Texto - Entrevista: Lic. Kamala Bonifazi
Fotos: Willy Donzelli y gentileza archivo personal del Sr. Luis Landriscina y Sr. Carlos Bartolomé.

LUIS LANDRISCINA
El cuentista del pueblo.

"Soy del Chaco argentino
Nacido en esta región,
Soy tan hijo de esta tierra,
que me siento emparentado
Al quebracho colorado
Y al capullo de algodón (...)


Luis Landriscina de su libro "Casi gringo"

Dotado de un don muy especial, Luis Landriscina, cuentista y narrador de alma, nos asombra con su habilidad para contar historias populares y costumbristas. Es fácil recordarlo como don Verídico, ese personaje que con una pincelada de picardía, se convirtió en uno de los más famosos exponentes del humor socarrón y campero. Profundo observador y conocedor del espíritu pueblerino, fue creando historias que trascendieron las fronteras de su Chaco natal a través de las actuaciones en vivo, programas de radio y televisión alcanzando resonancias internacionales.
Haber compartido con él una charla puso de manifiesto su sencillez, su pasión por enseñar y esa aguda capacidad de observación. “Soy un contador de cuentos -enfatizó - Dios me dotó del don de describir en palabras y pintar en el aire lo que quiero que vean y la gente compró esa gimnasia mía. El cuento es como un viaje, si el viaje no es entretenido el pueblo donde vas queda lejos, por cerca que sea. Entonces la historia tiene que ir enriqueciéndose y generando una expectativa para que la gente diga ¿dónde va a terminar esto?”

K: Hábleme de su infancia Luis, de la madrina que lo crió y de su padrino, esos dos seres tan importantes en su vida…
L: Mi infancia fue algo especial. Fui el séptimo hijo y mi madre muere en el parto del octavo. Yo tenía veintidós meses y mis padrinos, una pareja de gallegos sin hijos y que habían criado un montón de ahijados, me llevaron a su casa, donde ya había dos hermanas mías. Mis padres vivían en el medio del campo, cerca de Colonia Baranda, eran inmigrantes italianos.

K: Quiere decir que usted heredó de sus padrinos los fuertes valores, ese modo tan particular que tiene de mirar la vida…
L: Te puedo decir que yo no conocí otra ternura que la de ellos, nunca me faltó nada, todo lo que tengo de bueno en mi conducta lo aprendí de ellos y lo malo es responsabilidad mía. Le decían gallegos pero eran lioneses, con muy poca instrucción, mi madrina leía y escribía porque el padre le puso un maestro particular “para que aunque sea sepas dibujar la firma, le decía”. Por eso insisto siempre en separar instrucción y educación. Educación es a través del ejemplo, e instrucción el traspaso de información en la escuela mediante la inteligencia. Fui educado por una española muy rígida en sus conceptos, donde no había grises, todo era blanco o negro, “esto está bien o esto está mal”, “esto se puede hacer y esto no se puede hacer”¡y andá a cantarle a la guanaca! Me crié en esa suerte de cosa rodeada de ternura y no tuve trauma. Otra cosa que destaco de mis padrinos es que respetaron los años de la inocencia y un poco más: tuve Reyes Magos, Niño Dios, cumpleaños, tuve un beso a la noche, a la mañana, además de los del día, y cuando uno de los dos viajaban yo dormía con el otro, con el padrino o la madrina, esa era una de mis mayores ilusiones, dormir con alguno de los dos, cuando era muy chico.

K: ¿Y su papá, Luis, cómo fue su vínculo con él?
L: Hubo una relación por un corto tiempo mientras estuvimos cerca, después nos perdió de vista, él se casó, tuvo otros ocho hijos y me ubica cuando yo empiezo a ser conocido.

