Texto: Editorial
Fotos: Willy Donzelli

SAN ANTONIO DE ARECO
Un mundo de orfebres y artesanos.

San Antonio de Areco, ubicado sobre el kilómetro 110 de la ruta nacional Nº 8, es un típico pueblo pampeano, bañado de sol y recostado sobre las aguas de un río que le ha legado su nombre. Sin embargo, no es uno más. En sus orillas ha sabido acunar historia, cultura y tradiciones que pertenecen a todos los argentinos.

Conserva los aspectos más importantes de un tradicional pueblo de la llanura pampeana, pero hay algo que lo hace único y diferente: el amor puesto en el cuidado y la difusión de los usos y costumbres. Trabajan y viven en el lugar más de ciento cincuenta artesanos que se destacan en diferentes disciplinas: platería, soguería, talabartería, telar, cerámica, escultura, herrería, y tantos otros. Dos museos oficiales y seis particulares dan cuenta del orgulloso acento puesto en la conservación de los elementos que identifican el suelo de la patria. Declarado “Poblado Histórico de Interés Nacional” por la presidencia de la Nación, San Antonio de Areco es una de las poblaciones más antiguas, bellas y características de la Pampa Argentina. Los paisanos que deambulan por sus calles, su centenar de artesanos, su historia, los antiguos edificios que han sido declarado Monumentos Históricos Nacionales, los museos, sus músicos y bailarines, conforman la esencia del sentimiento nacional más querido: la tradición.

Un recorrido por sus calles nos regaló el encuentro con algunos de sus artistas más preciados. “Mi arte podría definirse como orfebrería rural - nos comentó orgulloso el orfebre platero José Draghi - porque voy cincelando algo que es para el gaucho y el caballo. La técnica es la orfebrería, los que la crearon eran orfebres con raíces europeas, en su mayoría portugueses y españoles”. Sin más rodeos pone ante nuestros ojos uno de los preciosos objetos creados por su manos, el que nos habla de un oficio de excelencia y preciosismo: “Yo defino a un orfebre como un concertista, alguien que debe seguir practicando con el instrumento durante varios años, después finalmente la obra resultará buena o mala de acuerdo a la imaginación y las cualidades artísticas que posea. Uno puede ser un orfebre y hacer piezas realmente bien hechas, pero no obras de arte. Para serlo hay que cursar el oficio y después de un aprendizaje con todas las de la ley, trabajar cinco o seis años más para adquirir bien las técnicas: cincelado, dibujo, anatomía, modelado. Por suerte aún ha quedado un pequeño grupo de gente que aprecia estas obras, nuestro trabajo es muy delicado, lleva mucho tiempo y no hay producción, el trabajo se acumula y el resultado debe ser perfecto. José Draghi también nos habla de sus sueños y el tremendo orgullo de sentirse un refundador de la platería: “El hecho de haber recreado la platería tradicional y haber sido reconocido por eso, el haber soñado con crear el Centro Cultural y Museo Taller Draghi, declarado de interés municipal, provincial y que pronto lo será de interés nacional, son cosas que no parecían alcanzables. Ahora sólo me queda el deseo que todo esto perdure en el tiempo. Apunté a la orfebrería tradicional, quería recrear para Areco y para el país gran parte de lo que significó nuestra identidad nacional, que era la orfebrería que usaba el gaucho. Lo que más me ha entusiasmado del proyecto es hacerlo acá, en San Antonio de Areco, porque lo que yo busqué es acrecentar el patrimonio cultural de este lugar que defiende los valores más nobles de la tradición”.

