Texto y Fotos: Graciela Pereyra
EL PUEBLO URO EN PERU
LOS DUEÑOS DEL AGUA
Las culturas originarias de nuestra América nos asombran en forma permanente. Su historia es tan rica y variada que continuamente modifica los puntos de vista del visitante. Y para conocer a estos pueblos, nada mejor que emprender un viaje y vivir la experiencia en primera persona.
La ciudad de Cuzco constituye el centro de la cultura incaica y ofrece mil formas de sorprender al viajero: su riqueza arquitectónica, el patrimonio histórico que nos remite a episodios ocurridos cientos de años atrás, sus artistas y artesanos, el descubrimiento del sitio exacto donde fuera ejecutado Tupac Amaru en la Plaza de Armas en el año 1781.
Al mirar a lo alto vemos el magnífico cuadro de ocres de los antiguos tejados, los muros de piedra levantados por los incas, las callecitas con recodos y marcada pendiente que son una invitación constante a recorrerlas. La ciudad toda es un convite al asombro y a la maravilla.
Había leído sobre un pueblo que, siendo originario de la zona andina, sin embargo vive en islas artificiales que ellos mismos construyen en las aguas del Lago Titicaca y sentí una enorme curiosidad por conocerlos. Partiendo desde Cuzco, me dispuse a transitar las seis horas de viaje hasta Puno, cuna de la civilización incaica, ubicada a orillas del Titicaca, el segundo lago más grande de Sudamérica con ocho mil cuatrocientos kilómetros cuadrados de superficie, y el más alto del mundo, ya que está ubicado a tres mil ochocientos metros sobre el nivel del mar. Cuenta la leyenda que de sus aguas emergió Manco Capac, el primer Inca, para cumplir el mandato del Dios Sol y fundar un imperio.
Apenas llegada a la estación de ómnibus nos abordaron los oferentes de excursiones a las islas (nuestras mochilas de turistas nos delataban). Una recomendación es no optar de inmediato y estudiar atentamente precios y servicios. Una vez decidida la compra del ticket, si queda tiempo antes de la partida, lo mejor es dar una vuelta por la ciudad, y conocer sus características. Algo que me asombró es que, contrariamente a lo que tenemos por costumbre en nuestras ciudades, allá no se ofrecen las casas en venta sino que se informa mediante carteles cuales no lo están. Una curiosidad, entre muchas otras, que quedó registrada en imágenes. El frío intenso obligaba a buscar casi son desesperación los primeros rayos del sol que, cuando comienza a alumbrar, proporciona un bienestar creciente y obliga a ir despojándose de abrigo. Bienvenido sea.
Por fin, partimos a bordo de una lancha repleta de turistas. La primera sorpresa que nos deparó el viaje fue la presencia de un manto verde brillante, increíblemente compacto, que cubría la superficie de las aguas. Eran algas, producto de la contaminación en las costas de la ciudad. A los veinte minutos de navegación un cartel nos informó que habíamos penetrado en la Reserva Comunal Nativa Uros del Titicaca. Pequeños patos acompañaban nuestro recorrido y, de inmediato, comenzamos a divisar las clásicas embarcaciones construidas con totoras, el material vegetal con el cual realizan naves e islas, ahora sí, sobre aguas limpias.
Estas islas no constituyen típicos accidentes geográficos, sino que han sido construidas por ellos mismos y son permanentemente mantenidas para que continúen a flote. Este es uno de los aspectos que se encargan de enseñarnos en el primer punto que visitamos. Allí fuimos testigos de una clase teórico-práctica en la cual nos explicaron detalladamente cómo están conformadas esta suerte de enormes balsas o islas que tienen un espesor de casi dos metros. Se podría decir que son “icebergs vegetales”.