K: ¿Y eso le produjo algún dolor?
L: No, porque en una conversación muy profunda que tuve con él yo noté que estaba muy arrepentido, porque los hijos de ese nuevo matrimonio se criaron con papá y mamá y nosotros teniendo un padre no tuvimos ni papá ni mamá. Les hablé a mis hermanos y les dije: “yo lo noté a papá un poco dolido, entonces que tal si hacemos una reunión, hacemos una fiesta, le damos por saldada esta cuenta y que muera tranquilo”. Aceptaron, hicimos un par de reuniones, estuvo una semana con cada hijo, creo que volvió reconfortado.

K: ¿Y cuáles son los recuerdos de su Chaco natal, de su adolescencia?
L: Hace poco nos encontramos con algunos amigos de Villa Angela, hicimos un repaso de la historia y no faltaron risas ni lágrimas porque nos empezamos a acordar de los personajes, de la Propaladora Publicidad Chaco que era con altavoces de chapa, esas bocinas puestas en las esquinas porque no existían radios. Por entonces escuchábamos las de Buenos Aires.

K: ¿Dónde pasó sus mejores momentos de infancia y adolescencia?
L: Yo tengo pasada mi infancia por varios lugares, estuve en el norte de Santa Fe porque mi padre adoptivo era obrajero, trabajaba en la explotación forestal de bosques espontáneos, después estuve un tiempo con mis hermanos acá en Buenos Aires, porque mi hermano mayor quería que estuviéramos todos juntos, pero él descubrió que yo me estaba enfermando de tristeza y le mandó a decir a mi padrino que me lleve de vuelta, porque “si no Luis se va a morir, a altas horas de la noche lo oí llorar” y era cierto, yo extrañaba a mis padrinos y me volví y fui el único que estuvo en el Chaco hasta después que me casé y me vine a la Capital. Lamentablemente este hermano tan querido murió en la Plaza de Mayo en el ’55, en el bombardeo, él había ido a pagar una cuota de un torno en el Banco Industrial y resultó ser el 16 de junio.

K: ¿Es decir que usted se queda en el Chaco hasta que gana en Cosquín?
L: Efectivamente, cuando gano en Cosquín vinimos a un hotel de la calle Bernardo de Irigoyen, con don Pepe y don Joaquín Lozada, también dos lioneses, dueños del lugar.

K: ¿Cómo es que llega a ganar el premio Camin Cosquín?
L: A Cosquín vamos porque el gobernador del Chaco era de Villa Angela: Deolindo Bittel, dice “lo tendríamos que mandar a Luis a Cosquín”. Yo tenía un conjunto en donde cantaba Jovita Díaz, y nos metieron en la delegación del Chaco, que salía de Resistencia, se llamaba la Peña Martín Fierro. Nos permitieron integrar el cuadro y hacer un par de papeles. Ganamos como delegación, y además yo gané como cuentista-recitador, un rubro que no existía hasta el momento, y Jovita salió revelación, así que nos volvimos al Chaco con tres consagraciones. Eso me dio el estímulo para intentar en Buenos Aires. Arranqué con un programa por Radio Splendid que se llamaba “Habla el Chaco, mano a mano con la pacha”, con libretos de una hermana mía. Los personajes eran el Sr. Tiempo (Anibal Cufré), la Srta. Historia (Aurora del Mar) y yo era el Río Paraná. Ahí me descubre el amigo Miguelito Franco, y empiezo a hacer radio todas las noches.

K: Entonces quiere decir que hay un antes y un después de Cosquín, incluso sabemos que hipoteca su casa para poder radicarse en un hotel en Buenos Aires.
L: Sí, hipoteco mi casa para no quedar debiéndole a nadie en Villa Angela y que no digan: “este se va a hacer el gracioso a Buenos Aires y nos quedó debiendo la yerba”. Después la recuperé. Es verdad, hubo un antes y un después de Cosquín.

K: ¿Cómo lo trató Buenos Aires en aquél comienzo?
L: Buenos Aires a mí no me puso palos en la rueda aunque tampoco me dijo “vení que te ayudo”.