Sus dos hijos - Mariano y Patricio - también estuvieron junto a nosotros contándonos sobre su trabajo, que es sinónimo de pasión y entrega para Mariano, y continua experimentación para Patricio. “Ser heredero de una tradición familiar tan fuerte - nos dice Mariano - es una gran responsabilidad porque no sólo hay que continuar con el legado que han dejado mis padres, sino que también hay que mejorarlo. A mí me encantaría que mis hijos continuaran con esto. Cada pieza que me encargan es un desafío artístico porque saca lo mejor de mí, recientemente un hindú me pidió un trabajo con el grabado en relieve de su caballo personal, no es sencillo copiar la foto de un animal con todos los rasgos para que quede perfectamente cincelado”. Mariano, hace pocos años atrás, tuvo el privilegio de restaurar la plaza principal de San Antonio de Areco, Ruiz de Arellano. “Ese trabajo me abrió las puertas para embellecer otros lugares, me dejó un equipo de trabajo conformado por gente que quiere engrandecer el pueblo, desinteresada, sin ambiciones políticas, simplemente por el amor a la estética y al compromiso ciudadano que hace a la calidad de vida de este lugar. También estamos trabajando en la restauración del casco histórico y sobre un lugar a la orilla del río. Lo hemos custodiado, preservado y logramos sacar una ordenanza para que no se pueda acampar allí. Ahora estamos armando una plaza a la cual queremos poner el nombre de Renée Favaloro. La misma gente que contratamos nos pidió que le pusiéramos ese nombre, porque de este modo tenían una mayor motivación, otra relación con el lugar. La plaza tendrá faroles antiguos, pérgolas y mirará hacia el río. La idea es ir trabajando y que sea un proyecto que sume para iniciar otro, y así sucesivamente ir uniendo voluntades que es lo importante”. La juventud del artista Mariano Draghi desborda de anhelos entretejidos en el tiempo. “Yo estoy en el camino de la orfebrería, pero mi sueño es llegar a ser un gran escultor, a esculpir el mármol.

Para Patricio Draghi, en cambio definir su arte es muy difícil: “Me tendría que definir a mí mismo para hablar de mi obra - afirma con voz rotunda Patricio - porque es una etapa de experimentación, creo que el arte nunca se debe desprender de eso y debe tener esa libertar de probar e investigar sobre formas nuevas. En la actualidad, me apasiona la elaboración de joyas. Me da más libertad creativa, se puede experimentar sin límites. La platería gauchesca tiene ciertos condicionamientos que no vienen solamente del cliente sino que responden a un periodo, a un uso determinado, si bien yo busco continuamente un estilo propio. En cambio en joyería no. Hago artículos o accesorios de vestimenta además de objetos suntuarios y eso permite volcarme a la moda. Es una innovación continua y un renovarse diario. Pero en su taller se pueden observar también otras obras de arte tales como un lomillo porteño. “Es parecido al lomillo entrerriano, muy elaborado y cincelado, barroco, cargado, pero neoclásico. Me gustó mucho hacerlo, demoramos cuatro meses y medio, había calculado dos, pero busco la perfección y no le pude poner límites. Ahora me gustaría retomar un poco la platería civil que nunca desarrollé demasiado. Por eso me decidí a hacer un juego de cubiertos con mi diseño, muy estilizado, despojado, sin cincelado, sin detalles que incomoden ni saturen, con un estilo más contemporáneo, joven, con línea neta”. Sus obras son muy valoradas por los extranjeros que visitan San Antonio de Areco: “Tanto los norteamericanos, europeos, japoneses que nos visitan buscan la originalidad del producto y esa era mi meta, más allá de hacer algo lindo intento hacer algo que marque las diferencias personales”.

