Texto: Lic. Carolina Cansino

«Pequeños poetas de la risa».
Los Tres Chiflados

La historieta vuelve a repetirse hoy, ayer y mañana, en cualquier canal de televisión. Su calidez, el brillo de su inocencia y el humor incondicional, son señuelos ineludibles que nos recuerdan indefectiblemente sus rostros, y logran seducir nuestro niño interior aplacando instintos posmodernos que nos incitan a cambiar convulsivamente de canal. Tras el rugido de un león, se abre el telón y su reiterada función logra la hazaña de atraparnos fielmente frente a una misma señal durante codiciados tiempos televisivos. Su humor caricaturesco, tan inmortal como simple, sigue al alcance de todos. Nada de intelectualidades elocuentes, ellos son sólo niños que supieron captar la atención de diversas generaciones por la espontaneidad fundida en escenas universales. Fueron traducidos a múltiples idiomas y poseen el sabor eterno de los grandes. Sí, estoy hablando del trío más mentado del humor norteamericano: “Los tres chiflados”.
La historia fuera de la pantalla comienza así: nacidos del vientre de una fuerte y opulenta lituana, los hermanos Horwitz eran cinco varones. Todos ellos, a excepción del primogénito, americanizaron su apellido transformándolo en Howard. Los dos mayores se mantuvieron lejos del mundo artístico, fueron los tres últimos quienes dieron alma a tantas risas del otro lado del telón… Sí, pocos lo saben aún, Shemp, Moe y Curly eran hermanos de sangre. Vale la pena aclarar que por diversas razones, nunca la tríada consanguínea se encontró unida frente al objetivo de la cámara. Shemp y Curly, jamás fueron al unísono stooges (chiflados), ya que ocuparon alternadamente el mismo rol en los distintos episodios. Constituyeron personajes distintos, de ningún modo se imitaron, se reemplazaron sin copiarse ni un matiz.
Resulta complejo y hasta ambicioso intentar deslindar las cualidades propias de estos seres de celuloide de las características concretas que los constituían como humanos de carne y hueso. Imposible encontrar surcos firmes entre sus vidas privadas y sus personajes de papel. La línea que separa a un personaje del actor es, en el caso de  The three stooges, una estría casi inexistente. ¿Mito o realidad?, ¿guardaron tan acérrimamente su intimidad que sólo podemos descifrar sus facetas internas desde las ventanas que decidieron abrir al mundo?, ¿o ellos fueron concretamente lo que “son eternamente”… esos personajes encantados dentro de la pantalla? Todos los caminos conducen a Roma y sin asegurarlo, pero con un alto grado de compromiso, creo que sus personajes recreados en dos dimensiones son la síntesis de sus propias personalidades. Avalo tal intuición al sospechar que tal combinación fue la clave responsable de un éxito sin fecha de vencimiento.
Empecemos por Shemp, el engominado con tono chaplinesco víctima invariable de las golpizas de Moe, que ingenuamente ocupaba el rol del más buenazo en las diversas escenas. Su nombre de pila era Samuel y cuentan las leyendas que de niño algo tímido pero muy torpe, se transformó en indisciplinado, divirtiendo a sus compañeros con muecas y payasadas. El nombre Samuel derivó en el popular “Shemp” debido al acento europeo de su madre que tergiversaba el apodo “Sam”. El mayor de los stooges era prisionero de diversas fobias… temor a las alturas y conducir  autos eran situaciones imposibles para el más enigmático de la trilogía.
Más retacón que su hermano Samuel, pero con un fuerte parecido físico, Moses, alias Moe, continuaba a Shemp en la cadena familiar. Era el encargado de las golpizas generalizadas, de piquetes de ojos y choques entre cabezas. Cuando las cámaras se apagaban se destacaba por su  habilidad para memorizar rápidamente. No sólo aprendía de inmediato la letra de su personaje, sino que también recordaba la de los demás actores para agilizar las grabaciones. En la actualidad, su rostro gracioso, enmarcado en un tupido y envidiable flequillo castaño oscuro, esta presente en el corazón de muchos.
El último Horwitz inmortalizado en innumerables gags y bautizado desde su cuna como Jérome, es quizás hoy en día el chiflado más recordado por la audiencia: Curly; ese regordete simpaticón que de bebe buenito y tranquilo logró convertirse en un stooge al caer en el disparatado andar de sus hermanos, quienes audazmente y sin letargo no titubearon a la hora de enseñarle sus trucos.  
El pequeño Curly era cuidadosamente malcriado en manos de Moe, quien llegó a pegarse papeles adhesivos en la frente para que su hermano menor pudiera recordar los libretos. A falta de memoria, la naturaleza había dotado a Curly de un gran talento para los deportes, especialmente para el básquet. Tal cualidad, más los laureles televisivos, permitió a Curly poder concretar su debilidad por el sexo opuesto.