K: ¿Cuándo fue que descubrió que tenía dotes tan especiales?
L: En verdad, lo descubrieron mis maestras, ellas ven en la escuela los dones de los chicos, si los estimulan, se desarrollan y si no por ahí uno muere en el intento. Pero en mi caso… una maestra le decía a la otra: “usalo a Luisito para tal acto”, entonces yo andaba diciendo siempre versos, haciendo pasos de comedia para fin de curso, fiestas patrias, y después eso trascendió y fui el cómico del cuadro artístico de la Parroquia.

K: Su humor narrativo se ha caracterizado por no utilizar como herramientas la mala palabra y atrapar con sus relatos la atención del espectador.
L: Es verdad, cuando yo subía al escenario pensaba que quizás me estuviera escuchando una señora como mi madrina, que se ponía colorada cuando escuchaba algunas cosas fuera de lugar, entonces yo no podía provocar en la mamá de alguien o en la abuela de alguien lo mismo. Siempre traté, en memoria de estos gallegos que me criaron, de hacer las cosas bien, de “no sacar los pies del plato”, pero no por el rigor de un coscorrón o una penitencia, sino porque es una manera de homenaje a ellos, de agradecimiento a lo que me inculcaron.

K: Luego de tantos años de trayectoria ¿cuáles son las cualidades suyas que atraparon al público?
L: Primero, yo no soy un contador de chistes, soy un contador de cuentos, puedo contar historias. Dios me dotó con el don de describir, yo puedo describir con palabras y pintar en el aire lo que quiero que vean, y la gente compró esa gimnasia mía. El cuento es como un viaje, si el viaje no es entretenido el pueblo donde vas queda lejos, por cerca que sea. Entonces la historia tiene que ir enriqueciéndose y generando una expectativa para que la gente diga ¿dónde va a terminar esto? Hay un desafío no confesado entre el que escucha y el que cuenta: el que escucha piensa “¡a que sé como termina el cuento!” y el que cuenta dice “a que no”. Es la única vez que el perdedor se alegra porque lo sorprendí, y se cumplió con la función del humor que es la sorpresa, si es previsible el final deja de ser humor.

K: Pero aparte de una gran condición innata, hay una profunda observación de la realidad…
L: Sí, la otra cosa es eso, además yo cambio los cuentos cada temporada. La gente me comenta a menudo: “Le tengo que agradecer a usted que nunca necesitó nada soez, nada grosero para hacernos reír, y eso que cuenta de la Navidad… ¡en mi casa era igual!”. Y eso es lo que más me gusta de la gente, que admite que las cosas que yo cuento tienen que ver con una realidad cotidiana a la que uno le pone un costado de humor.

K: Usted es un agudo analista, en sus relatos siempre alude a nuestros usos y costumbres…
L: Sí, pero con conocimiento, yo no hablo porque sí. Además estoy trabajando desde hace mucho con las comunidades de los pueblos originarios y no por caridad, sino porque entiendo que hay que defenderlas y devolverles el orgullo de su gente y de su lengua.

K: En sus viajes, ¿cuál es el público que lo sorprendió?
L: Bueno, yo estuve en Australia, Puerto Rico, EE.UU, Canadá, Israel, España, aunque allí no fui a actuar, yo iba a buscar tierra de mis padres adoptivos para poner en la sepultura de ellos, y desde allí fui a Italia a buscar tierra de mis padres de origen para darles a mis hermanos. En otro viaje me recibió el Papa Juan Pablo II, junto a mi esposa en audiencia privada. Nos saludó y nos dio unos rosarios para nosotros y mis hermanos. En relación al público, bueno, en los países latinoamericanos hay que cambiar términos, y cuando vas a EE.UU, Canadá, Australia, Israel, actuás para comunidades rioplatenses, son uruguayos y argentinos en un ochenta por ciento y el veinte por ciento son aquellos que se han casado con algún gringo o gringa de la zona o con algún salvadoreño, mexicano o colombiano. Cuando voy a Miami me van a ver muchos cubanos, les gusta mucho mi humor, y a los colombianos también. Cuando voy para el lado de Los Angeles, hay muchos salvadoreños y mexicanos. Siempre hablo en español, les cuento las historias, pero trato de no cambiar tantos términos para que el argentino que va para encontrarse con los tonos de su país, no lo pierda de vista, porque eso es lo que va a buscar, es el cordón umbilical por nostalgia con el país que dejó. Cuanto más les he hecho la aclaración a los mexicanos “bueno, mire, yo sé que el boliche de ustedes es para jugar a los bolos, para nosotros es la cantina, pero yo voy a decir boliche, y el borracho de ustedes para nosotros puede ser mamao, curda, chupao, según la zona”.