Seguimos caminando para encontrarnos con Roberto Falibene, ceramista, quien nos relata con detalles su pasión: “Lo importante es tomar el trozo de arcilla y convertirlo en un objeto, ya sea vasija, fuente o jarra, y decorarlo para que quede estéticamente agradable”. Precisamente frente a su taller, el Paseo de las Tinajas quiere demostrar cómo pueden quedar las piezas en el lugar elegido. “Siempre me gustó dibujar y pintar, hice la carrera de Bellas Artes y hace más de treinta años que estoy haciendo cerámica. Además soy docente, trabajo en cinco escuelas de esta localidad y a la tarde vengo al taller que es mi lugar preferido”. Sus tinajas, de un colorido impactante, incitan al reconocimiento de un arte tan antiguo como la tierra: “A mí me gusta mucho la cerámica de origen español, pero también la indígena, y a veces combino esos estilos que hacen surgir piezas diferentes”. Orgulloso de su terruño, recrea diariamente un estilo personal: “Tengo la suerte de haber nacido y vivido siempre en Areco, un pueblo que ha tomado desde hace mucho tiempo una importancia muy grande en cuánto a sus artesanías y que es un referente de la tradición. En este entorno no me fue muy difícil encontrar mi lugar junto a los demás artesanos arequeros”. Sus técnicas, heredadas de indígenas y españoles, son el soporte de su inspiración tradicionalista: “Trabajo con arcilla que traigo del sur, de la Patagonia, donde la compro semi-elaborada. Levanto algunas piezas con moldes y otras voy modelando a mano, con técnicas indígenas. También tengo piezas esmaltadas siguiendo una técnica que se llama talabera, un sistema español de decoración. Hago las figuras recreando escenas de paisanos, muchos personajes son de San Antonio de Areco, de actividades como las guitarreadas, el mate, las escenas de novios, con amigos, boliches, el bar, bailes criollos, jineteadas, etc”.

Raúl Draghi ostenta el título de artesano soguero y también platero: “Trabajo el cuero de vaca y el de caballo. También me puedo definir como platero. Si bien siempre hice cuero con platería muy sencilla, desde hace un tiempo estoy cincelando un poco más, haciendo trabajos más recargados a nivel platería. Siempre pongo pasión en la pieza que hago en ese momento. Su arte es valorado tanto por argentinos como por extranjeros: “Ambos me piden cintos, juegos de cabezada, rastras de plata. Recientemente terminé una pieza que se fue para California”. Privilegia la calidad antes que la cantidad y en cada pieza intenta dejar su sello personal: “Lo único que deseo es seguir trabajando, no hacer cantidad de piezas, sino algo artesanal, que cada cosa tenga un detalle, que sea exclusiva, que tenga personalidad”.

Seguimos desandando las calles de Areco. Ahora nos dirigimos al taller de Alejandro Alvarez. Lo encontramos trabajando, vemos cómo el cuero se desliza con destreza y prolijidad entre sus manos, creando un patrimonio artístico valorado en todo el mundo: “Mi profesión es la de soguero, trabajo el cuero, tanto sea el de yeguarizo que es de donde se sacan los tientos para tejer o trenzar, como el cuero vacuno. Me gustan las piezas grandes, hacer un juego de sogas, bozales, arrestos, riendas, cabezales, este año hice una cincha bastante trabajada, es ancha porque se usa para ensillar en los recados. Mis clientes usualmente vienen del exterior, compran arreadores, fustas, cuchillos, cosas más chicas y los de acá encargan trabajos más grandes, juegos de sogas, etc. También me han pedido algo para la zona de Texas, para el caballo de cuarto de milla. Es un trabajo de mucha paciencia, el arreador que se ve acá, en el taller, es una pieza que llevó tres meses de trabajo, tiene trescientos tientos. Tengo clientes que realmente lo valoran. Hoy en día hay piezas como ésta que requieren mucho trabajo y que se cotizan casi más que una pieza de platería”.

Ahora nuestros pasos nos llevan hasta el taller de Cristina Giordano, referente del arte textil en Areco. “Lo mío tiene que ver con dos vertientes culturales indígenas: el telar pampa o de palillos proviene de los pueblos pampas, y ellos a su vez lo heredaron de los araucanos. En el telar pampa se hacen únicamente fajas y se usan sólo los diseños de los pueblos originarios. Tienen muchos colores y sus dibujos geométricos son muy bonitos. Se hacen iniciales también, el trabajo artesanal es muy personalizado”. Se nota en Cristina la pasión por su tarea, y una gran experiencia: “Hace más de treinta años que estoy en esto, nací acá y en el año ’71 ya exponía en la Semana de la Artesanía Arequera. Cuando la gente llega al taller, le doy charlas explicativas, a veces los hago tejer en el telar criollo, que acá en Areco tiene una amplia difusión. Guida O’Donnel fue mi maestra en este tipo de telar, una fusión entre el europeo (aldeano español) y el indígena americano. En él se hacen fajas, caminos de mesas y ponchos”. Seguramente la pasión y paciencia tienen mucho que ver con la finura de esas prendas: “Es realmente una cuestión de vocación, lleva mucho tiempo hacer cada pieza, el tejido en sí es lento, y hay algunas técnicas como por ejemplo la de la faja pampa que lleva un mes de realización si únicamente me dedicara a eso. Desde pequeña sentí una atracción hacia lo textil, incluso antes de aprender a leer y escribir aprendí a tejer en dos agujas, hasta que llegué a esta artesanía que hago hoy y que realmente me apasiona”.

