Texto: Editorial
Fotos: Willy Donzelli
VILLA GENEREAL BELGRANO
Personajes y leyendas.
La mirada se desliza curiosa por las verdes sierras del Valle de Calamuchita, resplandor de cielo, aromas, colores increíbles… un pequeño giro del volante nos deposita en una comarca que parece salida de los Alpes Suizos: Villa General Belgrano. Historias, personajes y leyendas atraviesan sus calles surcadas por arroyos melodiosos. Y aunque parezca exagerado decirlo, no es cuento, este lugar existe.
En sus comienzos se llamó "Colonia Paraje El Sauce" y era un pequeño caserío alimentado por el devenir cansado de los bueyes y mulares que llegaban por el Camino de las Tropas. Campo, sierras color verde esmeralda, molles y algarrobos constituían el único paisaje. Uno de los más antiguos pobladores de la Villa, Diego Dardo Argüello, más conocido como “don Quirquincho” recuerda: “era toda una zona de alfalfar y había una posta, don Justiniano Sánchez, fundador de la primera escuela de Calamuchita, que data del 27 de mayo de 1881, dio allí sus primeras clases”.
Pero hubo un hecho que cambiaría para siempre la fisonomía del pequeño poblado: en 1930, Paul Friedrich Heintze y Jorge Kappuhn, estimulados por las leyes de fomento a la inmigración, compraron algunas tierras, parcelaron y vendieron a compatriotas europeos. De este modo comenzaron a llegar alemanes, suizos y austríacos, entre otros. A falta de datos fundacionales se decide designar como fecha de nacimiento de la Villa. el 11 de octubre de 1932, año en que iniciaron su proyecto.
Leyendas... ¿qué decir de los marineros del Graf Spee que recalaron en los bailes buscando diversión y jóvenes bonitas? Secretos, voces yuxtapuestas, misterio... ciento treinta y seis marineros asilados en Capilla Vieja con un régimen de libertad vigilada provocaron el revuelo suficiente como para herir las susceptibilidades de los pobladores originarios, una torpeza mayúscula puso punto final al entredicho y fue la causa del cambio de nombre del antiguo paraje: Villa General Belgrano. Necesaria reivindicación al símbolo patrio injustamente mancillado, y gesto final de la unidad de criollos y extranjeros bajo el cielo azul celeste de la bandera nacional.
La historia de la Villa se ha escrito con pioneros pujantes y herederos respetuosos de las tradiciones legadas. Muchos de ellos aún caminan por sus calles envueltos en el anonimato respetuoso del clima pueblerino, como testigos de un tiempo que vale la pena recordar.
El monje que cambió de nombre y es mujer
Si uno tiene la suerte de llegar a Villa General Belgrano en octubre, la va a encontrar muy animada: multitud de personas deambulan por sus calles regadas por distintos tipos de cerveza mientras un colorido y multifacético desfile derrocha alegría y diversión. Estamos en presencia de la Oktoberfest o Fiesta Nacional de la Cerveza. Encabezando a toda esa multitud se ve la hermosa cabeza rubia de una señora vestida con una toga negra. Se trata de Susana Schlotzer, habitante del lugar desde el año 1972, cuando llegó junto a su familia buscando un lugar tranquilo para vivir. En un momento a alguien se le ocurrió incorporar al desfile de la Fiesta de la Cerveza a un personaje que es tradicional en Alemania: el pequeño monje o Münchner Kindl. “En Alemania lo representa una joven montada sobre un caballo blanco – nos cuenta Susana - y hace referencia a los primeros monjes que comercializaron la cerveza en Baviera. Justamente la capital de Baviera es Munich que significa monje, por eso en el escudo de la ciudad hay un monje con el traje de gala, que es el que uso yo. También llevo un pan llamado cervecina que es el que ellos hacían para acompañar la cerveza. Pero nosotros no copiamos todo, en la Villa creamos nuestras propias tradiciones”, dice Susana mientras nos cuenta riendo como el “pequeño monje” derivó en “monje negro” gracias a una gaffe del locutor Matías Calvo Ortega quien, debido a su verborrágico entusiasmo le cambió el nombre para siempre.
