Texto y fotos: Ricardo Caletti
VOLCÁN AYEN NIYEU.
UN TAJO LUNAR EN EL BOSQUE DEL LANÍN.
La ruta provincial 63, con sus sinuosidades, esquiva árboles centenarios para llegar hasta las Termas de Lahuencó, a setenta y un kilómetros de San Martín de los Andes, junto al paso internacional Carirriñe en la frontera con Chile. Este es el camino que lleva a uno de los formidables atractivos del Parque Lanín: el escorial de lava del volcán Ayen Niyeu, un tajo lunar que nace allí y cruza un amplio valle para volcarse en las aguas azules del lago Epulafquén.
El área de los lagos Curruhué Chico y Grande, Epulafquén, Huechulafquén y Carilafquén muestra sus reflejos en el corazón del Parque Nacional Lanín. Es una de las zonas con menos impacto humano dentro de esta formidable área silvestre protegida, con cabecera en San Martín de los Andes, junto a las localidades de Junín de los Andes y Aluminé, en el Sur del Neuquén.
La ruta provincial 63, con sus sinuosidades, esquiva árboles centenarios para llegar hasta las Termas de Lahuencó, a setenta y un kilómetros de San Martín de los Andes, junto al paso internacional Carirriñe en la frontera con Chile. Este es el camino que lleva a uno de los atractivos formidables del Parque Lanín: un tajo lunar que nace de la boca de un volcán y cruza un amplio valle para volcarse en las aguas azules del lago Epulafquén. Es el escorial de lava del volcán Ayen Niyeu. La ruta provincial 63 pasa por encima de él. El espectáculo encierra la potencia incontenible del magma reciente, que emergió hace apenas cinco siglos para volcarse con sus olas negras e incandescentes en el valle.
Los bosques en esplendor rodean a esa serpiente lunar solidificada que baja de la boca del volcán. Y pareciera que un presente continuo rodea a esa erupción. Es más: “Ayen Niyeu” significa en lengua Mapuche “donde hay calor”, no “donde hubo”.
Sobre las rocas efusivas ásperas que se extienden siete kilómetros desde el cráter hasta el lago, comenzó hace unos tres siglos la colonización vegetal. La fertilidad de las riberas boscosas del escorial, enraizada debajo de las lluvias, invade lentamente ese universo inerte y oscuro. Crecen naturalmente árboles en bonsai, debido a la acción de las rocas que atrapan sus raíces. Al fondo del paisaje, presidiendo el valle con una cierta soberbia propia de la autoría de lo colosal, se levanta el Ayen Niyeu, con sus dos cráteres que alcanzan los dos mil doscientos metros de altura. Por delante de él hay otro cono volcánico más pequeño sin nombre.
Al volcarse este escorial, embalsó ríos y arroyos generando nuevas reservas hidrográficas: Laguna Verde, Laguna El Escorial y Laguna del Toro. Bajo sus aguas hay bosques sumergidos desde el momento mismo de la erupción. Fueron descubiertos hace apenas cinco años. Las riberas de esas lagunas descubren sus playas de arenas negras. Todo es un paisaje de transformación que recuerda la permanente dinámica de lo que a simple vista parece eterno e inconmovible.
Por un sendero que nace junto a la margen sur de la Laguna Verde, se ingresa al bosque denso de cóihues, raulíes, ñires y pehuenes. En las cotas más altas habitan las lengas con sus troncos claros. Esa senda lleva al Ayen Niyeu, pero antes es necesario atravesar arenales negros, ríos y el valle lunar del escorial, para luego ascender la empinada ladera de materiales inestables que lleva al borde del cráter. La travesía dura unas seis horas. En lo alto, la visión del embudo gigante de la boca del volcán con su centro interior del que emergió todo, es sobrecogedora. Resulta difícil percibir la escala monstruosa de ese episodio natural y admitir que potencialmente puede reiterarse en cualquier momento. No existen registros de la fecha de la erupción, aunque por la colonización vegetal se sabe que fue hace cinco siglos. Por entonces no había poblaciones ni localidades en ninguna de las vertientes de la Cordillera de los Andes en esas latitudes del Sur. La ciudad de Santa María La Blanca de Valdivia fue fundada en 1552, con lo que se deduce que el estallido del volcán fue anterior a esa fecha.
Desde el borde del cráter se abarca toda la trayectoria del escorial volcado en las aguas del lago. Detrás de las montañas de la costa norte del Epulafquén se levanta la silueta patriarcal y dominante del volcán Lanín que trepa a los tres mil setecientos setenta y seis metros, con sus glaciares azules en lo más alto. El Parque Nacional Lanín tiene como uno de sus elementos de identidad las manifestaciones volcánicas y magmáticas, entre ellas las termas, y el área del Escorial del Ayen Niyeu es el sitio ideal para percibirlas.
En esta región se cruzan historias inusitadas. Una de ellas cuenta que en 1649, en el lago Epulafquén, se desarrolló una batalla naval entre dos oponentes desiguales: un centenar de balsas armadas por la tropa del capitán español Luis Ponce de León, y los mapuches con sus canoas, quienes estaban circunstancialmente liderados por un holandés y un negro originario de Pernambuco. Estos dos aventureros habían huido de Valdivia tras el abandono de ese puerto estratégico del Pacífico por parte de las fuerzas armadas de Holanda.
Sobre el escorial del Ayen Niyeu, el historiador neuquino Gregorio Alvarez descubrió las huellas que dejaron los carros de los jesuitas en la segunda mitad del Siglo XVII y todo el Siglo XVIII en sus increíbles viajes entre la ciudad de Villarrica y Córdoba.
Pero no hace falta remitirse tan atrás en los tiempos para encontrar otras historias. Próxima al escorial del Ayen Niyeu hay una casa de guardaparques que se levanta en la ribera sur del lago Epulafquén. Fue una de las primeras con las que contó el Parque Lanín. Una senda que nace en la ruta provincial 63 lleva en tres horas de marcha hasta ella. Esa casa fue el sitio elegido por Ernesto Sábato en 1952 para terminar de escribir su obra “Sobre héroes y tumbas”.
Para tener una visión lacustre del fenómeno eruptivo del Ayen Niyeu se puede abordar un barco de turismo que parte desde Puerto Canoas en el lago Huechulafquén y navega frente al escorial. Puerto Canoas recuerda desde su topónimo la batalla naval del año 1649 entre mapuches y españoles. Desde el catamarán José Julián se percibe el frente del escorial. Esta vanguardia del magma al enfriarse en las aguas del lago generó una península que uno imagina estuvo humeante durante décadas.
El lenguaje del fuego y del magma se muestra en esplendor en este rincón del Parque Nacional Lanín. Un idioma que remite a los orígenes y a la transformación permanente de la naturaleza y de la vida. Un espacio en el que los sonoros secretos del silencio están cargados de historias terrestres y humanas.