Carlos Paez Vilaró

«MARAVILLOSO ABRAZO DE NEGROS Y DE BLANCOS, UNA VEZ AL AÑO».
LAS LLAMADAS
Cuando la reja colonial se tiñe de celeste, de colorado, de verde, de color Nyanza, es día de "Llamadas".

Es la hora en que los grandes tambores se quitan la humedad del invierno, esperando la hora de vocear.

Allí se produce el chillerío y la agitación de la botijada, que espera ansiosa el momento de verlos arrancar.

La hora cero, o sea el momento en que el negro vuelve a reinar en la calle con su chuchería y sus flecos, su mimbre y su cascabel, llenando de música sorda las orejas de la ciudad.

De esta forma, todo queda pronto para el lanzamiento. A veces alguna costurera se atrasa en el repaso del dominó, o algún escobero pierde la escoba de guinea con que muestra orgulloso su estilismo, pero todos se esmeran para su intervención dentro de la culebra festiva.

Las estrellas de fulgurante disimulan cicatrices; la medialuna remendada, está lista para afrontar los golpes de viento en los cruces de cuadra; los estandartes de lujo lucen orgullosos el nombre de las cuerdas, labrado en hojalata.

Finalmente las cajas musicales, unidas en racimo alrededor de la fogata, esperan la orden para lanzarse a bracear en esta competencia misteriosa que pone en juego el sonar ametrallado de cinco mil tambores.

"Las llamadas" es la cita de honor de la negritud. Desde que se conocen ninguno falla. Si hay enfemos, tocan los hijos. Si hay ausentes por muerte, el tambor desfila igual. Solo el año los separa, el trabajo, el salario, la familia, los amigos para unirse esa noche convocados por el tambor.

Jamás el negro deja de salir y cuando la fecha de "Las llamadas" se asoma detrás de las claraboyas del calendario, las barandas de los conventillos antiguos se llenan de barricas, colgadas en espera templándose al sol.

Momento maravilloso, en que la ciudad vuelve a enredarse en el rumor de marabunta de los tamboriles históricos, que se agrupan ese día, infaltables, desde las épocas del esclavaje.

Sangre, sudor y callo sobre suela dorada a fuego. Cebolla, saliva y ajo sobrea piel de vaca. Cuero templado en fogata diariera. Chisperío y humo, que alcanza sus caras, repintádolas.

La cuerda de los tambores callejeros, es la base de la fiesta. Sus tocadores son los reyes de ajedrez con lujo de arpillera. Vistiendo frac, con dominós de arrastre, nos regalan su musica ambulante y su son a cuestas como la cigarra. Sonrientes, avanzan soportando el peso de sus viejos barriles de candombe añejo.

En la noche de "Llamadas", los viejos tambores surgen desde la oscuridad haciéndole un tajo al silencio del barrio. Bajan desde el año, encorvados, tempraneros, ganándole de mano a la luz de bengala, al Judas y al buscapiés. Con sus lonjas desorbitadas, lanzadas al canto.

Fiel a una tradición que nació en el ayer y respondiendo a la mágica convocatoria del tambor, nuestra negritud se concentra sólo una noche de cada año en los barrios Sur y Palermo de Montevideo, para participar de una fiesta deslumbrante adornada por el arte y el colorido que heredó de Africa.

Estimuladas por el cariño de la ciudad que acompaña con emoción la jornada y por medio de un desfile que representa en fragmentos la tamborería de sus barrios o conventillos, "Las llamadas" del presente, son la prolongación de aquella forma de reunirse que habían adoptado los negros en el pasado.

En sus momentos de recreación, era "llamando" a tambor quemante a sus hermanos de calvario, que lograban juntarse en familia para festejar y bailar.

Al pasar el tiempo la generosidad del negro hizo que aquellas marchas sólo reservadas para ellos, se extendieran hermanando al blanco en su participación.

De ahí esa aleación maravillosa que hoy se da convocando y abrazando en desfile a las dos razas desde la piel de un tamboril.

Medio siglo acompañando "las llamadas", me habilitan para considerarla como el evento popular de mayor arraigo del Uruguay.

Pocos se salvan de la tentación de lanzarse a la calle e integrar este ciempiés formado por negros y blancos, viejos y jóvenes, gordos y flacos, altos y bajos. Larga fila hermanada en ronda-catonga que nace y muere en caminata esa misma noche, zigzagueando en comparsa mientras reparte sus pregones enhebrando esquinas.

Como protagnista infaltable, siento orgullo de reconocer que la raíz de mi pintura se enredó en "Las llamadas". Desde el día aquel, en mis años mozos, que subí las escaleras de chapa del conventillo "MEDIOMUNDO" tratando de alcanzar la luna del candombe.

 
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