Edelweiss: un emblema alpino
Günter Meininghaus es el dueño del Hotel Edelweiss, ícono y leyenda del lugar. Vital y locuaz, este hombre que aún conserva un fuerte acento alemán, narra su historia desbordada de proyectos y esencia emprendedora: “llegué al país en el año ’50, ya me había recibido de ingeniero y me incorporé a un barco mercante alemán. Cuando visité Argentina fui a saludar a un tío que vivía aquí desde hacía ya muchos años, él me invitó a quedarme. No estaba en mis planes, pero era la época de la guerra fría, Alemania dividida, se pensaba que podría surgir un nuevo enfrentamiento bélico… las palabras de mi tío cayeron en tierra fértil”. Esposa, dos hijos y una pujante empresa industrial terminaron de construir el feliz cuadro. ¿Acaso le faltaba algo? “En el año ’63 mi cuñado me invitó a conocer este lugar, a los pocos meses la traje a mi esposa de vacaciones y los dos nos enamoramos de la Villa. No volvimos a Buenos Aires hasta haber comprado un pequeño lote de tierra, donde hoy tenemos nuestra casa, La Serrana. Nuestras visitas eran cada vez más frecuentes hasta que en el año ‘70 decidí comenzar a construir el hotel e instalarme definitivamente”.
Como un símbolo de la apuesta realizada, estampó en su obra el nombre de un emblema alpino, el edelweiss: “En Europa, en la zona de los Alpes - parte de Alemania, Suiza y Hungría - se encuentra una flor llamada edelweiss, que significa estrella alpina. Es la flor más codiciada de todas ya que es muy difícil de conseguir, crece en lugares inaccesibles, arriba de los dos mil metros de altura y siempre pegada a la roca. Por eso el ofrecimiento mayor de un enamorado a su amada es regalarle una de estas flores. Es un gran acto de amor, hay hermosas canciones contando que el muchacho sale y no regresa, y al día siguiente lo encuentran caído sobre la roca, con su mano ensangrentada aferrando el edelweiss. Tiene un significado muy profundo. Por eso los andinistas, inclusive las tropas de la montaña lo llevan como insignia”.
Ejecutor nato, en el año ’76 creó la Asociación Hotelera Gastronómica del Valle de Calamuchita, fue miembro del Concejo Deliberante de la ciudad y desde hace muchos años integra la Comisión Municipal organizadora de la Fiesta de la Cerveza siendo el encargado del contacto con las bandas alemanas que la visitan anualmente.
Una fuente de historia viva
Diego Dardo Arguello - don Quirquincho - ostenta hoy lúcidos ochenta y seis años y no hay nombre, paraje, situación o anécdota que no recuerde. Es un pedazo de la historia viva del lugar. Sus invalorables recuerdos traen el sabor de lo visto y palpado, poseen la sabiduría de lo simple y la dicha de un tiempo donde el sol se reflejaba porfiado en los montes vírgenes: “Llegué junto a un suizo alemán, Lucas Helzemeg, que se ocupaba de hacer baños medicinales anti-reumáticos con hierbas de la zona. Yo era un chango travieso, andariego y colaboraba con él en la recolección de yuyos. Así conocí estos lugares y me quedé enamorado de ellos, tanto que a los dieciocho años me vine definitivamente a este pueblo”.
Los recuerdos lo llevan lejos, hasta los años fundacionales: “donde hoy está la confitería Los Pinos, había una posta, sus paredes de adobe todavía persisten. Allí llegaban los coyas que iban arreando mulas y bueyes desde Buenos Aires hasta Salta para trabajar en las empresas mineras. Don Justiniano Sánchez, el dueño, tenía alfalfares con los que mantenía las tropillas y caballos para charquis, esos que viajaban rápido. Llegaban también las carretas que traían mercaderías de almacén”.
