee Favaloro  al referirnos a la ética y los principios; a las letras de las composiciones de Teresa Parodi y Tarragó Ross para deleitarnos con nuestras tradiciones litoraleñas.
Y para conocer la identidad de esta ciudad con nombre de mujer, surge inexorablemente el nombre de Roberto Fontanarrosa, historietista y narrador rosarino: “A mis amigos les llama la atención el aspecto humano que le da relevancia a Rosario. El turista hace referencia a la gente cuando habla de ella: Olmedo, Fontanarrosa, Gorodischer, Fito, Baglieto, Gato Barbieri, Libertad Lamarque, Che Guevara y tantos otros que definen el perfil y la fisonomía de esta ciudad.” Una ciudad – pueblo, como él mismo la define, que le ha servido de entorno para plasmar sus creaciones de humor gráfico. Autor de mágicos personajes, este mito viviente de la ciudad  se ha perpetuado a través de sus dibujos, recordemos a “Boggie el aceitoso” e “Inodoro Pereyra”. “Boggie” es una muestra cabal de su empeño por recrear, a través de la parodia, al cine y la novela norteamericana, la que le serviría para elaborar historietas de temas policiales en la Argentina. De otro modo, en la época del gobierno militar, le hubiera sido casi imposible. “Inodoro Pereyra” por su parte, surge de su intención de parodiar el radioteatro gauchesco. Genial hallazgo de Fontanarrosa si pensamos que “Inodoro Pereyra” nació como dibujo suelto y fueron miles las historias que debió entretejerle a lo largo de los años, puesto que este personaje  logró gran receptividad en la masa popular.
La documentación exhaustiva de la realidad, esa gran información del tema elegido a trastocar, hace que hoy esos personajes deambulen por diferentes países resaltando el humor reflexivo y sellado por el fino talento de su creador. Y si bien Fontanarrosa no posee modelos ni en él subyacen reminiscencias de otros, dos nombres evoca como maestros inolvidables: Hugo Pratt, notable dibujante italiano que desempeñó su actividad en nuestro país por más de veinte años y su adorado Quino.
Además, dos hitos se fusionan en el entorno histórico de Fontanarrosa: el mítico café “El Cairo” y su incursión en el grupo “Les Luthiers”. En relación a ese emblemático café, muchos poetas, plásticos y artistas de toda índole se reunían asiduamente para conversar. “Era un placentero momento de relax en las tardecitas rosarinas, yo llegaba a las 19hs”- nos dice. Lo cierto es que esa bohemia se diluyó en el tiempo y esas pláticas sustanciosas en disquisiciones filosóficas y ricas en acotaciones eruditas, se fueron transformando con los años en temas cotidianos, y justamente  eso era lo que gustaba verdaderamente. Era un sitio de encuentro sin cita previa.
En relación a la inclusión autoral al ingenioso grupo “Les Luthiers”, esa simbiosis surgida con el Negro, hizo que el efecto humorístico en el público se tornara con el tiempo, doblemente positivo.
Pero sobran nuestras palabras. Hoy, tuvimos el placer de  engalanarnos con su imagen en nuestra tapa y conversar con Roberto Fontanarrosa, a quien me une una larga amistad. Y ese mismo placer que sentí al escucharlo, ahora lo quiero compartir con ustedes.

Negro, hablame  un poco de tu infancia, de tus padres, de tus primeros trabajos…
Nací el 26 de noviembre de 1944 en Rosario, viví muchos años en el edificio Dominici, de Catamarca y Corrientes. Mi viejo murió joven, era un hombre del básquet, director técnico en Sportivo América y Gimnasia y Esgrima. Su vida fue el deporte y se mantenía vendiendo seguros. Mi vieja, ama de casa, de ánimo permanentemente jovial, de una risa fácil, con gran sentido del humor, gran lectora y aparte muy inteligente para adaptarse a los cambios que hubo en su vida, no se escandalizaba jamás, comprendía y comprende aún porqué pasan las cosas.
