Texto: Lic. Guillermo Olivetto (*)

ARGENTINA
La recuperación del orgullo nacional.

Tradicionalmente, cuando se nos quería señalar la falta de compromiso con nuestro destino colectivo, se nos acusaba con una frase socarrona: “¿Yo?, argentino”. La muletilla hablaba de una sociedad que cultivaba un individualismo negativo donde el “sálvese quien pueda” era parte de la cultura. Carecíamos de un elemento clave para la cohesión social: el interés por el otro. El origen de este trastorno de la psiquis colectiva era rastreado en nuestra infancia como nación. Hijos de la mixtura, no habíamos resultado más que un pastiche donde la falta de intereses comunes era natural. La inmigración aluvional había traído muchas “naciones”, pero ningún ser nacional.
El paso del tiempo fue cosiendo los retazos. Pero las costuras no dejaban de verse. El sentimiento de inferioridad se tapaba con grandilocuencias que estallaban luego en depresión y melancolía. Del mito de país rico, a las recurrentes crisis. De la soberbia a la autoflagelación. De un extremo a otro. Alejados de la justa medida. La ciclotimia y la irregularidad como condiciones endémicas dilapidando una oportunidad tras otra.
Hoy, algunas cosas, parecen estar cambiando. Dice el refrán popular que “lo que no mata, fortalece”. La crisis de 2001/2002 casi nos mata.
En nuestra reciente investigación Pulso Latinoamericano - tres mil entrevistas probabilísticas representativas de seis países de la región - le preguntamos a la gente a qué país querría que se pareciera el suyo. El 35% de los argentinos dijo: “a Argentina”. En el otro extremo, sólo 5% de los bolivianos eligieron a su propio país como la mejor opción. Inclusive en Chile, sólo el 22% de los chilenos eligió a su país como la mejor alternativa. El 15% eligió a Estados Unidos. En la misma investigación el 49% de los argentinos dijo que “la situación del país le da esperanza”. Apenas seis puntos menos que Chile (55%). Y el 65% opinó que “la situación económica le parece muy buena, buena o, como mínimo, aceptable”. Sólo Chile, tuvo una mejor visión de sus ciudadanos en este aspecto. A su vez, el Índice de Confianza del Consumidor que elabora la Universidad Torcuato Di Tella llegó en Enero 2007 al récord absoluto de los últimos seis años: sesenta y un puntos.
El reconocido sociólogo polaco Zygmunt Bauman afirma en su libro Identidad que: “sólo hace unas décadas la Identidad no ocupaba ni mucho menos un lugar destacado en nuestros pensamientos. No obstante, hoy la Identidad constituye el tema candente que está en boca de todos”. En esta nueva fase de la globalización, donde ya no se busca esa primitiva y reduccionista homogeneidad dogmática, sino que se valora la riqueza propia de la diversidad creativa, cada nación es invitada a ofrecer al mundo lo mejor que tiene para dar.
Estos argentinos versión 2007 son una novedosa mezcla donde se funden los valores y la estética de los ’80, con la propensión al consumo y la apertura mental de los ’90, los aprendizajes del 2001/2002, y la vocación por disfrutar las innovaciones más recientes. Se sienten sobrevivientes de una guerra. Y encuentran en ella un nuevo elemento de cohesión que, quizás, pudiera ser fundante. En el siglo XXI, la solidificación del ser nacional es tan necesaria como una amplia conexión con el mundo. La interacción de lo global/local, pero también de lo local/global, resulta fundamental en estos tiempos donde todos compiten con todos.
Lo nacional comienza a despegarse de su vieja asociación con lo militar, para transformarse en un elemento identitario que enorgullece y, sobre todo, da sentido de pertenencia. El “nosotros” vuelve a aparecer. Y esto es clave para reconstruir un proyecto unificador. Se recupera lo “público” como valor. La escuela, la plaza, el barrio, la ciudad, el país. Ver que cuatro millones de turistas extranjeros disfrutan de lo nuestro, que las hijas de Bush laten con la Bombonera, que el socio de Bill Gates se da una vuelta por el fin del mundo, que los brasileños están fascinados con los alfajores Havanna, y que cada vez más consumidores extranjeros demandan nuestros productos – 2006 fue récord de exportaciones: cuarenta y seis mil quinientos millones de dólares-, despierta la valoración por lo propio. En términos de marketing y comunicación, no se trata de una cuestión de origen, sino de una cuestión de códigos. Para la gente hay marcas cercanas y otras distantes, más allá de dónde hayan nacido. No estamos en los años ’50, sino al borde del 2010. La globalización es parte de la vida cotidiana. Por eso, al recuperarse el valor de lo nacional, no estamos hablando de rivalidades impostadas, sino de empatía.
Empatía, deriva del griego empatheia, y significa “sentir dentro”. La empatía es la habilidad de poder ponerse en el lugar del otro desde el punto de vista emocional. Interpretar este momento de la Argentina, nos lleva a reconocer esta fuerza de lo propio que, plagada de guiños cómplices y símbolos varios, está in crescendo. Los Argento, nos juntamos en la feliz. “Morimos” por la redonda, el asadito, el buen vino y la picada. En la playa: familia, amigos, mate, truco, tejo, paleta y fulbito. Nos divertimos con Marcelo, esperamos ansiosos a Susana y disfrutamos los almuerzos de Mirtha, nos alegramos por la “resurrección” de Andrés -qué mano que le dio el pelado-, gozamos el discazo que hizo Gustavo, extrañamos al gordo y al negro, y amamos sin medida al Diego, a Charly, al zorzal, a Pichuco y al Polaco.
Local con calidad global y global con sensibilidad local. Por ahí va la cosa, en este nuevo tiempo donde, como señala, Thomas Friedman “el mundo es más plano” y a fuerza de récords – crecimiento económico, producción, consumo, visitantes extranjeros, exportaciones - los argentinos vamos recuperando la autoestima mientras tratamos de hacernos un lugar en el mundo.

(*) Ceo de CCR Argentina – Empresa de Investigación de Mercados con Visión de Negocios.




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