Resuenan vivazmente en su memoria los datos del pasado: “En 1929, Don Federico Heintze se enamoró del lugar y se hizo edificar una casa a la entrada de la quebrada hacia el Pozo Verde. Bautizó el Cerro Mirador con ese nombre porque cuando lo escalaba, dominaba desde allí con su largavistas toda la planicie hasta llegar a la otra sierra”.
El presente lo encuentra activo, cordial y con ganas de transmitir sus vivencias: “Todavía me sigo reuniendo todos los martes con los dos únicos marineros vivos del Graf Speef en el Ciervo Rojo”. Y nos despide con la rúbrica adecuada para seguir construyendo su leyenda: “Son cosas que puedo contar porque las he visto”.
El Ciervo Rojo
Federico Seyfarth, el dueño de “El Ciervo Rojo” pertenece a una de las familias más emblemáticas de Villa General Belgrano. Su padre, Fritz Seyfarth, llegó al lugar en el año 1938. En el ’42 ya había instalado un negocio de papelería, fotografía y artículos regionales que aún subsiste: Los 7 Enanos, nombre sugerido por la numerosa prole de la familia, siete varones y una sola mujer. Hoy lo lleva adelante el menor de los hijos, Ramón Seyfarth, aquel que pasó a formar parte de la historia del lugar cuando el presidente Ramón H. Del Castillo, llegó hasta allí para imponer el nombre definitivo de la Villa en desagravio al símbolo patrio injustamente manchado, y se convirtió en su padrino de bautismo. Otro de sus hermanos, Juan Seyfarth, fue el encargado de recuperar un importante espacio del pueblo: El Viejo Munich. Uno de sus antiguos dueños había cambiado completamente su fisonomía “disfrazando de gaucho a un caballero alemán”, como dijera don Quirquincho. Pero Juan, que lo compró en 1964, volvió a darle el toque de identidad centroeuropeo, otorgándole el brillo que lo sigue destacando hasta el día de hoy.
Federico es el mayor de los hijos de don Fritz y regresó a la Villa en los ’60 luego de deambular por varios lugares del país. El mismo va uniendo los retazos de su propia historia: “cuando mi hermano compró el restaurante Viejo Munich, yo también quise iniciar algo y puse un ranchito sobre un terreno ajeno, recién en el ’70 pude comprar un terreno y comenzar una edificación. Le puse El Ciervo Rojo porque de chico en el colegio siempre dibujaba ciervos, no sé porqué, era mi motivo preferido”. En esa época los únicos bares eran el Rancho Viejo y el Viejo Munich, y a Federico se le ocurrió una estrategia interesante para destacar su local: “Ottilia me ofreció hacer tortas para vender acá, le dije que sí y fuimos los primeros en ofrecerlas. Hoy después de cuarenta años estoy haciendo además mi propia cerveza que envaso en barriles. Todo lo hacemos nosotros: cerveza, tortas, chucrut...”.
Por otra parte, el nombre de Federico Seyfarth está indisolublemente unido a otra de las tradiciones de la Villa: la Fiesta de la Masa Vienesa: “fui el inventor de la fiesta pero lo busqué a Pepe Favot porque yo sólo no podía. Juntos fuimos a ver a Ottilia y ella dijo ‘yo los apoyo’. La idea surgió para atraer más al turismo, la gente ya venía en Pascua, pero con el atractivo de esta fiesta era más interesante. Para mí es la mejor que tenemos, es la fiesta más selecta”.
