Texto y fotos: Silvia Mármori
LA BOCA
EL COLOR DEL TANGO.
Buenos Aires nació a orillas del Río de la Plata. En su puerto, en la boca de ese río, creció un barrio muy especial. A fines del Siglo XIX y principios del XX llegaron inmigrantes en busca de mejores oportunidades; encontraron una nueva Patria pero también hallaron pobreza y hambre. El dolor del desarraigo se escondió en los colores fuertes, intensos de sus nuevos hogares. Y en sus calles, que serpentean junto a las marrones aguas del río, se creó una nueva música: el tango.
La Boca aún persiste en su espíritu atrevido y nostálgico, sus casas resisten al tiempo, manteniéndose en pié y habitadas. Las paredes expresan el alma de su gente, llena de vida y esperanzas. Decidí caminar a lo largo de sus calles y recordé que los colores tienen una razón. El puerto está cerca, y allí estaban los astilleros donde los barcos eran reparados. Los obreros llevaban a sus hogares los restos de pintura, las sobras. Así, poco a poco, sus humildes casas tomaron esa apariencia luminosa, rebelde.
Me encantó una puerta muy colorida, se abrió... y entré. Después de atravesar un corredor lleno de plantas y colores, llegué a un soleado patio y escuché una melodía. Una sombra me tomó de la mano, me hizo sentar en una vieja silla, y comenzó a susurrarme las palabras que había escrito para su amada: “Acaricia mi ensueño/ el suave murmullo / de tu suspirar./ Como ríe la vida/ si tus ojos negros / me quieren mirar./ La noche que me quieras/ desde el azul del cielo,/ las estrellas celosas/ nos mirarán pasar./ Y un rayo misterioso/ hará nido en tu pelo,/ luciérnaga curiosa/ que verá que eres / mi consuelo”.
Seguí, otra casa llamó mi atención. Detrás de sus vidrios detecté rostros curtidos, que miraban con determinación. Inmigrantes decididos a encontrar una nueva vida a costa de luchar contra cualquier adversidad. Luego, mis ojos se posaron en otra ventana, graciosa, colorida y con un esqueleto asomando. Enseguida vinieron a mi mente los célebres versos discepolianos: “Igual que en la vidriera irrespetuosa/ de los cambalaches/ se ha mezclao la vida/ y herida por un sable sin remache/ ves llorar la Biblia/ contra un calefón”. Pero también, más seriamente me acordé de otros versos: “Moriré en Buenos Aires, será de madrugada/ que es la hora en que mueren los que saben morir/ Flotará en mi silencio la mufa perfumada/ de aquel verso que nunca yo te supe decir”.
Con el alma enternecida entré a un café, me pareció escuchar las estrofas de una canción: "Lo nuestro terminó/ dijiste en un adiós/ de azúcar y de hiel.../ Lo mismo que el café,/ que el amor, que el olvido,/ que el vértigo final/ de un rencor sin por qué...”.
Seguí mi caminata y me encontré con uno de los símbolos del tango: el farol, mudo testigo de lo que fue y lo que es, de prohibidos encuentros y luchas con cuchillos: “Un arrabal con casas/ que reflejan su color de lata/ un arrabal humano/ con leyendas que se cantan como tangos/ un arrabal obrero/ una esquina de recuerdos y un farol…”.
Me acerqué a un banco y vi a tres “tipos”, me acordé del tango Ciruja: “Frente a frente dando muestra de coraje/ los dos guapos se trenzaron en el bajo,/ y el Ciruja, que era listo para el tajo,/ al cafiolo le cobró caro su amor./ Hoy ya libre 'e la gayola y sin la mina,/ campaneando un cacho 'e sol en la vereda,/ piensa un rato en el amor de la quemera/ y solloza en su dolor”.
Más tarde entré a una casa enorme, una galería a cielo abierto, muchas habitaciones pequeñas, en cada una de ellas vivía una familia. Desde una de sus ventanas pude tomar una imagen general de La Boca con el típico Riachuelo: “Turbio fondeadero donde van a recalar / barcos que en el muelle para siempre han de quedar/ Sombras que se alargan en la noche del dolor/ náufragos del mundo que han perdido el corazón/ Torvo cementerio de las naves que al morir sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir”.
De pronto vi un viejo almacén y depósito, parecía vacío, pero me detuve al ver el mascarón de proa sobre su techo. Me imaginé todos los puertos, todas las penas y alegrías, todos los dolores y esperanzas... me di cuenta de que el tango tiene versos para definir a cada sentimiento: “Canta el paraíso y el infierno en la ciudad/ canta de los parias, de la hambruna y de la fe/ canta a la gilada del que puede y nunca da/ canta a la gauchada del hermano en buena ley”.
Así, llegué al final de esta visita a La Boca. Amor y odio, sueños inconclusos y nuevas esperanzas, pobreza y trabajo duro, melancolía y dolor. Sin embargo la pasión está siempre allí, desbordando el cauce de la vida, asomada desde el tango y los amores de la gente: “Uno busca lleno de esperanzas/ el camino que los sueños/ prometieron a sus ansias./ Sabe que la lucha es cruel y es mucha/ pero lucha y se desangra/ por la fe que lo empecina…”.