También las viviendas están hechas con totoras y en la visita, que duró una hora aproximadamente, pudimos compartir algunos instantes con sus habitantes, gente amable y dispuesta a recibirnos. Los Uros han entendido muy bien que su principal medio de vida es el turismo, por lo tanto, enseguida nos ofrecieron sus trabajos artesanales, sorprendentes y bellos. Entre ellos encontramos réplicas de las embarcaciones de totora confeccionadas con minuciosidad y precisión, y también tapices bordados que las cholas realizan sin diseño previo, reproduciendo escenas de la vida cotidiana, animales propios de las islas y ceremonias rituales. Son cuadros coloridos, alegres y de una prolijidad fantástica, confeccionados por las mujeres sentadas sobre el piso de totora, al sol, ajenas al bullicio de alrededor, bordando sus telas. Con sus polleras anchas, su típico bombín y las mantas que las protegen del frío, constituyen una imagen casi religiosa. Los niños perseguían gaviotas y jugueteaban en los alrededores. En tanto, los hombres reparaban sus redes de pesca o confeccionaban canastos. En un rincón, una típica cocina a leña, de cerámica y con dos hornacinas, permitía cocinar los alimentos del día. Nos surgió una curiosidad típica de ignorantes visitantes: ¿las brasas sobre el piso de totora no producirán peligro de incendio? Todo tiene un delicado equilibrio en esta comunidad, todo parece estar en riesgo permanente y sin embargo, ellos han logrado sobrevivir así desde hace más de trescientos años.
El siguiente traslado, para nuestra alegría, se produjo en una de sus típicas embarcaciones de totora, un enorme bote que puede transportar a unas treinta personas sin dificultad. El botero lo conducía al estilo de los gondoleros venecianos, sin demasiado esfuerzo, y la travesía resultó deliciosa, serena y sin sonidos que interrumpan el mágico momento. Sólo se escuchaba el mínimo sonido de las cámaras de fotos. Los pasajeros permanecimos en un silencio profundo, cada uno sumido en sus propias reflexiones, gozando la posibilidad de utilizar un medio de transporte que tiene cientos de años y sigue vigente. El nuevo destino repitió sensaciones: gente amable, oferta de artesanías, gaviotas e ibis que merodeaban las chozas de totora, niños que asomaban sus caritas curtidas por el sol y el frío.
Llegó el momento de partir y la sorpresa nos llenó de emoción porque un grupo de cholitas, paradas en fila en la orilla de la isla, entonaron en su dialecto una canción de despedida y agitaron sus manos en señal de adiós. Parecía una pintura naif, las damas uros con sus sombreros, sus largas trenzas renegridas, las polleras y sus mantas de colores.
No había una despedida mejor. Agradecimos con palabras que no alcanzaban a expresarlo todo, y saludamos con nuestras manos sin poder quitar los ojos de aquella imagen, hasta que la distancia poco a poco la fue borrando…
Un refugio insospechado
El origen de este pueblo se perdió en los laberintos de la historia, pero se presume que descienden de los Pukinas, una de las comunidades más antiguas de América. En la actualidad habitan un archipiélago de cuarenta islas flotantes localizado a seis kilómetros del puerto de Puno.
Un dato más que curioso es conocer cómo esta comunidad andina terminó viviendo en el lago. Llegaron hasta allí en un intento por escapar de la persecución de los Incas que los echaron de sus dominios arrinconándolos en las orillas del Lago Poopó, en Desaguadero. Allí habitaron en zonas de totorales, en las cercanías de Puno. Más tarde, la llegada del conquistador y la exigencia del pago de tributo terminó de definir su confinamiento en las frías aguas del Titicaca. En 1618 hubo un levantamiento en Uchusuma y Desaguadero. Los españoles masacraron a casi toda la tribu pero los que lograron escapar se internaron en el lago a bordo de sus embarcaciones y nunca más regresaron a tierra. Fueron ensanchando sus botes hasta convertirlos primero en balsas y luego en islas. Allí habitan desde entonces. En la actualidad la etnia se ha mezclado con quechuas y aymarás, estimándose que los integrantes de esta comunidad suman un número de mil ochocientos. Hoy están en riesgo de extinción ya que los jóvenes prefieren ir a tierra firme, tanto por estudio como por trabajo y difícilmente regresan. El gobierno de Perú ha establecido distintas acciones para custodiarlos y protegerlos, como por ejemplo proveerles paneles de energía solar.