Uno de los atuendos más característicos del gaucho son sus botas. Camilo Fiore las confecciona a mano, con detalles de altísima calidad: “Yo no fabrico botas standard. En mi taller el proceso empieza cuando viene el cliente, elige el cuero, se le toma la medida, se hace un molde, los diseños son exclusivos, no hay una bota igual a la otra. Todavía usamos para coser a mano la suela una técnica que es antiquísima, se usa como aguja una cerda de jabalí y un hilo especial de cáñamo, luego se le pasa una cera de abeja con resina para fortalecer el hilo y se cose”. Una tarea tan delicada requiere seguramente de un aprendizaje profundo: “Aprendí en el taller de compostura de un tío en Buenos Aires. Más tarde, en Areco, me contratan Battistella y Murzicato y allí aprendí a hacer las botas, eran gente de mucho oficio. Ahora, lo que más hago es la bota criolla, que es distinta a la de salto o bota polera, y no sólo la usa el paisano, yo le hago a gente que la lleva también para vestir. Afortunadamente recibo pedido de todos lados, tanto de acá como de alemanes, italianos, franceses, holandeses y españoles. También a veces trabajo por encargo, por ejemplo dos argentinos que estaban trabajando en EEUU se hicieron dos pares de botas de carpincho y después se las mandamos. Dentro del país tengo clientes de diferentes partes”.

Nos sorprende encontrar en medio de nuestro recorrido una fábrica de chocolates, no nos queda más remedio que dejarnos tentar por el dulce aroma de La Olla de Cobre. Al entrar nos recibe Carlos Gabba, fundador y dueño del lugar: “Nosotros básicamente fabricamos chocolate. Siento un gran placer al elaborarlo porque se produce una alquimia, una transformación completa. Si uno encuentra una masa de chocolate y la prueba, seguro que la tira, porque es ácida, sin embargo a partir de eso uno tiene que elaborar algo sabroso. Esto es interesantísimo”. Pero, ¿cómo se llega a ser un referente de San Antonio de Areco con un producto no tradicional? Carlos nos explicó: “ Si bien el chocolate no es un producto gauchesco ni criollo, es cierto que trabajamos con algo típicamente americano. Sólo que hasta que los europeos no descubrieron la técnica, en América se comía la pasta pura, no era muy rico, era bastante fuerte. Pero hoy podemos encontrar buenos chocolates en todos lados, la globalización ha hecho que nosotros podamos usar los mismos métodos que Suiza, Alemania o el norte de Italia”. Amante confeso del lugar, Carlos nos cuenta el por qué de su elección: “nos gusta vivir en Areco, se vive muy cómodamente, para el porteño que viene a pasear se produce un cambio de hábitat. Además ya somos un referente del lugar. Ahora me gustaría que mis hijos continúen con esto y que mantengan el estilo. Siempre dijimos que queríamos hacer un chocolate como el que estamos haciendo, absolutamente clásico. Si alguien quiere probar un chocolate original sabe que acá puede encontrarlo”.