El espichador oficial
Por más de veinte años, José Jorge Seibert, fue el espichador oficial de la Fiesta de la Cerveza. Nacido en Buenos Aires, llegó a la Villa en los años ’70. Siendo de ascendencia alemana no le resultó difícil integrarse a la comunidad, en apenas tres años comenzó a participar de la comisión organizadora de las fiestas de la cerveza y de la masa vienesa: “esas fiestas eran del pueblo, para el pueblo – recuerda - las mujeres hacían las comidas, los hombres la parrilla y había stands de venta de cerveza. El Centro de Comercio se ocupaba de organizarlas; en el ’73, cuando empecé, era el segundo o tercer año que se hacía la Fiesta de la Masa Vienesa. Ahora todas crecieron mucho y se agregaron otras, como la Fiesta del Chocolate Alpino y la del Huésped. Esta última se hace el fin de semana largo del 17 de agosto, organizada por la Asociación Hotelera que encontró así una manera de agasajar a los turistas con regalos, bonos, sorteos. En todas las fiestas se realizan bailes tradicionales, participan grupos de gauchos, alemanes, suizos, italianos y españoles. También le damos un espacio importante a nuestros coros, el alemán ya cumple cincuenta y seis años, y la colectividad italiana ahora también está armando uno”.
Nuestra curiosidad queda satisfecha cuando le preguntamos: ¿hay alguna estrategia especial para un buen espiche? “No, nada particular, se usa una canilla de madera que se ensarta al barril con una masa, el tema es hacerlo de tal forma que salpique lo más posible”.
Alguien siempre presente: Ottilia
El nombre de Ottilia Schwab sobrevuela todas las memorias. Cuando se habla de las fiestas, de los primeros desfiles, de las personas que han sido y son referentes de la comunidad, surge espontáneo su recuerdo. Hoy tiene ochenta y seis años y su salud ya no le permite estar en primera fila, pero su hijo, Fernando Schörnig, se encarga de actualizar su presencia: “Mi abuelo vino en el año ’32, mi mamá tenía 13 años, compraron una parcela de seis hectáreas, empezaron a ver que se podía hacer, decidieron transformar su casa en pensión. Cuando mis abuelos fallecieron mi mamá empezó a hacer tortas, eso fue más o menos por el año ’64, la misma gente le pedía que pusiera unas mesas... y así nació la confitería”. A pesar de que el negocio tuvo luego diferentes dueños, quiso el destino que hoy Fernando esté nuevamente a cargo de la preparación de las tortas más famosas de la Villa. Pero ¿seguirá respetando las recetas de la mamá? “¡Sí! – dice con énfasis – son las mismas, las mismas. Mi mamá fue la primera a la que se le ocurrió hacer fondue por ejemplo, de queso, de chocolate, de carne, de pescado, de todo... Les cuento una anécdota: cuando comenzó a hacer el postre llamado ‘Selva Negra’ usaba la receta original de Alemania, con especias, nuez picada y guindas, que son bastante ácidas, y la crema sin azúcar. No iba bien para el gusto argentino. Cuando vino mi tío de visita le dijo ‘tenés que hacer la crema más dulce’, y así empezó a funcionar”. Recetas, postres y delicias que poco a poco ganaron los paladares y el corazón de la gente: “lo que más gusta es la Selva Negra, el Strudel, y la Crema de Ricotta al Limón, postre creado por mi madre”.
Las historias se acumulan, siguen y siguen, parecen no tener fin. Historias de pioneros armadas con tesón y creatividad, historias de armonías y caídas, de festejos comunitarios, historias abiertas, sin finales, historias que llegan al corazón. No es posible despegarse de su influjo. La Villa sonríe en medio de las sierras cordobesas, y nos espera...
44º edición de la Fiesta Nacional de la Cerveza
Del 5 al 15 de Octubre de 2007 se desarrollará en Villa General Belgrano la 44º Oktoberfest Argentina que contará con la presencia de la Asociación Argentina de Gaiteros Escoceses, el grupo Prosvita ( ballet Ucraniano ) y las colectividades alemanas y suizas del país. Con motivo de los festejos por los 75 años del pueblo, participará además una banda de música llegada especialmente desde Alemania.
Estarán presentes nueve cervecerías artesanales, además de las principales marcas industriales, tales como Isenbeck, Warsteiner, Brahma y Quilmes. Como ya es tradición, durante esos días se procederá a la elección de la Reina Nacional de la Cerveza.