Texto – Entrevista: Editorial
Fotos: Willy Donzelli
GIUSEPPE ANGELI
TRABAJO Y CORAZÓN

Llegó a tierras argentinas como tantos otros “per fare l’América”. Aquí conoció alegrías y penas, éxitos y fracasos, formó una familia, inició una empresa y llegó a ser un referente de la comunidad italiana en todo el litoral. Hoy, siente que su trabajo como diputado en el Parlamento italiano es una forma de devolver a sus “paisanos” la confianza que depositaron en él. Con el empuje y la fuerza que lo han caracterizado desde siempre, “l’onorevole Angeli” continúa generando proyectos, y prefiere que lo llamen simplemente Peppe.

Llegó a nuestras tierras con apenas diecinueve años, entusiasmado por su papá que había decidido emigrar en busca de mejores horizontes. Aquí fundó una familia, y probó varios emprendimientos con diferente suerte. Finalmente, la fortuna golpeó a su puerta cuando apostó por la empresa de viajes y turismo Transatlántica, hoy inserta dentro de los demás proyectos del Grupo Gli Angeli que incluyen la escuela bilingüe Edmondo de Amicis, Sol Líneas Aéreas y Ola, agencia mayorista de turismo.
Su activa participación en distintas organizaciones de la comunidad italiana en Argentina, que generaron la simpatía y el apoyo de sus “paisanos”, lo habilitaron para ocupar una de las primeras bancas de diputado que el Parlamento italiano destinó para los ciudadanos residentes en el extranjero.
En una charla con “Sólo Líderes” desgrana con mucha simpatía, algunos datos de su peculiar historia.

