Texto: Editorial – Fotos: Willy Donzelli
CAMINO DE SALTA A CACHI
El silencio ensordecedor de los cerros
La provincia de Salta asombra al viajero por su heterogeneidad geográfica y cultural. Su vasto territorio abarca todo tipo de paisajes, desde la aridez del desierto puneño hasta el verde exuberante de la selva. En sus montañas y ríos donde conviven los deportes náuticos junto a las pinturas rupestres, el agro-turismo y los deportes extremos, se concentra gran parte de la historia del país, representada en las iglesias, las viejas casonas y las tradiciones rurales. Comenzamos a recorrerla partiendo desde Salta capital con destino a Cachi. En el camino nos detuvimos a contemplar un sin fin de lugares mágicos, con amplios horizontes y casitas de adobe. Lugares que invitan a escuchar el silencio ensordecedor de los cerros…
“Salta la linda” ofrece múltiples atractivos, tanto por sus diferentes fisonomías, como por la arquitectura y la cultura de sus pueblos. Además de la cordialidad de sus habitantes, es conocida por su patrimonio cultural, ya que es heredera de la antigua nación Diaguita-Calchaquí, del Imperio Inca, del pasado colonial hispánico y del espíritu criollo que luchó por la independencia nacional. Muchos rasgos de este rico legado aún perduran. Desde tiempos inmemoriales se hace honor a la belleza de este territorio y en efecto, se dice que el nombre de Salta proviene del vocablo aymara “sagta”, que significa “la muy hermosa”, siendo hoy conocida como “Salta, la linda”.
Una posibilidad para iniciar el recorrido por esta tierra de turbulenta historia preincaica y colonial, es realizar el circuito de los valles Calchaquíes, saliendo de Salta capital, tomando la Ruta 68 hasta El Carril, y luego la 33 con destino a Cachi. El camino discurre por el valle de Lerma, zona fértil rodeada por las sierras Subandinas y la Precordillera. Mientras el guía nos informa sobre las características del lugar, vamos atravesando pueblos arraigados a sus costumbres y tradiciones que hacen de las Fiestas Patronales su celebración más importante, y fincas que se dedican especialmente al cultivo del tabaco. Luego de una breve parada en La Merced para contemplar su típica iglesia, arribamos junto a nuestro fotógrafo a Chicoana, cuyo nombre en quechua significa “pedacito de cielo escondido”. Resulta conmovedor detener la mirada en sus viejas casonas muy bien cuidadas que aún conservan el aire de otros tiempos, en la plaza igualmente pintoresca y en su iglesia; se nota y palpita la presencia de un pueblo gaucho fiel a sus tradiciones. Siendo además la capital del tamal salteño era lógico que enseguida llegara la invitación a saborearlos.
Más adelante la ruta se interna en la Quebrada de Escoipe donde se pueden divisar terrazas de cultivo agrícola junto a los cerros multicolores que poseen una vegetación exuberante y tierras rojizas. Enseguida comienza el espectacular ascenso por la zigzagueante Cuesta del Obispo, arribándose a más de mil metros de altura en veinte kilómetros de recorrido. En Piedra del Molino, su punto más alto, ubicado a tres mil trescientos cuarenta y ocho metros sobre el nivel del mar, realmente vale la pena detenerse a contemplar la belleza del paisaje. En los picos de mayor altura de las impetuosas sierras Subandinas se puede observar el andar de los cóndores, derramando su majestuoso vuelo sobre los cerros americanos.
Poco a poco vamos dejando atrás los verdes e ingresamos a un paisaje de altura, donde los colores y las formas han sido volcadas con maestría sobre las montañas. Con su particular fisonomía nos recibe el Parque Nacional los Cardones, sitio de figuras esbeltas y elegantes que asombran por su tamaño y contextura. Puede ser recorrido acompañado por el guardaparques local, quien transmite a sus visitantes el esfuerzo puesto en la preservación de este sitio natural.
Siguiendo el camino arribamos a Payogasta, una antigua población de origen indígena cuyo nombre significa “Pueblo Blanquecino”, algo contradictorio cuando notamos el furioso rojo de los pimientos secándose al sol.
A los pocos kilómetros aparece Cachi, un pueblo de más de cuatro siglos, que goza del privilegio de estar recostado sobre los faldeos del Nevado de Cachi, formación montañosa de más de seis mil metros, que domina el lugar con sus ocho cumbres. Su nombre proviene de la lengua cacana (hoy completamente desaparecida) y se genera en la unión de dos vocablos, “Kak”, peñon y “Chi”, soledad: peñón solitario.
Los cardones, churquis y algarrobos bordean nuestra presencia y, aunque no los vemos, sabemos que los auténticos dueños del lugar nos vigilan: venados, pumas, guanacos tarucas, comadrejas y mayuatos vizcachas.
Cachi forma parte de un universo que conjuga historia, cultura, arte y religión. Un universo que nos ofrece el sabor de lo auténtico y que merece ser apreciado en toda su riqueza y variedad. Un valioso material quedó impreso en nuestra retina para ser desplegado en una próxima edición.
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