¿Te apoyaron desde siempre en tu actividad?
A ellos les divertía pero al mismo tiempo les sorprendía que yo dibujara, no había ningún ejemplo cercano en la familia, por eso no esperaban que yo fuera a vivir de esto. Ser historietista para mis padres era como ser astronauta. Yo fui al Politécnico, pero no lo terminé y no produjo ninguna conmoción en mí,  era otra época y el que no estudiaba, trabajaba, aparentemente era más fácil conseguir trabajo. Primero mi viejo me acercó a una agencia de publicidad que era de Roberto Reyna y empecé ahí, no sabía por entonces qué iba “a ser”, pero sabía lo que no me gustaba “hacer”.
¿Y pudiste empezar a vivir de esta actividad tan apasionante?
Tuve una repercusión inesperada, pero cuando trabajaba en la agencia de publicidad por ahí pasaban meses sin hacer una sola historieta, dibujaba una etiqueta de vinos, una cosechadora. No era lo que a mí me gustaba dibujar, pero era una posibilidad. A mí me gustó mucho la experiencia de la agencia y aún ya publicando en Clarín, durante muchos años seguí trabajando en publicidad por mi cuenta para poder vivir, y hoy por hoy a veces sigo haciendo cosas en este rubro.
Contame cómo fueron tus inicios en la revista rosarina Boom y la cordobesa,  Hortensia.
La revista Boom, acá en Rosario, surgió a principios del ’69 y comenzó a raíz de una iniciativa de Ovidio Miguel Lagos, el venía de una experiencia periodística importante en revistas como Primera Plana o Adán que era una revista gráficamente muy cuidada. Llego a la revista Boom a través de Carlitos Saldi, el fotógrafo, porque ya nos conocíamos de la publicidad. Yo trabajaba por entonces en Forma Publicidad con Mirtuono y allí había comenzado a hacer algunas ilustraciones a color, en forma muy precaria porque a mí siempre el color me dio extrañeza, en el sentido que yo venía de copiar siluetas en blanco y negro, el color ni aparecía. Y Ovidio tenía alguna idea sofisticada de hacer las tapas con ilustraciones, posiblemente con algún reflejo de New York o alguna otra revista norteamericana que trabajaba sólo con ilustraciones. Después también participé en la confección de los avisos que no venían por agencia, y por ahí ayudaba a Pepe Ortuño en diagramación, es decir que fue un aprendizaje muy intenso. La revista Boom, que estaba para la época muy lujosamente presentada, tenía mucho color; duró dos años, seguramente se hacía por placer y siempre a pérdida porque era una revista mensual que no creo que se hubiera podido mantener con publicidad. De cualquier manera para muchos de nosotros sirvió como una suerte de vidriera. Muchos trabajos míos se publicaron en el Boletín Publicitario y así me conocieron en Córdoba. Por entonces, me hice amigo de Crist y Cognini, que ya habían publicado en Hortensia, y a través de la amistad con ellos, empiezo a trabajar también yo en esa revista.
