Texto y Fotos: Silvia Mármori
ALMAS

¿Se puede “sacar” un alma? Ni siquiera sabía bien cómo expresarlo, ya que el verbo correcto, fotografiar, casi nunca es usado. Pensé decirlo con todos los sinónimos... ¿Cómo describir la curiosa sensación de “robar” ese instante? Pero a la vez, ¡cómo no intentar congelar ese segundo en una imagen!

Tiempo atrás, una frase del escritor C S Lewis me conmovió profundamente: “Uno no tiene un alma, uno es un alma. Uno tiene un cuerpo.” Esa definición sobre el ser y el tener, me llevó a tratar de ver, de descubrir a través de la lente de mi cámara, cuán diferentes eran esas almas que yo quería sacar, en diversas culturas, idiosincrasias, entornos... circunstancias. Presentía lo que iba a encontrar... ¡pero debía confirmarlo!
Comencé por el norte de África, por el Magreb. Marruecos, con casi total preponderancia árabe-bereber, pero con influencia de la colonización francesa.
Recorría las calles de Marrakesh cuando lo vi venir... caminaba a través de luz y ocres, de verdes plantas y arcadas. No con una mula, sino con una bicicleta y llevaba en ella lo que había comprado en el mercado cercano. Pero lo imaginé también acarreando sus sueños, sus esperanzas. Capturé su alma en la foto, pero él entibió la mía con la cálida sonrisa que me regaló al pasar. (Foto Nº 1)
Continué mi camino y encontré a dos mujeres, compartiendo algo más que una charla. El instante, la luz y la sombra, me hicieron pensar en extremos que no pertenecían sólo a este lugar, en la vida y en la muerte, las palabras y el silencio, el amor y la indiferencia. (foto Nº 2)
Tal vez era hora de saltar a otro país cercano, Egipto, cuna del Premio Nobel de Literatura Naguib Mahfouz, quien se definió así: “Soy el hijo de dos civilizaciones, islámica y faraónica, que en un cierto momento de la historia formalizaron un matrimonio feliz”. Ávida de encontrar el alma de esa unión, me detuve a la vera del Nilo en Luxor y retraté a estos hombres. Inmediatamente recordé una frase de un mítico relato del Libro de Toth encontrado, según leí, en Menfis. No sé con exactitud si este compendio de conjuros y conocimientos realmente existió, pero la frase: “El universo es cambio, cada cambio es un acto de amor; todos los actos de amor contienen pura alegría”, definió este instante robado de sus almas. (Foto Nº 3)
Caminé por las calles de El Cairo, me topé con una mujer que me impresionó… su andar, su rostro... mientras tomaba la foto, recordé las palabras de la madre Teresa: “Hay más hambre en el mundo por amor y por ser apreciado, que por pan.” (foto Nº 4)
A este punto ya me parecía que ese ser del alma compartía cosas más allá de las idiosincrasias, de las culturas... Pero quería estar segura, soy obstinada... seguí.
Crucé a Grecia. En Atenas me acerqué a este hombre. Su alma traspasó la mía profundamente. Su actitud… ¿Observaba el reloj o se sentía abatido por el tiempo? ¿Recordaba el pasado o sólo pensaba en el futuro restante?
No era yo la persona indicada para encontrar la respuesta, pero sí estaba resuelta a reflejarlo en una imagen. (foto Nº 5)
Llegué a Santorini. Buscaba un lugarcito a la sombra para descansar del sol cuando lo vi. El hombre estaba sentado allí, sobre una gruesa pared, mirando la lejanía. No pude calcular su edad, tampoco saber de dónde venía pero me impactó y traté de plasmar ese sentimiento en una foto. Sin embargo, cuando me acerqué y observé sus ojos, su rostro... parecía una estatua, inmóvil. Traté de ver a través de su dura piel, traté de encontrar su alma subyacente. (foto Nº 6)
Me fui. Sabía que más tarde la imagen me daría lo que buscaba.
De allí, a la naturaleza en los bosques de Viena.
Me detuve cuando la vi. Elegante, bajaba por el senderito, ayudada con el bastón pero sin dudar ni un momento. La fotografié, traté de descubrir por qué me atraía tanto. Tal vez porque deberíamos no sólo circular por las avenidas, las autopistas y los caminos principales sino también dejar que nuestra alma descubra la belleza oculta en las callecitas, los senderos, los caminos secundarios. Tal vez me había atraído la decisión con la cual dificultosamente bajaba. Quizás como dando un paso a la eternidad. (foto Nº 7)
Esa eternidad también palpable en la ciudad misma, Viena. Historia, música y un extraño, agitado, mar de adoquines. ¿Un truco visual? No, sólo la inmensa creatividad y el alma del arquitecto y artista Hundertwasser. Cuando vi a esta adorable señora, lista para atravesar el pétreo oleaje, en el cual yo había ya resbalado unas cuantas veces, no pude evitar capturarla. Con una sonrisa contagiosa, que no la abandonó mientras con pasos cortitos desafiaba las ondas, se alejó de mi vista, pero no de mi corazón. (foto Nº 8)
Más tarde encontré a esta pareja, cruzando el Puente de los Leones. Una hermosa estructura y un poderoso medio de conectar dos ciudades, no sólo unidas en el nombre, Budapest, sino por el infinito correr de un río lleno de historia y magia, el Danubio.
Sin embargo, en este instante robado, creo que el logro más importante del puente fue conectar dos almas, indiferentes a las maravillas que las rodeaban pero fundidas en una, disfrutando algo mucho más profundo. (foto Nº 9)
Ya era hora de concluir, de definir lo que quería, aún sabiendo íntimamente el resultado. Dónde sino en mi tierra... porque había buscado en distintos países a través de mi lente pero con mi mirada argentina.
Comencé por Salta. Era el 9 de Julio y un grupo numeroso de gauchos se preparaban para desfilar por las calles. Entre ellos me llamó la atención el benjamín, ataviado de gala y montando un hermoso caballo. Esa expresión seria, no asustada sino firme, como asumiendo la responsabilidad, me hizo recordar otros ojos. Azules eran aquellos y no había un caballo de por medio sino la música. Pertenecían al más pequeño de un grupo de gaiteros, en Escocia, en el patio del castillo de Edimburgo. Con su traje tradicional, firme y serio también, sonaba a libertad con sus notas… Almas de pequeños con la grandeza de la historia. (foto Nº 10)
De allí partí a Buenos Aires. La melancolía me llevó a La Boca. Caminé hasta encontrar esta figura en la colorida ventana. Sentí su soledad cuando la poesía del tango me ayudó a ponerme en su piel. Escuché la voz del gran Homero Manzi, susurrándole a Discépolo: “Te duele como propia la cicatriz ajena...” (foto Nº 11)
Tuve que dejarlo. Llegué a La Cumbrecita. El último sol de la tarde acariciaba a los cuatro que, a paso cansino, retornaban al hogar. Compartían el camino de regreso, la jornada de duro trabajo había finalizado. (foto Nº 12)
También mi búsqueda terminaba... finalmente había encontrado, no almas sino “el alma”. La misma que, más allá de ciudades, costumbres, infortunios, era igual en su esencia. En la determinación de una mujer al tomar un camino difícil, en la alegría o la búsqueda de amor, en la soledad, en los extremos y en los sueños, en una estatua o el andar de un caballo. El alma robada en una imagen, cantada por mil poetas en distintas lenguas y con los mismos significados. El alma que somos, aquella que percibimos en lo que nos rodea. El ser que nos hace humanos.




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