Texto: Editorial
Fotos: Editorial y gentileza ENIT
ROMA
UN MUSEO AL AIRE LIBRE
Un recorrido por las calles de Roma es un evento imborrable donde se agolpan emociones y asombros de un modo extraño y fulgurante. Pasado y presente se entrecruzan en sus calles y monumentos. El caos continuo prorrumpe en sonidos contemplados por el arte más excelso. Las ruinas de la ciudad antigua permanecen como símbolos de gloria y el sol, radiante, luminoso se rinde ante las cúpulas de la soberbia sede del poder imperial. No hay forma de eludir su belleza. Sometidos desde el primer suspiro nos rendimos a ella y simplemente, nos dejamos llevar.
El corazón era un fuego mientras el avión aterrizaba en el aeropuerto de Fiumicino. Multitud de imágenes acariciadas en libros de arte e historia se agolpaban en nuestra cabeza, despertando los sentidos.
Las ventanillas del tren que nos llevaba a la terminal romana nos permitieron saborear cada sombra del camino. Poco a poco la placidez de las villetas suburbanas fue dando paso a un cuadro más compacto: autos, casas, edificios y finalmente la Termini, un inagotable espectro de colores, razas, souvenirs, ruidoso laberinto lingüístico y ronroneo de guías ofreciendo city tours.
Comenzamos por la Piazza de la República para internarnos en la Vía Nazionale. Elegantes, desprejuiciadas, exageradamente maquilladas, atrevidas, las mujeres romanas mostraban la soltura de su andar en medio del vértigo urbano.
No nos detuvimos en Piazza Venecia con su grandilocuente monumento porque queríamos llegar rápido a la Vía dei Fori Imperiali, desde donde se divisa el Coliseo. A través de las ruinas es posible entrever las legiones, los gritos de la soldadesca, el rugir de los leones, la angustia cristiana, el circo. En su época de esplendor, Roma tuvo un millón de habitantes, era una Babel grandiosa de fuego y lujo, y ahí frente al Coliseo, podíamos sentir el fragor de esas almas palpitando.
Al manifestar estupor por el tránsito endemoniado en medio de las estrechas callecitas romanas nos respondieron: “Ma, questo é Roma!”, y entendimos perfectamente. No es posible permitirse el asombro porque apenas unos metros más allá, el grandioso Moisés de Michelángelo espera, paciente y majestuoso, en San Pietro in Vincoli. “Parla!” dicen que exclamó su genial constructor cuando lo vio terminado. Al contemplar la delicadeza de sus rasgos uno comprende que sólo las manos de un artista tocado por el fuego divino han sido capaces de envolverlo con su cincel hasta convertirlo en leyenda y amarrarlo para siempre a las leyes de la eternidad.
Al salir del antiguo templo no lográbamos ponerme de acuerdo: ¿Piazza Navona o Fontana di Trevi? Finalmente decidimos lanzarnos hacia el escenario de La Dolce Vita. En el camino encontramos un mercato italiano en plena calle y el sabor dulzón de las cerezas se quedó adosado al alma junto a la inolvidable fuente. El suntuoso recorrido también incluyó el elegante Quirinale, en un tiempo mansión de cardenales y Papas, antigua casa veraniega del Pontífice Supremo y actual sede de la Presidencia de la República Italiana.
El mediodía nos encontró en Piazza Spagna. Mientras bajábamos las escalinatas nos sentimos “sotto le stelle” aunque el sol brillaba a rabiar. Foto de rigor y el paso obligado por Vía Condotti, espiando apenas los minimalistas escaparates de las tiendas de moda. Nos sentimos a salvo de la tentación gracias a los precios escandalosos, y apuntamos directo hacia la postal del cafecito en Il Greco. Lástima, no pudo ser porque a esa hora todo el mundo había tenido la misma idea. De manera que, menos famoso pero no menos cálido, cobijó nuestros pies cansados uno de los tantos bares que se depositan en las intrincadas callejuelas del centro histórico.
Más tarde bajamos por Via del Corso y continuamos hasta El Panteón, imagen circular, forma perfecta, la única aceptable para representar a los dioses y al cosmos. Construido por Agripa en el año 27 AC como un símbolo de la tolerancia romana hacia las creencias de sus súbditos, fue convenientemente dedicado a “todos los dioses”. Mientras buscábamos el mejor ángulo para la foto comprendimos que su imagen recobra hoy una urgente actualidad.
Eran ya las siete de la tarde. Las mesas con mantelitos verdes de Piazza Navona nos esperaban y fuimos a ocupar nuestro lugar alrededor de las fuentes diseñadas por el omnipresente Bernini. La noche se avecinaba y todavía faltaba más: el Vaticano y sus museos, la Sixtina, Villa Borghese. Roma incandescente, arde en sus mármoles eternos, imposible abarcarla en un solo día. A la mañana siguiente fuimos directamente hacia el Vaticano. Nos dejamos impactar por el bronce de las famosas columnatas de Bernini, y por la magnificencia que se respira en cada detalle arquitectónica de la basílica más importante de la cristiandad. Luego comenzamos el recorrido por los famosos Museos Vaticanos hasta terminar en la Capilla Sixtina, donde sólo con levantar la cabeza es posible admirar el porfiado talento de Miguel Angel. El famoso florentino no dejó ni siquiera un pequeño centímetro sin pintar, enriqueciendo con su genio al arte universal de todos los tiempos.
Por la tarde, los jardines de Villa Borghese alojaron nuestro cuerpo agotado con su elegancia innata. Su larga historia que remite a dioses antiguos y modernos, se confunde con la sombra de los árboles y la frescura del agua de las fuentes.
Pero Roma es inagotable. Es posible visitarla mil veces y reencontrar en sus muros el vértice definitivo entre las líneas del pasado y el presente, el núcleo de la eternidad. Forma circular, perfecta, la única aceptada por los dioses y el cosmos. Roma, ciudad perpetua, centro del universo.