Con el tiempo, Hortensia tuvo una difusión muy grande, sobre todo a través de los medios de Buenos Aires, se vendía mucho en la capital porteña que era algo extrañísimo para una revista del interior. Aparte, Hortensia, aprovechando la euforia que habían creado su tiraje y su difusión, empezó a organizar salones de humor e historietas y yo así, en el ’72 o ’73, conocí a muchos de los tipos que trabajaban allí, como por ejemplo a Caloi, a Roberto Brócoli, que ya murió, y después a Quino, a Alberto Brescia y tantos otros…
Por esta época te sentís atraído por los dibujos de Hugo Pratt. Sabemos que admirabas notablemente a este maestro italiano…
A Pratt sí, totalmente, en mis inicios  yo copiaba mucho de los dibujos de él, más tarde lo conocí personalmente en Francia a través de Carlitos Saldi que era amigo de ambos. Fijate que lo único que yo hice a nivel aprendizaje fue un curso por correspondencia con los doce famosos artistas de la Escuela Panamericana de Arte y lo hice justamente  porque entre ellos estaba Pratt, recuerdo que figuraba también Garaycochea, Pablo Pereyra, todos eran  muy buenos. Y Hortensia también sirvió como vidriera para varios de nosotros y, un poco a través de la conexión del Negro Caloi que ya estaba publicando en Clarín, en el año ’73 algunos pasamos a trabajar para ese diario porteño, especialmente Crist, Brócoli y yo. Por esa época Clarín decidió cambiar la página de atrás, la de humor, que habitualmente salía con tiras compradas a los sindicatos norteamericanos. Entre esas tiras venían algunas formidables, pero se compraban por paquetes, como los programas de televisión: si vos querías Charlie Brown ellos metían “Créase o no de Ripley” o crucigramas o entretenimientos. Obviamente eso era muy cómodo y para los diarios, muy barato. Pero el reemplazo fue exitoso, no porque nosotros fuéramos mejores que los extranjeros, para nada, ya que copiamos y aprendimos de muchos de ellos, sino porque simplemente nos referíamos a los problemas del país que eran los mismos que la gente leía en el diario.
Dos de tus grandes creaciones fueron  “Boggie El Aceitoso” e “Inodoro Pereyra”, el personaje sin lugar a dudas más popular. ¿Ellos surgen en esa época?
Si, Boggie empezó en Hortensia en el año ’72, primero sale Boggie y al mes sale Inodoro Pereyra. Yo por entonces, no pensaba continuar con ninguno de los dos. Y es verdad, hoy por hoy Inodoro es el personaje popular por excelencia, se publicó en las revistas y diarios de mayor tiraje. Cuando llegó a Clarín se difundió mucho más. Antes pasó por Mengano, una revista que tuvo muy corta vida, y por Siete Días. Inodoro Pereyra fue creciendo a pesar que -y lo repito muchas veces- nunca viví en el campo, pero claro, todos tenemos mucha información rural en la Argentina, incluso yo me acuerdo del radioteatro gauchesco que siempre era muy exagerado. Y bueno, Inodoro surge como parodia de ese radioteatro gauchesco. La primer puesta teatral que se hizo de Inodoro fue en Saladillo, provincia de Buenos Aires, y después la hizo Norberto Campos acá durante muchísimo tiempo. Fue un personaje que enseguida tuvo una cosa muy popular porque salió siempre en un medio de fácil acceso como es el diario.
Y “Boggie el aceitoso”, por su parte, surge como parodia de la novela negra norteamericana ¿verdad?
Sí, algo hay pero fue más bien una parodia de Harry El Sucio, la película de Clint Eastwood. Hice una tira simplemente, lo que pasa que cuando lo vi publicado me entusiasmé e incorporé distintos personajes. Yo nunca pensé previamente en cómo iban a ser ellos, qué acompañantes iban a tener, nada, siempre los fui puliendo y acercándoles otros detalles y perfiles sobre la marcha.
Y cuando creás, ¿cuál suponés que es tu verdadero acierto? … la inspiración…tu notable capacidad de observación…
Es muy difícil adivinar qué es lo que puede pasarte en esos momentos. La inspiración que viene de arriba es un verso. Lo mismo que cuando veías de chico esos personajes que iban caminando y se les prendía una lamparita. En general nuestro trabajo tiene un componente de información muy grande, una gran observación de la realidad, de leer qué pasa, y después, obviamente hay un porcentaje de oficio que es: “qué hago con esta información”, porque sólo tener la información no te soluciona el problema. Y después sí, habrá un porcentaje que yo definiría como facilidad personal…
¡Sí, tu enorme talento!