La confección de aperos y recados es una artesanía que no existía en la localidad, Martín Alvarez se interesó por esta actividad siendo muy joven y hoy es su principal exponente: “Si bien es un oficio muy viejo no hay mucha gente joven que se dedique a esto, yo fui el primero. Lo que hago son bastos y lomillos, los tres o cuatro tipos de bastos que existen – entrerriano, albarda, porteño antiguo y porteño contemporáneo - y lomillos porteños. Son los únicos tipos de sillas de montar en el mundo que no llevan armazón, el asiento está hecho con juncos. Como este tipo de silla se usa solamente para equitación del gaucho pampeano no tengo clientes extranjeros. Incluso dentro de Argentina no se usa, por ejemplo no me imagino un gaucho salteño con esto, es muy nuestro”. Su oficio demuestra una variedad de opciones a la hora de montar: “La talabartería es muy rica en las diferentes regiones. Antiguamente era una necesidad, y hoy pasó a ser un lujo, porque a partir de la industrialización del agro y la aparición del automóvil se dejó de usar el caballo. Pero mi trabajo es artístico, todo se hace a mano, con cincelado, etc. Yo uso solamente dos cinceles, uno para el punto alrededor del dibujo, y otro para hacer la línea que separa. Eso da el relieve. Pongo mucho énfasis en la uniformidad del golpe, de modo que todo el dibujo quede en forma pareja”.

Mientras paseamos por las tranquilas calles de San Antonio de Areco, el trabajo del herrero artesanal Juan Carlos Freyre puede ser disfrutado en puertas, balcones y ventanas: “Me siento muy orgulloso de los balcones de la Biblioteca Popular Belgrano, uno de mis primeros desafíos, se podría decir que aprendí quemando fierros y gastando carbón. Hago mis trabajos al modo antiguo, con técnica de remache, hoy en cambio se usa soldadura, me llevó veinte días hacer cada balcón. Los herreros artesanos hacemos todo - una espuela, un estribo, los rizos para una reja - a yunque, fragua y martillo. Las rejas y portones son mi debilidad, soy un creador constante, no quiero repetir nunca el mismo diseño. Juan Carlos es uno de los colabores de Mariano Draghi en las obras de restauración edilicia: “Con Mariano trabajamos en la Asociación de Turismo y Preservación del Casco Histórico. Me interesa por la cuestión cultural, por lo que significa para una sociedad tratar de preservar el patrimonio que nos dejaron nuestros antepasados. Me inspira ver el testimonio que me dejaron los antiguos herreros artesanos. En la Plaza principal hice los soles tipo vitreaux que se colocaron arriba de las fuentes de agua, los cercos para los jardines que están en las esquinas y las farolas de la nueva plazoleta que está cerca del río”.

Finalmente arribamos al taller de Homero Gabino Tapia, escultor de estribos arequeros: “Lo mío es una manualidad, trabajo con cuernos de carnero y por encargo. Este oficio es muy viejo, lo inició un español llamado Vicente Prieto allá por el 1880. Yo ya hace cuarenta años que hago este trabajo. Tengo clientes extranjeros, muchos europeos y norteamericanos. Aprendí el oficio con un señor muy criollo, buen soguero, llamado Blas Burgos, el fue quien introdujo el recado corto en esta zona”. Al verlo trabajar nos entusiasmamos y quisimos conocer más detalles: “Cada estribo me lleva cerca de dos semanas y tengo pedidos para entregar dentro de un año o dos. Puede ir ornamentado con las iniciales del dueño, la marca, lo que deseen. Los extranjeros me avisan cuando van a venir con un año de anticipación, y para ese día los tienen listos. Mis estribos han dado la vuelta al mundo, y trabajo para las mejores casas de afuera, por ejemplo Aux Armés de París, una de las más notables, y también para Londres. Mis estribos están junto a las mejores marcas internacionales”.

El valor de estas artesanías no sólo está puesto en la calidad del trabajo realizado, sino en aquello que simbolizan: el apego a la tierra y las tradiciones. Por eso son tantos los extranjeros que, invitados a conocer lo más representativo de nuestro suelo, se acercan a los pagos arequeros intentando llevarse algo que les recuerde las experiencias vividas en la pampa argentina. Los lugareños lo saben bien, y sienten el orgullo y el desafío que implica difundir lo más preciado de la tradición argentina, compromiso y trabajo, arte e imaginación.



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