Texto: Verónica Gudiña – Julián Pérez Porto
Fotos: Willy Donzelli
JUGUETES ANTIGUOS
AQUELLOS AÑOS FELICES

Viajar en el tiempo es posible. No hace falta más que revolver un cajón o adentrarse en un armario para recuperar algún juguete de la infancia y, sin más preámbulo, volver a ser un niño. La magia es inmediata y atraviesa cualquier barrera. No hay forma de tomar un pequeño auto de colección, un soldadito de plomo o una muñeca sin remitirse a los días de escuela y meriendas con chocolatada.

Los juguetes son disparadores de emociones que despiertan la inventiva y la imaginación en los chicos. Enseñan a compartir, pero también fomentan la competencia. Pueden generar el llanto más desconsolado cuando resultan inaccesibles o llenar de risas el hogar en las manos de los más pequeños. En la vida adulta, claro, los juguetes de la infancia no pierden su importancia. Nos recuerdan quienes fuimos y nos ayudan a recuperar parte de aquello que descuidamos desde el momento en que las obligaciones comienzan a ganarnos la batalla.
La arquitecta Lucila Araujo, responsable de la acción educativa del Museo de la Ciudad de Buenos Aires, pasa sus días rodeada de juguetes antiguos. La muestra especializada de la institución recibe a miles de niños y adultos cada año, dispuestos a conocer o recordar, según el caso, cómo se divertían los argentinos en tiempos pasados.
“La muestra de juguetes es representativa de la línea que tiene este museo. Este es un lugar que, a través de objetos cotidianos, trata de mostrar formas de vida de otras épocas. Y los juguetes nos parecen algo significativo ya que la etapa de la niñez es muy importante”, comenta Lucila mientras Cyrano de Bergerac, hecho con papel maché mediante la técnica de cartapesta, la observa fijamente desde la vitrina que atesora los objetos más antiguos de la exposición. Un payaso imbatible (gracias a un contrapeso en su base que lo mantiene siempre de pie), una muñeca con cuerpo de tela y rostro de porcelana y un rompecabezas de cubos que permite armar seis motivos distintos son algunos de los vecinos que conviven con el poeta famoso por su gran nariz.
A pocos metros de un caballo de madera que supo pertenecer a una calesita y justo enfrente de un impresionante automóvil a pedal que es una réplica exacta del Henry J de la década de 1950 (creada por un ingeniero como regalo para su sobrino), una colección de armas de juguete logra estremecer. La imagen de un niño disparando y matando a modo de juego no deja de ser perturbadora.
“Los juguetes copian aquello que usa la gente grande -indica la guía- pero en pequeño. A través de ellos se puede deducir cómo vivían los adultos de antaño y conocer sus costumbres”. Estas armas inofensivas son un testimonio de que la irracionalidad humana no es novedad. Más simpáticas resultan las pequeñas máquinas de coser y los juegos de té en miniatura ubicados en la vitrina contigua.
El recorrido continúa y es momento de reconocerlo: algunos de los osos de peluche que habitan este museo parecen haber tenido una vida agitada. Lo mismo puede decirse de varios soldaditos que, sin dudas, sirvieron en más de una guerra.
“Todos los juguetes de la muestra fueron donados y, por lo tanto, cada uno de ellos tiene una historia detrás”, nos explica Lucila y agrega: “Lo bueno es que no sólo encierran historias, sino que actualmente funcionan como puentes entre generaciones. Estoy segura de que mucha gente grande, cuando llega a la casa después de visitar el museo, se pone a buscar algún juguete de su infancia para enseñárselo a sus hijos”.
El director del Museo de la Ciudad de Buenos Aires, Eduardo Vázquez, se suma a la charla y profundiza en la idea: “Nuestra misión como institución es contar la historia de la ciudad desde sus usos y costumbres. Por eso las muestras están armadas a través de objetos donados por la gente, ya que el patrimonio cultural también está en lo cotidiano. Con los juguetes, les demostramos a los chicos que ellos son parte de una historia que es de todos y que tenemos que preservar”.

Los chicos y la tecnología
Cuesta imaginar cómo un pirata de plástico de unos pocos centímetros o un tren de lata pueden competir por la atención de los niños frente a una computadora conectada a Internet o con una consola de videojuegos de última generación. La clave, sin embargo, no está en la competencia, sino en la convivencia y en enseñarle a los más pequeños que existen diversas formas de entretenimiento, cada una con sus ventajas y particularidades.
“Nosotros no estamos en contra de la tecnología, al contrario: es maravillosa… usada en la justa medida. No debería ser el centro de la diversión ni ocupar todo el tiempo de un chico. Yo veo la respuesta de ellos ante los juguetes antiguos y les puedo asegurar que es fantástica. Hay mucho entusiasmo por juegos que no conocen, como el balero y otros objetos muy simples que están al alcance de todos”, asegura la arquitecta Araujo.
El éxito de la muestra, en definitiva, refleja que los juguetes tradicionales mantienen su encanto y su relevancia histórica y cultural. Esto hace que las escuelas incluyan a la exhibición como parte de sus programas, mientras que familias enteras son visitantes habituales de estas salas durante los fines de semana.
“La idea es agrandar el museo ya que tenemos mucha afluencia de público. En 2009, pese al problema de la gripe A, recibimos a más de cuatro mil ochocientos chicos que llegaron a través de excursiones organizadas por sus colegios”, resalta Lucila, quien también sueña con un lugar de exposición más amplio para albergar a todos aquellos juguetes que, por razones de espacio, permanecen en el depósito a la espera de una oportunidad para volver a cautivar a chicos y grandes.


Museo de la Ciudad de Buenos Aires
La exposición permanente de juguetes antiguos se encuentra en la Casa de los Querubines (Defensa 219), una de las sedes del museo. La entrada general tiene valor de un peso, mientras que los lunes y los miércoles el ingreso es libre y gratuito.





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