Sí, bueno, no lo vamos a dejar de lado, pero lo nuestro es una cosa muy periodística, de estar atento a lo que pasa, fundamentalmente trabajando para un diario donde debo hacer el chiste editorial y así, me obliga a leer el diario con atención cada mañana para hacer hincapié en cuál es la noticia del día. Pero digo, si tengo que esperar la inspiración me muero de hambre, ¡yo tengo que publicar todos los días!
¿Y qué mágico mecanismo te llevó a incursionar en escribir novelas y cuentos, manifestaciones literarias tan diferentes a la historieta?
Yo creo que arranca todo de la lectura, del gusto por la lectura, y eso incluye prioritariamente a la historieta. Cuando empecé a trabajar en la revista Boom me relacioné con algunos amigos que fueron muy importantes en mi crecimiento intelectual: el negro Ielpi, Rodolfo Vinacua,  Segovia, Juan Carlos Martini, son tipos que tenían mucho más conocimiento que yo y me iban diciendo: ¿por qué no lees a Fulano, a Mengano? Al tiempo, empecé a escribir unos cuentitos que me publicó Martini en la librería Signos: “Fontanarrosa se la cuenta” y ahí entendí que no era lo mismo escribir para una historieta que para un cuento. Después hice un paso por la novela no del todo feliz porque es un género más difícil para mí. Me siento más cómodo con el cuento. Aunque uno siempre sueña con escribir “Cien años de Soledad”, porque la novela es como que tiene otro espesor, pero bueno, es más difícil, quizás porque soy demasiado vago para emprender una tarea de largo aliento como es la novela.
¿Cuál de todos tus personajes te ha gratificado más?
Inodoro Pereyra. Yo creo que hay una tendencia del público a identificar a los personajes con sus dueños, el caso de Quino, por ejemplo, que hace treinta años dejó de hacer Mafalda y todavía va a la Feria del Libro y se la piden. Todavía le preguntan cuándo va a volver a hacerla aunque él después de Mafalda publicó miles de chistes buenísimos. En mi caso es fundamentalmente la misma relación que me une con Inodoro Pereyra.
Hay una etapa maravillosa, cuando te integraste a Les Luthiers, contanos cómo los conociste…
Primero lo conocí a Marcos Mundstock, me lo presentó Roque Marull (el padre de las mellizas). Al poco tiempo vinieron a Rosario con “Mastropiero que Nunca”, un espectáculo buenísimo. Por esa época ellos pensaban armar un equipo de trabajo, un grupo que les acercara ideas. Después el grupo no se armó nunca y yo quedé trabajando con ellos.
Específicamente ¿cuál es tu tarea?
Aporto algunas cosas, por ejemplo ellos me dicen: “estamos haciendo una obra sobre el Príncipe Encantado” y yo le mando todo lo que se me ocurre sobre eso: historia, ideas visuales, incluso las tonterías porque también pueden servirles como disparador. Pero a veces hay gente que me dice: “ah, entonces vos les escribís los diálogos”, no, ni por casualidad, yo les aporto algunas cositas. Y como ellos son tan conocidos mi trabajo se ve mucho. Cuando voy a España a presentar algún libro siempre me hacen dos preguntas: por qué me dicen Negro y mi relación con Les Luthiers. Ellos tienen tanto prestigio que yo me cuelgo un poco de eso.
Muchos de tus cuentos están ambientados en el Bar El Cairo ¿Cómo empezaron esas reuniones míticas?
