Texto: Ricardo Caletti

BUCEO EN EL LAGO LACAR
Así en el agua como en la tierra.

El buceo en el Lácar abre un mundo formidable que vive bajo la superficie del lago. La belleza del paisaje de San Martín de los Andes se prolonga debajo del agua con los códigos propios de la cordillera patagónica.

El lago Lácar es azul, gris, verde. El color de la superficie depende de lo que refleje el instante: el cielo, las nubes, los bosques de las laderas que caen a las aguas. En la cabecera oriental forma una cubeta y allí brilla San Martín de los Andes, el pequeño pueblo mágico del sur de la cordillera del Neuquén. En su cabecera opuesta, el Lácar se vuelca sobre otro lago: el Nonthué, y éste emite el río Hua Hum que cruza la cordillera llevando las aguas de toda esta cuenca hacia el océano Pacífico a través de un complicado sistema de ríos y lagos en la vertiente chilena de Los Andes.

Como cada lago, el Lácar tiene una personalidad propia. Intimista en sus bahías rodeadas de arrayanes, robles pellín y coihues. Fuerte en su sector medio en donde a veces el viento levanta un fuerte oleaje. Es el lago más cálido de la zona debido al tiempo en el que el agua reside en la cuenca expuesta a la radiación solar, y a la relativamente baja altitud: seiscientos cuarenta y dos metros sobre el nivel del mar. En los veranos la temperatura del agua alcanza los diecinueve grados, y en algunas bahías y caletas, llega a los veintiún grados. “Estas características convierten al Lácar en un sitio excepcional para la práctica de todo tipo de actividades, y en particular el buceo”, indicó Ricardo Prono, conocido en la región como “Ardilla”, el buzo habilitado por la Prefectura y Parques Nacionales como prestador de servicios dentro del Parque Nacional Lanín, quien dicta cursos en todos los niveles desde 1984.

“Dentro del lago Lácar encontramos atractivos magníficos a diferente profundidad: paredes de roca, bajofondos, islas, fondos rocosos, naufragios y gran diversidad de especies de flora y de fauna para disfrutar. La visibilidad llega a los veinticinco metros”, acotó Prono mientras acomodaba en su lancha tanques, reguladores, chalecos y trajes adecuados para la zona.

Verónica Bordón, una hermosa mujer que es buzo profesional de la Prefectura y experta en este tipo de inmersiones, también subió a bordo. “El buceo de montaña tiene un espíritu diferente al de cota cero, o al del nivel del mar. Resulta deslumbrante, y más aún entre rocas brillantes, misteriosos escoriales volcánicos, praderas subacuáticas, cristales de cuarzo, añejos troncos sumergidos, o el destello de luces de las crías de las truchas sorprendidas por nuestra presencia. La transparencia del agua es extraordinaria y la luz se difunde de una manera particularísima. Es una inmersión en el asombro”, afirmó mientras verificaba los reguladores de los tanques.

A los pocos minutos, la lancha – con un entusiasta grupo a bordo - fue cortando las aguas mansas del Lácar. El objetivo era encontrar el naufragio de una chata maderera, cuyos restos se ubican a sólo mil metros del puerto de San Martín de los Andes. Ya sobre el punto donde está hundida la barcaza “Pirihueico”, fue creciendo la emoción por quebrar esa barrera que nos separa del mundo mágico y casi desconocido que se encuentra en la intimidad profunda del lago. El chapuzón desde la lancha rompió los reflejos de la superficie, y un mundo de silencio, ingravidez y brillos de rocas, invadió los sentidos. Las paredes del lugar generaban formas que atraían como si contuvieran una belleza magnética. Y a sólo cuatro metros de la superficie apareció la proa del Pirihueico. El resto de la barcaza se fue descubriendo de a poco durante el descenso hasta los diecisiete metros, ya que el casco está apoyado en forma casi perpendicular, acompañando el relieve debajo del agua. Parece no haber nada más mágico que un naufragio en esos momentos de asombro, y la comunicación por gestos entre los miembros del grupo se agudiza. Algunas truchas arco iris zigzagueaban cerca.

Este es apenas uno de los atractivos que proporciona el buceo en el Lácar. “En Yuco, la playa que está a quince kilómetros de San Martín de los Andes en la margen norte del lago, buceamos en las bahías chicas de aguas calmas. Ahí hay paredones y piedras muy grandes que forman escalones de ocho a diez metros cada uno por los que se puede bajar hasta los cuarenta metros. Es un lugar paradisíaco donde están además, los restos de un viejo muelle”, señaló Ricardo Prono. Justo enfrente de Yuco, en la margen sur del lago, el cerro Vizcacha con sus paredes verticales de roca cayendo al agua, incita a otro tipo de experiencia. “Son imponentes paredes subacuáticas que repiten el dibujo de lo que se ve en la superficie. Allí hay cuevas a las que podemos asomarnos. El punto está en uno de los sitios de mayor profundidad del Lácar”, describió el experto.

Junto a los murallones del Cerro Abanico, sobre la margen sur del lago, la experiencia es similar, en tanto que en la isla Santa Teresita y en Chachín - este último punto en el lago Nonthué - se pueden observar, fondos arenosos o de acantilados rocosos poblados de langostas, cangrejos y mejillones, además de la flora subacuática más diversa. En La Islita, a sólo cuatro kilómetros del puerto de San Martín de los Andes, o en la playa de Catritre, a cinco kilómetros, las condiciones para bucear resultan ideales, especialmente para los bautismos subacuáticos.

Entretanto, Verónica Bordón confesó sus preferencias por otros rincones maravillosos del Lácar: “Me resulta fascinante partir desde la paya del camping del Lago Nonthué, donde hay una bahía con muros que nos hacen sentir contenidos. Después descendemos por un área cubierta de algas que parece de césped, y alcanzamos el fondo a los veintidós metros, allí hay muchos troncos con formas insólitas. De ahí tomamos al este hacia la angostura de los lagos Lácar y el Nonthué, donde se ven restos de antiguas embarcaciones, piedras de todos los colores, cristales, fondos arenosos y muchísimos pececitos. Otro sitio que me encanta es Ruca Ñire, porque hay playas de arena y pequeñas islas. Y el buceo de pared en el Cerro Abanico atrapa definitivamente. En este punto a sólo seis kilómetros de San Martín de los Andes se ha registrado una profundidad de doscientos setenta y siete metros. Uno va bajando por esa pendiente en la que parece hubieran tallado una musculatura de gigante, mira para abajo, y nunca ve el final”. Evidentemente la pasión acompaña a quienes tienen la responsabilidad de guiar este tipo de experiencia.

Ricardo Prono indicó finalmente: “Nosotros buceamos todo el año, no sólo en el verano. En invierno la temperatura del agua ronda entre los ocho y diez grados, y contamos con trajes especiales para este tipo de inmersión. Salir del interior del Lácar y reencontrarse con los bosques y las laderas nevadas resulta un impacto adicional para los sentidos”.

El setenta y cinco por ciento de nuestro planeta es agua. Por eso desde el espacio se ve azul. Tal vez, en lugar de Tierra debería llamarse “Planeta Agua”. En nuestro cuerpo, la proporción de agua es idéntica. Pero como mamíferos terrestres que somos, el territorio acuático nos resulta ajeno. Bucear en el Lácar es sumergirse en nuestra propia índole como especie, rodeado de la transparencia magnífica de una de las joyas lacustres de la cordillera. Sin dudas, la maravilla paisajística del Parque Nacional Lanín, se prolonga debajo de las aguas. Un universo formidable que nos invita a formar parte de él.





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