Texto: Editorial
Fotos: Fernando Gutiérrez
AGÓ PAEZ
MANDALAS Y BARRO
Dice que el arte es como una varita mágica que conecta el alma con lo divino, y que los niños que nacen en este milenio poseen una sabiduría innata que los hace expresarse desde el corazón y el abrazo. Agó Páez, la artista uruguaya que se dedica a pintar mandalas, redobló la apuesta y este año inaugura una construcción de barro en forma de octógono destinada a presentaciones de libros, yoga, meditación, exposiciones, y otras actividades que expresen la búsqueda espiritual que la caracteriza desde que era una niña. En nuestra última visita a Punta del Este, con las magníficas vistas de Punta Ballena y el mar como fondo, se brindó a una charla cálida y sensible.
“Desde que era una niña sentí la conexión del arte con el espíritu”, reflexiona mientras nos muestra su más reciente obra: una construcción hecha de barro con forma octogonal y techo de cristal “porque de ese modo se concentra la energía y todo lo que ocurra acá adentro se potencia y se multiplica por mil”. “La idea es compartir esto con todos lo que estén en un camino espiritual para que seamos mejores personas”, agrega con una amplia sonrisa.
Una charla con Agó Páez siempre resulta una experiencia interesante donde se mezclan antiguos recuerdos junto a su padre, el artista uruguayo Carlos Páez Vilaró, las formas que asumen sus propias obras y los nuevos proyectos ligados a una visión de la vida que la impulsa a búsquedas intensas y conscientes. “Desde niña intuí que el arte tenía un sentido más profundo, no sólo el hecho decorativo, sino algo más profundo, algo que provoca estar mejor, confiesa. Por ejemplo, en el caso de los mandalas: los colores, las formas circulares ayudan a elevar la vibración del ambiente y nos hacen sentir muy bien. En cambio hay cuadros que pueden hacernos sentir muy mal, como aquellos que tienen una información de pánico, miedo, terror, o expresan algo desagradable”.
Su visión personal sobre el valor de una obra de arte trastoca los parámetros conocidos y no duda en afirmar: “El arte nuevo se enfoca en el corazón a través de la intuición. Ya el mundo ha dejado atrás el arte del ego, donde las obras tienen valor por la firma y no por su contenido. El arte es como una varita mágica. Los grandes maestros de la música -Mozart, Bach, Beethoven- fueron canales de algo divino y hasta hoy esa música nos ayuda a sentirnos bien. Esa es la idea, recuperar ese canal para unirnos a Dios, recuperar la divinidad, orientarnos hacia lo bueno y que se multiplique. Cuando encontramos a una persona que se enfoca en nuestro positivo nos hace ser mejores seres humanos, yo creo que el arte es eso, quiero que un mandala ayude a sacar lo mejor de la persona”.
En general, son los niños quienes demuestran mejor la pureza de los sentimientos. Amor, dolor, alegría, bondad, bronca, se reflejan en sus conductas con libertad e intensidad, sin que actúe todavía el filtro impuesto por la cultura. En relación a esto Agó comenta: “Los niños que llegan al mundo hoy son muy sabios y vienen conectados con el arte, la música, la danza, la pintura, la escultura, el cine, en la actualidad todos los niños son artistas. Hoy las cosas que pasan por el intelecto no entran, se perciben mejor las sensaciones, las formas, los colores, los perfumes. Estos niños nos vienen a enseñar, a mostrar otro camino, te abrazan y te dicen cosas maravillosas desde el corazón, están acostumbrados a expresarse desde el amor, son ellos los que nos van a ayudar a cambiar”.
Con un lenguaje propio desarrollado junto a su padre, indaga en sus inquietudes indefectiblemente ligadas a Casapueblo. “Lo más importante para un artista -define- es ser honesto con lo que siente, descubrir el propio lenguaje y que la gente lo reconozca. En mi caso, esto de ser hija de una persona tan conocida por un lado me ha ayudado mucho y por otro lado me ha provocado más trabajo porque implica una gran responsabilidad. Hoy vemos Casapueblo ya hecha, con cinco mil metros cuadrados de superficie, pero esto empezó de a poco, la construimos con mis hermanos, en esa época todos comíamos arroz porque no había plata para otro menú: arroz con mejillones, arroz con pescado, arroz con leche, nos hicimos expertos, tanto que mi hermano cuando se cayó en la Cordillera le escribió una carta a papá donde le decía: ‘extraño los días de arroz, arroz, arroz’. Nosotros acompañamos toda esa evolución, a mí eso me da un orgullo enorme y creo que soy parte de su proyección, me siento heredera de todo lo que mi padre creó, pero voy a seguir adelante desde mi lugar, haciendo lo mío con honestidad y creciendo hacia adentro porque este es el camino que yo elegí”.
Derroteros y viajes emprendidos que implican recorridos diversos: “Ser hija de Carlos Páez Vilaró es algo único, un gran privilegio. Él eligió salir por el mundo, visitar todo el planeta y traer todos los colores y las formas, buscó en el África, en la India, en tantos lugares, y yo siento que mi forma de trabajo también es un viaje, pero hacia el interior. Cada vez estoy más segura de que el camino es hacia el interior de uno mismo, que allí está todo: la fuerza, la creatividad, el color, la forma, la armonía, la música, la luz, y es un camino eterno. Lo que más deseo es poder ayudar a las personas, quiero devolver todo lo que recibí, sé que a través del arte, de los talleres, de mis cuadros, puedo brindar un granito de arena para que el planeta se ilumine y se transforme”.
Agó Páez tiene además un vínculo importante con nuestra ciudad, Rosario, ligado a sus afectos más entrañables, y suele visitarnos a menudo. “Mi reencuentro con Rosario tiene que ver con mis ancestros -dice- ya que mi abuela paterna nació en la casa donde actualmente funciona el Museo de Arte Decorativo Firma y Odilio Estévez. Yo me siento muy unida a esa ciudad, trabajar allí es muy gratificante. Los rosarinos me fascinan, tienen mucho que ver con los uruguayos, son sumamente buenos y es gente conectada con el campo, con la naturaleza, con ese río maravilloso, se parece mucho a Montevideo. Allí la gente tiene otro ritmo y otra sensibilidad, tienen tiempo para sentir, cosa que en las grandes ciudades ya no existe. Creo que los rosarinos están buscando su propio espacio espiritual, antes era un pueblo muy dedicado al trabajo, recién ahora se está conectando con el arte, han surgido museos, galerías, muchos artistas, diseñadores de moda, hay una movida muy joven, creo que viene con mucha fuerza. Me atrae ir a Rosario porque veo un deseo de crecer desde el interior”.
Cada vez que nos encontramos con Agó sentimos una inmensa alegría. Su calidez y carisma se reflejan en cada una de sus palabras y reconocemos el privilegio de su amistad. En esta oportunidad además, quiso regalarnos su próximo sueño: “Ustedes son los primeros en estar en contacto con nosotros en este nuevo proyecto, las primeras fotos de esta construcción, de este octógono de barro, las tiene “Sólo Líderes” y esto se debe a una gran amistad de largo tiempo, también de toda mi familia junto a ustedes, y a una apertura de corazón”.