Creo que a comienzos de los ’70 se fue formando la mesa, hay algunos que somos “socios fundadores”: Ricardo Centurión, el Chelo Molina, el Peruano, el Turco, Chiquito Martorell, Julio Gomez, Hugo Diz, Pochi Mir, Gustavo Felman y bueno, los que ya no están también…el pelado Reynoso, Marcelo Herrera… Ahora casi no voy al Cairo, aunque me alegra mucho el éxito que tiene yo no puedo ir. Pero el grupo se mantiene, los miércoles nos encontramos en El Metrópoli y nos vemos con los muchachos, una vez por mes hacemos una cena… seguramente hay lazos afectivos…
Es inevitable que nos hables de Serrat, tu gran amigo…
Con Juan nos conocimos en un día amargo porque fue la inauguración del mundial del ’82, jugaron Argentina y Bélgica y ganó Bélgica 1 a 0. Después del partido lo fui a saludar al flaco Menotti y con él estaba Juan Manuel Serrat. Además, en ese momento Juan estaba siendo representado por la misma persona que Les Luthiers y yo ya trabajaba con ellos, por eso cuando él vino después a Rosario nos conectamos… ahora tenemos muchos amigos en común, por supuesto que aunque no nos vemos demasiado siempre tenemos información el uno del otro, nos hablamos, nos mandamos mails…
¿Y qué otros artistas admirás?
También los conozco mucho a Fito, Silvio Rodríguez,  Pablo Milanés, a Jaime Ross, Baglietto, y tantos otros, pero creeme, yo no estoy metido en el mundo de la farándula. Me veo y hablo bastante con los dibujantes, con Caloi, con Quino, y con muchos periodistas.
¿Y hay algún talento nuevo que esté surgiendo en Rosario?
Acá hay un artista plástico excepcional pero ya no se puede decir que sea nuevo, se llama Juan Pablo González, Max Cachimba, de una calidad internacional increíble.
El problema actual en esta ciudad y en general es que no hay medios donde mostrarse. También me parece muy importante la obra que hace Pablo Rodríguez Jáuregui con los dibujos animados. Me da la impresión que el dibujo animado es ya el futuro de la historieta, la revista de historietas va desapareciendo…
¿Cómo definirías este último periodo laboral tuyo?
Yo lo sintetizo así: son años muy intensos, lo cual no quiere decir que sean buenos, ya que los últimos cuatro años estuvieron signados por la enfermedad, pero bueno, he seguido trabajando y aún hoy puedo hacerlo.
A pesar de esto, te veo con una fortaleza que me asombra…
No, fortaleza no es la palabra, porque  también tengo mis bajones… Cumplí sesenta y un años y fundamentalmente me deprime la pérdida de la independencia, pero bueno, lo estamos trabajando, estamos haciendo tratamientos de todo tipo. También se dieron una serie de cosas buenas, fundamentalmente mi relación con Gaby, mi mujer, es importantísima. Ella tiene que hacer un esfuerzo enorme: ocuparse de su trabajo y atenderme a mí al mismo tiempo. Gracias a eso, aún con mucha dificultad, he seguido trabajando.
Hablame un poco de tu hijo Franco, del cual siempre fuiste muy compañero…
Si, es verdad, siempre tuvimos una relación fantástica con Franco, a mí me alegra mucho ver lo que está haciendo, como desarrolla su carrera. El es músico y está tocando con Mex Urtizberea, con Andrea Alvarez, una percusionista. Tiene un grupo propio que se llama La Mujer Barbuda, y lo que a mí me alegra es que él trata de componer su propia música, que es una música para agarrarlo a trompadas pero bueno…es una mezcla de rock y no se que más, ellos le dicen fusión y meten todo ahí. Me alegra que no sea sólo un intérprete sino que trate de hacer música.
¿Te considerás profeta en tu ciudad, sentís el reconocimiento y el cariño de la gente?
Sí, pero hay una cosa que es cierta, si primero no hay una aprobación en Buenos Aires, no es tan fácil. Ahora me parece que está cambiando el perfil de la ciudad, hay como una revaloración de lo que se puede hacer acá, creció mucho la autoestima con el Congreso de la Lengua, y por el hecho de ver a la ciudad mucho más linda.
Hablando del Congreso de la Lengua Española en Rosario, el tema de las malas palabras, ¿Fue un pedido que te hicieron o fue tu elección?