K: Ese personaje tan clave en su narrativa, don Verídico, que nos remite a tantos conocidos ¿existió o es una ficción?
L: El personaje surge de la imaginación de Julio César Castro pero es una fina ironía sobre la afirmación que hacemos cuando sabemos que la historia es tan fantástica que no la van a poder creer: “esto que te voy a contar es verídico ¡eh!”. Te puedo decir que es una pluma exquisita, porque era un escritor devenido en libretista, si hubiera nacido en Francia sería un maestro del surrealismo, acá era un maestro del absurdo. Y el absurdo es una de las mejores fórmulas para el humor. Sino fijate Les Luthiers, Alberti y Capuzzotto de Todo por 2 pesos, o Casero, es decir la generación de nuevos cómicos, gente que maneja el absurdo, a veces con tanta inteligencia que no llegan a todos los públicos, pero una cosa que yo siempre les voy a agradecer a Les Luthiers es que nunca hayan emparejado pa’ abajo, siempre emparejaron pa’ arriba.

K: Ya que llegamos a estos personajes, usted tiene gran afinidad con muchos del espectáculo.
L: Sí, y les tengo que agradecer a muchos de ellos: Niní Marshall, Luis Sandrini, Pepe Arias, Fernando Ochoa, a Mareco, Pepe Iglesias, eran los personajes en los que nosotros bebíamos para después hacer un paso de comedia que se pareciera a los Cinco Grandes del Buen Humor. Y Mareco, no he visto un improvisador tan inteligente, tan hábil. Después los grandes locutores como Carrizo, Saravia, Pinky, son aquellos que nos marcaron. Además está la generación de nuevos cómicos, como ya te comenté.

K: En el 2004, luego de cuarenta años de escenario tomó la decisión de retirarse. ¿Por qué lo hizo estando en tan buena forma?
L: Porque veinte años no es nada pero cuarenta es el doble. En cuarenta años perdí parte de la infancia de mis hijos, pero no quiero perder la de mis nietos. Además no me gustaría que alguno después diga “qué lástima que no se retiró a tiempo”. Porque uno no sabe en qué momento se va a olvidar el final de un cuento y eso es imperdonable. Comencé a despedirme en el 2004 y terminé en diciembre del 2005. Pero sigo en actividad, tengo mi programa de Canal Rural, mi programa de Agro-Encuentro con una petrolera y una compañía de seguros, soy la cara de ellos. Hago algunas cosas privadas sin letreros en la puerta. Sigo en movimiento, sin tener aquel compromiso de tanto trabajo.

K: Otra cosa que para mí es interesante en sus relatos es la mixtura entre la vanidad del porteño y la inocencia del hombre de campo. ¿Usted lo hace adrede?
L: Yo hago un rescate del porteño, porque al conocerlo uno cambia de opinión ya que se descubre que tiene otros valores, es un tipo exigente con él mismo, inconformista, pero es muy buen amigo, muy leal, solidario. Cada vez que hay una necesidad, cada vez que yo salí a pedir por los inundados, el primero que aparece es el porteño. Y otro rescate que hago es en relación al uso de la lengua española, trato que en lo posible usemos cada vez menos palabras inglesas, me peleo con Halloween, con Happy Christmas, Happy Birthday y esos letreritos que aparecen por ahí porque me parecen una falta de identidad, una tilinguería, querer ser lo que no somos. Cuando hablo con los jóvenes les digo: como dijo San Martín tenés que ser lo que sos o no vas a ser nada.

