Texto- Entrevista: editorial
Fotos: Ignacio Gutiérrez Zaldívar, gentileza Juan Lascano y Willy Donzelli
JUAN LASCANO
EL MISTERIOSO JUEGO DE LA LUZ
San Cristóbal Seguros Generales en su aporte a la cultura, acercó a la ciudad de Rosario la obra y la presencia de un pintor excepcional: Juan Lascano. Una clase magistral del artista reveló los secretos de su pintura, destacando el movimiento de la luz, que configura la esencia de su oficio. Ignacio Gutiérrez Zaldívar, su marchand y amigo expresa: “Juan Lascano no pinta objetos, frutos o vidrios, sino que refleja el misterioso juego de la luz sobre los mismos. Hoy en la ciudad del que fuera el mayor realista de nuestro arte, el querido Antonio Berni, es una gran alegría presentar la obra de este artista genial, que nos conmueve con su capacidad de captar la esencia de la luz, la armonía y la belleza”.
Juan Lascano nació en La Plata hace sesenta y dos años. Frecuentó varios talleres de pintura buscando “al gran maestro”, pero no lo encontró, por ello se considera un autodidacta. Ha viajado mucho, es un hombre de la cultura y conocedor de los secretos del arte y la historia de la pintura. Actualmente reside en la Patagonia, precisamente en Bariloche, donde el paisaje le brinda la calma que necesita para crear. Óleos y acuarelas surgen mágicamente de sus manos con un realismo asombroso, pero su máxima preocupación, según su marchand Ignacio Gutiérrez Zaldívar, “es plasmar la luz, ya sea sobre un cuerpo o una naturaleza muerta, es decir, manifestar el reflejo que ella produce sobre la imagen”. De los artistas clásicos admira al español Velázquez y de los contemporáneos a Sargent, Sorolla, Zorn, Claudio Bravo, Antonio López, y tantos otros. Una beca de estudios lo llevó a Madrid y allí, pasó largas horas en el Museo del Prado rodeado de las obras de Goya, Zurbarán, Velázquez, Murillo y el Greco. De regreso a la Argentina comprende que su pasión por pintar debía dejar de ser un hobby para transformarse en una profesión. El artista Raúl Rivera le enseñó a mezclar los colores, también tomó clases con los maestros Julio Moisés y el catalán Vicente Puig, aunque Lascano afirma que su mejor aprendizaje fue producto de las lecturas y la experimentación propia.
El arte de pintar desnudos ha sido siempre difícil pero pocos artistas han logrado tal maestría como Lascano. La fisonomía de los cuerpos, el manejo de los claroscuros, el color de la piel, son resueltos con singular habilidad. Los objetos transmiten un realismo casi fotográfico: la rugosidad de un canasto, el brillo de las frutas, la textura de los panes… Gratamente, el artista argentino Juan Lascano nos muestra a través de estas obras, cómo se logra la trascendencia.
E: Juan, luego de conocer su obra, confieso que me he transformado en su admiradora ¿cómo y cuándo comenzó su pasión por este arte?
JL: Con mi vida, así de simple. Yo empecé de muy chico, no tengo memoria de cuándo fue, siempre me veo a mí mismo con un pincel en la mano delineando historietas, animales. Dibujar y caminar casi fue lo mismo para mí.
E: Recién usted, mientras realizaba esta clase magistral de pintura, confesaba su admiración por Velázquez, uno de los grandes maestros universales. ¿Qué le interesó especialmente de su pintura?
JL: Velázquez es tal vez es el más puro de los pintores, nunca mezcló con su arte ni a la política, la crítica, elogios, religión. Era un auténtico pintor, su motivo era el arte puro de la pintura. Eso sumado a unas dotes técnicas descomunales, a un ojo finísimo; se dio un cóctel que lo hizo el más grande de todos para mí.
E: ¿Y algún otro maestro que haya influido en su pintura?
JL: Muchísimos, y a muy corta distancia: Rembrant, Tiziano, imposible olvidarse de ellos.