Yo sabía que tenía  que hacer una ponencia y estuve pensando un tiempo de qué hablar. Se me ocurrió que era un buen tema el de las malas palabras, pero no para hablar desde un punto de vista irritativo o escandalizante, sino para responder a algo que uno a veces se pregunta ¿Por qué son malas algunas palabras? Todo lo que esté relacionado con los genitales, con el sexo… Lo gracioso fue que la Academia de Letras me preguntaba por mail cuál iba a ser el tema, yo les dije y se asustaron un poco. Además, como es común en estos Congresos hay que presentar primero el texto escrito antes de exponerlo, pero yo les dije que nunca escribo los textos, tengo un ayuda memoria pero nada más, y ahí deben haber pensado: “éste con qué va a salir…” Encima, después me pidieron que hiciera el cierre, a mi me daba miedo aunque estaba en El Círculo y jugaba de local, pero fue bien, todavía me lo siguen recordando.
¿Y de los últimos reconocimientos? ¿Cuál te ha gratificado más?
Yo estoy muy agradecido al cariño, a las muestras de afecto, eso es algo real que siempre hace bien. Uno fue cuando volvimos de Cartagena donde me entregaron un reconocimiento en el “Hay Festival 2006” que es un encuentro de escritores a nivel mundial. Gaby sí sabía de la sorpresa, me emocioné mucho, fue como un carnavalito futbolero acá debajo del edificio que en verdad me sorprendió muchísimo. Miro por el balcón y la veo a mi vieja, a mi hijo Franco que pensé que estaba en Córdoba, una cantidad enorme de amigos, emotivamente fue muy fuerte. En cambio cuando me entregaron la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento en el Senado de la Nación fue muy lindo pero yo ya iba preparado. Por suerte no fue ni pomposo ni ceremonioso, estaba lleno de amigos. Fundamentalmente los reconocimientos son todos afectuosos y eso viene muy bien.
¿Qué consejos le darías a un joven que quiera incursionar en la historieta, en el dibujo?
Una vez le escuché repetir a Jorge Valdano: “fracasar es no intentarlo”, entonces yo digo a aquél que le gusta algo, que tiene una vocación, que lo intente, que no se deje desalentar. Hace poco salió una nota en Clarín sobre nuevas tendencias de estudio y hay algunas carreras tradicionales que han quedado de costado y aparece el teatro, la música, el periodismo, la gastronomía, cuando éramos chicos no había programas de cocina, ahora hay miles. A veces es fácil decir ¿porqué no hacés esto? Sin embargo, hay pibes que no tienen tiempo o no tienen un mango, y dedicarle tiempo a una vocación es fundamental, por eso mi consejo es que siempre lo intenten.

Creador de mágicos personajes… No nos resta más que decirte ¡Gracias Negro! gracias por tu humildad siempre puesta de manifiesto en lo profesional y lo cotidiano. Gracias por todos los gratos momentos que nos regalás y por esas carcajadas y esas sonrisas reflexivas que despiertan todos tus dibujos y todas tus historias... Gracias por hacernos sentir tan orgullosos de esta Rosario a la cual vos le otorgás, hasta la eternidad, la más genuina identidad.

 

 




Consígala en Librería Ross, Librería Ameghino y los puestosde revistas de la Peatonal Córdoba y San Martín de la ciudad de Rosario - Argentina.
Registro de la propiedad Intelectual Nro. 278938. La reproducción total o parcial del material fotográfico, periodístico y de investigación , contenido en «Sólo Líderes», no está permitida. La editorial se reserva el derecho de publicación de las solicitudes de notas y publicidades. Es una publicación y marca registrada de:Kamala «Imagen para empresas».
e-mail: kamala@citynet.net.ar - Tel/fax (0341) 481-0421 4826974 - www.sololideres.com.ar - 2000 Rosario - Santa Fe - Argentina
Copyright © Todos los derechos reservados de Kamala Bonifazi.