Texto: Lic. Elisa Bearzotti

«Nos hace sentir enamorados ...».
FRANCIA
Existen palabras cuyo contenido se nos revela siempre cautivante y embriagador.

Por ejemplo, al decir "Francia" ya comenzamos a evocar imágenes de sofisticado sabor: vino, música, comida, arte, filosofía, pintura. Una dulce cascada de colores y aromas que nos conducen irrevocablemente a un territorio de placer y sensualidad.

Francia es más que París, la torre Eiffel y el Museo del Louvre. También es su lengua, vehículo de expresión de renombrados poetas, escritores y filósofos - Flaubert, Balzac, Rimbaud o Proust- sus viñedos, las playas de la Costa Azul, el encanto de los menhires en Carnac, la moda, el cine, la pintura.

¿Cómo hacer para descubrirla en toda su belleza? Quizás podríamos comenzar por la zona de Aquitania: la región más suroccidental y la más cercana -geográfica y culturalmente- a España. Su capital es Burdeos, ciudad que vive del comercio y especialmente de la industria del vino. Al norte de la región encontramos varias ciudades medievales: Périgueux, Sarlat, Bergerac... Al recorrerlas surge el deseo de perderse en sus laberínticas callecitas y cruzarnos con las princesas y los caballeros que corren a refugiarse en sus altivos "chateaux".

Continuando por el Sur, llegamos a la región de Poitou-Charentes con sus magníficas costas que atraen a los amantes de la naturaleza. En sus típicos restaurantes se pueden degustar todo tipo de ostras y mejillones.

Luego conviene atravesar el valle del Loira con sus mundialmente conocidos "chateaux" - como el Chambord, Cheverny y Chenonceaux y llegar a Orleans, la ciudad de Juana de Arco para visitar dos de las catedrales más imponentes de Francia en Chartres. Por supuesto los amantes de la "Fórmula uno" no pueden dejar pasar el mundialmente famoso circuito de Le Mans.

En Borgoña, las viñas son las protagonistas absolutas. En la llamada "Cote dOr" se produce el mejor vino de toda la región. Las ciudades más importantes de la zona - Cluny, Chalon, Beaune - están ligadas a la industria vitivinícola. Pero además aquí se da una feliz combinación: el buen vino se mezcla con el arte, ya que en Dijón encontramos el Palacio de los Duques que alberga el Museo de Bellas Artes con su valiosísima colección de pinturas.

Luego un recorrido por la zona más "glamorosa" de Francia, famosa en todo el planeta: La Costa Azul. Un paseo por sus riberas nos mostrará todos los símbolos del lujo y el buen vivir: yates, coches, tiendas de alta costura, mansiones. Sus ciudades -. Niza, St-Tropez, Cannes- son sinónimo de descanso, placer y seducción, mito alimentado por los excesos de los actores de moda, de las estrellas de cine, de reyes y príncipes, de los millonarios visitantes de los emiratos árabes quienes, cuales personajes de las "Mil y una noches" despliegan un abanico de aviones, harem y sirvientes, acrecentando aún más la enigmática aureola de suntuosidad que rodea el lugar.

Un párrafo especial merece la ciudad-símbolo de Francia: París. Allí se conjugan el refinado encanto de la bohemia del artista con el lujo de las compras; la grandeza del arte junto a los siglos de historia que han dejado sus huellas en la arquitectura y los museos; la parsimonia de los típicos cafés junto al desenfreno de la noche parisina.

La Plaza de la Opera, los Jardines de las Tullería, la histórica Plaza de la Concorde, la Catedral de Notre Dame -uno de los más gloriosos logros de la arquitectura gótica, inspiración de artistas y literatos - el Museo del Louvre, que continúa guardando el eterno tesoro de la Gioconda, son algunos de sus sitios más renombrados. Pero además, sus típicos bares, el encanto de su bohemia en el Barrio Latino, y la excelente oferta nocturna, completan el cuadro para lograr una estadía inolvidable.