E: A mí me impresionó el manejo de la luz que realiza, y recién escuché que para usted resulta casi divertido dar esos últimos toques de luz con el pincel… ¿Cómo se logra? ¿Es disciplina, magia, es usted un autodidacta en el manejo de las luces y sombras?
JL: No hay un cómo, no estoy siguiendo un método pictórico… es mi forma de comunicar, no me gustaría decir “ojo” porque en realidad el ojo no es el que ve, sino el cerebro, es la combinación visión-mano, es una unidad. Cuando la mente del artista “ve” lo que hay que hacer y la mano lo realiza se produce una magia que no puedo explicar.
E: ¿Cuál es su máxima satisfacción, qué es lo que se propone conseguir en cada una de sus obras?
JL: No siempre es igual, si bien mi norte pictórico es el juego de la luz, como la luz nos muestra la realidad, entonces me da lo mismo pintar un cacharro, una mujer o una flor, lo importante es cómo la luz me muestra la cuestión física, ese pedazo de realidad. Mi mayor satisfacción es cuando logro aproximarme a aquello que veo. Mi ambición sería (no lo he logrado aún) poder mostrar con precisión, con potencia, la forma en que yo veo al mundo, me voy acercando pero es una larga carrera.
E: ¿Considera que sus obras se encuadran dentro del hiperrealismo?
JL: No me gustan las etiquetas, muchos dicen eso pero yo me considero un pintor realista clásico contemporáneo, lo cual es decir nada porque hay centenares de miles de pintores que están en lo mismo. Yo pienso que el arte habla por sí mismo y que no tenemos necesidad de estar poniéndolo en cajoncitos.
E: Sin embargo me impresiona el realismo de su obra, tan perfecta que parece casi una fotografía…
JL: Básicamente es tiempo dedicado y concentración, es decir uno tiene que poner su capacidad, su espíritu a disposición de eso que está pasando. Es muy difícil, con el curso de los años uno va arrimando la pelota al arco, pero es una tarea de toda la vida.
E: ¿Hoy logra vivir de su arte?
JL: Sí, he tenido mucha suerte, y esto no se relaciona con el talento. Hay pintores que ni merecen ese calificativo, que viven muy bien de su arte y otros muy talentosos que no lo logran, como le pasó a Van Gogh por ejemplo. La suerte en el comercio del arte no siempre va unida al talento. Tengo un excelentísimo marchand, Ignacio Gutiérrez Zaldívar de quien soy amigo y socio desde hace más de treinta años, y a la gente le gustan mis cuadros y los compra, eso es todo.
E: ¿Quién es su mejor cliente?
JL: Tengo muchos, menciono uno que ya no está: Bernardo Neustadt. Ha sido uno de esos clientes entusiastas, directos, sin vueltas.
E: En sus pinturas son notorias las imágenes de bodegones, usted recrea esos objetos simples realzándolos y otorgándoles una dimensión superior.
JL: Sí, atrapan mi atención los objetos sencillos, cotidianos, porque van adquiriendo con la luz una magia profunda y esencial que les otorga cualidades arquetípicas. De ahí mi pasión de siempre por el bodegón, ese conjunto de sobrios cacharros y paños blancos, que junto a panes y frutos me reclama largas horas de concentración.
E: Quiere decir que su única materia pendiente es aproximarse un poco más a reflejar la visión que posee de las cosas…
JL: Sí, por supuesto. El mundo me parece fascinante, inagotable. Simplemente quiero arrimarme un poco más a expresar eso que veo, esa es mi meta pictórica.
E: ¿Qué consejo le daría a un joven que quiera iniciarse en este mundo?
JL: Que vaya al estudio de un pintor para ver la “cocina” de las cosas y que trate siempre de trabajar del natural, la realidad es la verdadera maestra. No hay fotografía, película, nada que pueda suplantar el poderío de la realidad. Sé que mucha gente para aprender copia mis cuadros, creo que es un homenaje que no merezco y que tampoco merece el que lo está haciendo. Lo que tienen que hacer es poner delante un repollo y pintarlo, se les va a ir la vida en eso y eso es lo que vale.