Cuéntenos algo sobre su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial, Ud. estaba en Italia todavía.
Sí, vivía en Orsogna, en la provincia de Chietti, región de Abruzzo. El ejército aliado entró allí en noviembre de 1943 y se fue en julio de 1944, por lo tanto mi pueblo se transformó en el frente, la primera línea, el campo de batalla. En consecuencia nosotros, la población civil, compuesta principalmente de mujeres y niños porque los hombres estaban en la guerra, tuvimos que escondernos dentro de las cuevas donde los campesinos guardaban a los animales. En ese momento tenía doce años. Estaban conmigo mi mamá y mis dos hermanas. Estuvimos seis meses refugiados, incluido el invierno con mucha nieve, y ni siquiera podíamos prender fuego porque el humo nos ahogaba. Todos los días había entre veinte o treinta muertos debido a las bombas, lógicamente también se sentía la falta de higiene, más de una vez tuve que lavarme la cara con nieve.
Cuando las tropas se fueron porque el frente avanzó, el pueblo -que está ubicado en un lugar privilegiado, a la misma distancia del mar que de la montaña- quedó completamente destruido, tuvo que venir el ejército con topadoras para volver a abrir calles porque no se podía ni siquiera pasar. Además era julio, verano, y por todas partes había cadáveres, de manera que comenzó una peste tremenda, una epidemia que yo también agarré, murieron más de mil personas.
¿Y cómo llegó a Argentina?
Después de la guerra comenzó la reconstrucción del pueblo, como mi papá era albañil, con cinco o seis paisanos nos pusimos a fabricar ladrillos, tejas, construíamos casas. En ese momento también comenzaron las migraciones, muchos se fueron a otros países europeos, otros al norte de Italia donde la guerra no había hecho tantos estragos y a mi papá se le ocurrió venir a Argentina, el granero del mundo, un país rico. Se embarcó en marzo de 1950 y me mandó a llamar unos meses después, me escribió diciendo que había mucho trabajo en la construcción y me entusiasmé con “fare l’América”. Mi mamá y mis hermanas se quedaron allá.
¿Cómo fueron los primeros tiempos?
Embarqué el 23 de agosto de 1950 y arribé a Argentina después de veintiséis días de barco. Por suerte viajé en primera… ¡primera cucheta! compartía un camarote con treinta y seis personas, ¡ay, mamma mía! pero no importaba porque había que llegar a América. Mi papá me fue a buscar al puerto de Buenos Aires. Para permitirme entrar al país el gobierno argentino me exigió un certificado de buena conducta, otro de salud, contrato de trabajo y una persona que se hiciera responsable de mí que fue mi padre, si no me dejaban en un albergue de inmigrantes y luego me enviaban de vuelta. Agradezco eso, creo que son medidas necesarias. Por ese entonces tenía 19 años, y no me resultó fácil acostumbrarme, extrañaba mucho, por eso me puse en contacto con los grupos de italianos en Rosario. Así conocí a Lidia, una persona muy importante en mi vida, con quien me casé y formé una familia… estamos juntos desde hace tantos años, algo lindo, muy lindo realmente. Si yo hoy he hecho alguna cosa para mí, para Argentina, para mis pares, es también gracias a Lidia.
Pero no era sólo el trabajo, también quería seguir estudiando…
Sí, de día iba a trabajar y de noche estudiaba, terminé el bachillerato aquí, en Argentina, en 1955. Al año siguiente ingresé a la carrera de arquitectura y me casé, hice cuatro años pero no logré terminar porque la familia, el trabajo… se complicaba, además era necesario cursar de día. Con un grupo de alumnos que trabajábamos hicimos un movimiento que se llamaba “Mual” -Movimiento Universitario Arquitectura del Litoral- y así conseguimos que los trabajos prácticos se dieran de noche, pero igual no logré recibirme.
Y a partir de esos inicios llegó a desarrollar el Grupo Transatlántica que hoy comprende una empresa mayorista de turismo, una agencia minorista, casa de cambio y bolsa, una aerolínea, una escuela bilingüe que abarca los tres niveles ¿cómo se gestó esta gran empresa?
Con mi papá habíamos iniciado una empresa constructora, pero en uno de los tantos vaivenes económicos de Argentina, quebró. Entonces decidimos volver a Italia porque la situación era desesperante, ya tenía familia y tres hijos. Cuando fui a sacar los pasajes, me encontré con un ex capataz de mi empresa que me contó su situación también desesperante y me dijo: “¿Por qué no ponés un bar y me empleás como mozo?”. Le dije que estaba loco, pero en síntesis, abrimos el bar, se llamaba Topolino Bar, estaba en Entre Ríos casi San Luis. Ahí tuve suerte, me fue bien, los paisanos venían mucho y siempre me preguntaban cómo hacer para viajar a Italia, yo los mandaba a una empresa de turismo, hasta que un día Lidia me dijo: ¿y por qué no empezamos nosotros con una agencia? y abrimos Transatlántica. Al principio trabajábamos sólo Lidia y yo. Hoy tenemos una empresa, modestamente, muy grande, gracias a Horacio, al plantel de gerentes y empleados, donde me siguen llamando Peppe, y cuando me llaman Peppe siento que estoy entre amigos, que no soy el dueño de nada.
¿Alguna anécdota después de tantos años?
Las anécdotas han ocurrido siempre debido al idioma, todavía hoy no hablo bien el castellano ¡se imaginan cuando recién llegué! Apenas me subía a un taxi me preguntaban: ¿de qué parte de Italia es usted?
Mi primer domicilio en Rosario fue en un barrio alejado del centro, en Fisherton, una zona de campos, quintas, con muy pocas casas. A la mañana para ir al trabajo debía tomar varios colectivos, uno era un coche alemán cuya marca era “Mach”. Como era muy joven me gustaba hacerme el galán con las chicas, y buscaba iniciar la conversación. Un día le dije a una: “¿signorina, usted está aspettando lo Macho?” ¡Casi me pega!
¿Cómo se inicia su actividad en las instituciones que representan a la colectividad italiana en Argentina?
Siempre estuve presente en las organizaciones asociacionistas italianas: Sociedad italiana, Círculo italiano, Club italiano, Unione e Benevolenza, etc. En 1981 me vinieron a buscar algunos “paisanos” de mi región, Abruzzo, porque querían reiniciar la Asociación Familia Abruzzeza, les dije que sí, pero que era necesario formar una institución que fuera digna de nuestra región, que la representara bien. Me dieron la presidencia en 1981 y no me la quitaron hasta el 2005, casi una dictadura, pero bueno, no me dejaban ir, cada dos años me volvían a elegir.
Hoy es uno de los centros regionales más importantes de Rosario con restaurante, centro de idiomas, vida cultural, folklore, coro…
Sí, luego nace el Com.It.Es –Comitato Degli Italiani all’Estero- un ente dependiente del Ministerio del Exterior de Italia que promovía la formación de concejos para trabajar directamente en colaboración con las circunscripciones consulares, a efectos de aliviar su trabajo. Era una tarea ad honorem, el gobierno italiano paga solamente las secretarias, y allí tuve el honor de ser elegido cuatro veces consecutivas, desde el 1986 hasta el 2009, presidente del Com.It.Es Rosario. Más tarde se formó el CGIE – Consiglio Generale degli Italiani All’Estero- que representa a todos los italianos que estamos en el mundo, fuera de Italia, y también tuve el honor de ser electo miembro de ese concejo con sede en Roma, nos reuníamos dos o tres veces al año allí, también un cargo ad honorem.
Y luego de cuarenta años de lucha, gracias a la acción del diputado Tremaglia, finalmente se logró una ley que permite a los italianos residentes en el exterior participar del Parlamento italiano.
Sí, así es. Se incorporaron al Parlamento italiano doce diputados y seis senadores representantes de los italianos en el exterior. Tuve el honor de ser uno de los cinco diputados de la llamada América meridional, fui electo en el 2006, y reelecto en el 2008 cuando cayó el gobierno de Prodi. Hoy es un orgullo muy grande para mí estar trabajando como legislador en el Parlamento italiano, luchando para que los italianos en el exterior tengan los mismos derechos que los residentes, ya sea en asistencia médica, atención a la vejez, cultura, estoy poniendo todas mis fuerzas en eso.
¿Qué sueño le queda por realizar luego de una trayectoria tan grande?
En realidad jamás pensé en ser miembro del Parlamento italiano, ni en ser presidente de la Abruzzeza, ni del Comites, todo llegó sin querer, espontáneamente. Hoy quiero seguir en actividad, me encanta el trabajo en el Parlamento, las tengo locas a mis secretarias en Roma, desde acá las llamo para decirles “mirá que se me ocurrió esto o lo otro”, sigo teniendo proyectos y muchas ganas de hacer cosas.




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