Terminada la década del veinte, Shemp y Moe decidieron despegarse de sus mandatos familiares para llenar de risas pequeños teatros con el nombre Howard and Howard. El gurrumino de la familia veía a sus hermanos mayores desde la butaca y los aplaudía fervorosamente pese a los iniciales fracasos de la dupla. 
Pero no me he olvidado, falta nombrar a un personaje central de esta saga, él  no es un Howard por naturaleza, pero su ángel y carisma lo convirtieron en un hermano más en el celuloide. Sí, Larry es el nombre inmortal que se adueñó de la cabellera enrulada del trío, contrastada con la pelada reluciente que lo acompañó desde sus mozos años. Su verdadera identidad era Louis Feinberg y era el primero de cuatro hijos. Desde pequeño sus cualidades artísticas no se hicieron esperar. Aprendió velozmente a tocar el violín ya que debido a un accidente en su brazo el médico le recomendó como terapia dicho instrumento. Otra de sus características era su impuntualidad, rara vez llegaba a filmar a tiempo. Más gruñón que los intermitentes Shemp y Curly, pero temeroso ante el mandato implícito de Moe, era el bufón amigable del grupo. Larry llega a la vida de los chiflados en un club nocturno mientras tocaba el violín y bailaba una danza rusa. Moe detectó en seguida su talento para la comicidad y decidió convocarlo ya que Shemp quería retirarse de la dupla Howard and Howard. Larry asumió la tarea de sumarse al grupo pero finalmente Shemp no abandonó el barco. El equipo inicial entonces, estuvo compuesto por “Shemp, Larry y Moe”. 
Moe, siempre líder, Shemp con esa mezcla de torpeza, distracción e inocencia, y Larry con la espontaneidad enrulada a la vista, componían la salsa perfecta para convertirse en los zares de la comicidad.
Sus juegos infantiles y su congénita identidad componían la escena. El estilo de su humor nació de sus propias vivencias cotidianas. Dicen que la personalidad de Larry era la que  mostraba en los innumerables capítulos. Moe fuera y dentro de la pantalla siempre fue el líder, y lejos de ser la niña que la mayúscula lituana peinaba con veinte bucles castaños por su empecinamiento con la idea de una mujer en la familia, Moe tomó siempre los pantalones de los diversos tríos. El fue su esencia, el eje y la personalidad más locuaz en los diversos films.
Ya corría la década del treinta y Shemp, esta vez sí, decide desprenderse de la trilogía. Entonces, el enérgico Moe no dudó en ofrecer ese puesto a su adorado Jerome (Curly) que venía vislumbrando a sus hermanos desde siempre. La presión de reemplazar a su idolatrado Shemp y de formar parte de ese mundo por tantos años ansiado, provocó en Curly un nerviosismo concretado en muecas, gestos y extraños sonidos agudos que luego se incorporarían en el personaje sumando comicidad al trío. Paradójicamente ese tono agudo de voz provocado por esos miedos iniciales de Curly, hoy es su sello personal y la clave perenne de su éxito.
El nombre The three stooges recién cobraría significado en 1934 en un  espectáculo en Broadway llamado A Night In Venice. Allí,  “Moe, Larry y Curly” pisaron el acelerador y la larga caminata de Los Tres Chiflados quedó oficialmente inaugurada. Desde ese año “paso a paso y centímetro a centímetro” lograron adueñarse de las carcajadas de diversas generaciones dejando un legado de doscientas seis películas que fueron reproducidas en ciento nueve países. Comienza así la etapa de mayor trascendencia del grupo; con “Moe, Larry y Curly”, se condensa el momento dorado más vigente en nuestras sonrisas.
La triste y joven partida física de Curly debido a un inesperado accidente cardíaco, dejó nuevamente a Larry y Moe sin su tercer compañero. Entonces, quien mejor que Shemp para reemplazarlo, ya amalgamaba perfectamente y además llevaba el sello Howard. Así fue, Shemp volvió y se convirtió en el chiflado que faltaba.
El lugar del tercer stooge fue la faceta más variable de los “Reyes de la baja comedia”, primero Shemp, después Curly… Shemp de nuevo, y luego Joe Besser y Curly Joe DeRita. Los dos últimos, luego de la muerte del mayor de los chiflados Howard, también trataron de llenar ese rincón del alma de los stooges.
Hoy son una leyenda, un mito, una fantasía. Siguen invadiendo la pantalla chica y su aura angelical impide que apretemos los botones del control remoto para dejarlos ir. Su ingenuidad, su humor visceral y auténtico, trasciende en clubes de fans, infinito merchandising y hasta emerge en las conversaciones de la popular familia Simpsons. Su música inolvidable sigue invadiendo nuestros oídos con esos peculiares acordes que resuenan como antesala de sus locuras.

Chiflados desde la cuna, permanecen, están vivos. Si la muerte verdadera es el olvido, entonces ellos tienen savia para rato. Fueron poetas de la risa. Pequeños niños que supieron convertirse en grandes humoristas. Quedaron sus tortazos, sus piquetes de ojos y sus gestos encremados por miles de travesuras… de ayer, de hoy y seguramente de mañana.




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