K: Y luego de una vida tan plena ¿tiene algún sueño pendiente?
L: Con mi gran amigo rosarino Carlos Bartolomé, teníamos pensado hacer algo parecido a lo que Pergolini hizo con Felipe Pigna, una película con la historia nuestra, con humor, con dignidad pero sin solemnidad, ellos lo lograron con “Algo habrán hecho”. Es un sueño que tengo hace muchos años, la historia empezaba con un indio Quilmes contando la historia hasta nuestros días y todos sabemos que la historia de los Quilmes no es graciosa.

K: También valoramos mucho su empeño en apoyar a la Fundación Favaloro. Sabemos que los ha unido una gran amistad ¿cómo era él en la intimidad?
L: Era un médico rural con una enorme capacidad para el aprendizaje, como el decía, era producto de un gran esfuerzo: “quien piense que yo soy una luminaria está equivocado, yo soy producto de mi esfuerzo y eso es lo que les pido a los jóvenes, que ahora tienen el mensaje cambiado”. Fue columnista mío durante cuatro años en la radio y siempre que podía les dejaba un mensaje a los jóvenes. Yo tuve dos programas radiales “Mano a mano con el país” y “Mateando con Landriscina”. El era el columnista de los sábados y los mensajes eran: “los muchachos están muy cambiados, ellos están convencidos que lo importante es tener, no ser, y yo quiero que ellos sepan que lo verdaderamente importante es ser”. Cuando llegábamos cerca de agosto nos pedía: “déjenme hablar de San Martín”, porque lo admiraba mucho. Favaloro quería que lo recordaran como un educador, era un hombre sencillo, afable, muy tierno, yo diría un hombre-niño a veces, porque se emocionaba muy fácilmente. Dios me puso en el honor de ser su amigo, sobre todo en los últimos tiempos cuando él estaba más solo, yo lo llamaba a la noche y a veces le tenía que recordar: ¿Usted no tiene que operar mañana doctor?

K: Usted fue su amigo íntimo. ¿Cuál era el tremendo dolor de Favaloro en sus últimos días?
L: No poder pagarle a los médicos y a sus empleados, le daba mucha vergüenza, debiéndole las instituciones, una tres millones y medio de dólares, otra un millón y pico. Yo he sido testigo en una oportunidad porque un dinero insinuaba un vuelto y él dijo: “prefiero morir con las botas puestas pero no voy a transar con la corrupción”. Eran los últimos tiempos, cuando ya los que le debían ni siquiera lo atendían.

K: ¿Por qué un hombre tan inteligente ha tomado la decisión de quitarse la vida?
L: Yo creo que por una cuestión de enojo, él era un siciliano. Algunos dicen que estaba deprimido, pero no, porque alguien que escribe siete cartas, se baña, se afeita, se peina, se mira al espejo y se parte el corazón de un tiro está diciendo algo: “yo salvé el corazón de mucha gente, abrí el camino a la vida a millones de personas con el by-pass, entonces ¿por qué no me ayudan?”. Yo entendí el mensaje y me puse a trabajar y a sacar de la memoria de la gente el suicidio, por eso celebro todos los años “El Cumpleaños por la Vida” en Canal 7. Allí cuento con la ayuda de muchísima gente. La Fundación sigue creciendo y en el sexto año del cumpleaños que fue el 07/07/07, llegamos a juntar un monto de siete cifras, así que es todo cabalístico.

K: ¿Y volviendo a sus actuaciones, alguno de sus hijos y nietos heredó sus dotes artísticas?
L: Mi nieto, no sé si las dotes artísticas pero tiene el mismo atrevimiento que yo tenía en la escuela para pararme delante de mis compañeros, el peor público que podés tener en tu vida: tus compañeros de escuela, y después los del pueblo.