El orgullo nacional

Puede decirse que uno de los ítems culturales "de exportación" del pueblo francés ha sido y es su gastronomía, a punto tal que ha llegado a convertirse en el orgullo nacional.

Para conocer el por qué de su fama bien ganada, podemos recorrer todo tipo de lugares: desde las pequeñas tabernas hasta los restaurantes de chef reconocidos internacionalmente.

La fama del buen comer francés es, en gran medida, responsabilidad de la variedad de su cocina regional. Tanto en la costa noroeste como en la mediterránea encontramos pescados de calidad, como así también criaderos de mariscos, ostras y mejillones. En los valles y colinas la especialidad son los productos ganaderos y lácteos donde se producen las más de cuatrocientas variedades de quesos, entre ellos los famosos Roquefort, Camembert y Brie. En Alsacia y Lorena la cocina se basa en las buenas carnes de caza, cordero, cerdo y ternera. Los animales de granja, pato, ganso constituyen también un elemento importante en la preparación de sus platos, siendo mundialmente conocido el "foie gras" francés.

El centro culinario de Francia es la ciudad de Lyon, meca mundial de la gastronomía. Sus carnes ahumadas, el salchichón, el pollo "bresse" y la tarta lyonnais son algunas de las delicias de esta ciudad. Y la mejor manera de degustarlos es hacer una parada en uno de sus "bouchons", tabernas típicas de Lyon.

Pero, no se puede paladear adecuadamente un exquisito plato de comida sin la compañía de un excelente vino. Los franceses, que son auténticos amantes de los buenos vinos, se han dedicado a través de los siglos a mejorar su producción, siendo en la actualidad reconocidos en todo el mundo.

Detalles de último momento: compras y souvenirs

Si deseamos regresar de Francia con algún detalle para nuestros amigos, conviene recordar los momentos compartidos y dejar elegir al corazón. Si son aquellos que han estado cerca alimentando nuestras alegrías y penas en las reuniones familiares, que mejor obsequio que algunos de sus famosos vinos. Para ello lo mejor es dirigirse directamente a los productores o cooperativas, "Maisons o Syndicats du Vin". Lo más económico es comprar un "vrac", cajas con 5 o 10 botellas que se llenan directamente de los barriles.

En cambio, si son aquellos amigos que nos deleitan con sus detalles de buen gusto y conocimiento del arte, podemos optar por las excelentes cerámicas y porcelanas francesas. Aquí conviene que hagamos un alto en la ciudad de Limoges.

Y por último, no podemos volver a casa sin una muestra de la glamorosa industria de la moda aunque sea como una pequeña concesión a nuestro ego personal. Las opciones son: recorrer las calles de París en busca de las mansiones de St-Laurent, Arman, Chanel o Versace, o recurriendo a alternativas más económicas, buscar las famosas galerías Lafayette, o las llamadas "tiendas de descuento" que ofrecen ropa de marca pero de la temporada anterior. Otra alternativa recomendable es pararnos en alguno de los numerosos mercadillos callejeros que se realizan en casi todas las ciudades y pueblos franceses una o dos veces por semana.

Un recorrido por Francia, es algo así como la "marca en el orillo" que permite reconocer la capacidad humana para asombrarse y disfrutar. Una manera de ser y de mirar el mundo que no se remite a lo que ya ocurrió, sino que apunta a la creación continua alrededor del núcleo de "la ciudad luz".

Entrar y salir de cada uno de sus pueblitos, sentarse en los bares parisinos, admirar sus hermosas fuentes, caminar los barrios bohemios, probar los vinos regionales, puede llegar a ser una de las experiencias más fascinantes de nuestra existencia. Una experiencia que nos hará conocer otra de las características del temperamento francés: sentirnos enamorados... en esta ocasión de su tierra, su cultura, su arte y su gente.
 
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