K: Y después de tantos años de actuación ¿nos contaría alguna anécdota arriba del escenario?
L: Hay muchas, algunas muy conmovedoras, otras graciosas. La más graciosa es cuando en Uruguay, en una fono platea (como ellos la llaman) en la radio, cuento un cuento, digo algo corto como para que reviente todo, y se me quedan mirando, yo los miro y digo “ya terminó” y se rieron de eso. Y ahí aprendí que primero tenía que averiguar el uso de ciertos términos, que cuando me decían: cuéntese otro, no sea machete, me estaban diciendo amarrete, en cambio para nosotros machete es el papelito para rendir sin que te vea el profesor, y para ellos eso se llama ferrocarril, y como éstos tantos otros. Y en cuanto a anécdotas emotivas, una vez despidiéndome en el Hermitage, desde la tercera fila una señora me dice: “hace diez años me dieron entre uno y dos meses de vida y mis hijas, para que mi agonía no fuera triste compraron una colección de sus casettes, así que vine a agradecerle personalmente diez años de mi vida”. Y tuve otras cosas parecidas a ésta, es el humor el que hace el efecto, yo soy el intermediario. El humor cambia a veces la sintomatología de un mal porque reírse genera endorfinas buenas y modifica de pronto el curso de una mala enfermedad, es el humor el que provoca la risa, y es la risa la que cura.

K: Su gran leiv motiv siempre fue lo didáctico, lo suyo es un humor costumbrista y eso enseña mucho…
L: Sí, recuerdo que yo tenía preparado un material con diapositivas e íbamos a las escuelas a hablar sobre la economía del Chaco, y explicaba qué se producía, qué eran los hacheros, qué era una zorra santiagueña, qué era el sapukay, cómo se hacía un horno de carbón. He tratado de difundir lo que más pude. Ahora mismo, cuando cuento algo sobre el tren que se paraba en las estaciones a tomar agua, la gente mayor se codea y dice: ¿te acordás? Y los jóvenes miran con cara de asombro. Les tengo que explicar que el tren paraba a tomar agua porque eran a vapor, entonces les cuento cómo eran las cosas cuando su papá o su abuelo estaban haciendo la patria, en ese entonces no había caminos, rutas, camiones, tractores, médicos, escuelas, y éramos el granero del mundo. Había otra cultura del trabajo y tal vez eso es lo que hay que contarles a los jóvenes.

K: De todos los premios que ha recibido ¿cuál valora más?
L: El primero es el Camin Cosquín, porque con ese se largó mi carrera. Después ha habido muchos, los Cruz de Plata, el Martín Fierro por mi programa televisivo “Mateando con Landriscina”, los Santa Clara de Asís, San Gabriel, Prensario, Broad Casting, el reconocimiento a la trayectoria del Senado, el Estrella de Mar, los premios del exterior, los de provincias. También fui condecorado por Prefectura Nacional, por el Ejército, por Policía Federal, Aeronáutica, tengo infinidad de reconocimientos de organizaciones no gubernamentales, y debo tener dos cajones con plaquetas. Recientemente doné al Museo de Villa Angela la mayoría de los escudos de provincia que me han ido dando en mi paso por todo el interior, para una sala que lleva mi nombre en el Museo de Villa Angela, después donaré más cosas.

K: ¿Qué le ha dado la fama y qué le ha quitado?
L: Cuando comencé a ser famoso sentí que lo gratificante eran los saludos de la gente, esos brazos en alto cuando te reconocen, pero a la vez me ha quitado la intimidad, la privacidad. Yo no reniego de la popularidad porque uno la busca, uno necesita ser conocido para ser querido, pero a veces cuando yo quiero andar solo y en familia, ahí se complica la cosa.

Sería interminable enumerar los logros de este hombre tan popular, auténtico representante y experto en el uso y las costumbres de cada región de nuestra amada Argentina. Fue un placer conversar con él. Nuestra charla estuvo tamizada por su didáctica tan particular y perdurable, y con sus intervenciones cargadas de humor picaresco nos transportó, como él solo sabe hacerlo, a las entrañas mismas de nuestra tierra.




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