Investigación: Lic. Kamala Bonifazi

«Un artista y su periplo itinerante».
CARLOS PÁEZ VILARÓ
El pintor y escultor Carlos Páez Vilaró, es el creador de la gigantesca y emblemática "Casapueblo" enclavada cara al sol en Uruguay. Nació en Montevideo, el 1ª de Noviembre de 1923. Sus exposiciones y murales realizados en todas partes del mundo y las múltiples distinciones recibidas, le dieron renombre internacional. Su obra más conocida, es sin lugar a dudas Casapueblo, su escultura habitable y atelier en Punta Ballena. Construida en los acantilados rocosos al este del Uruguay, hoy el atelier se erige como un emblema mundial visitada por cientos de turistas de todos los orígenes que arriban allí, deseosos de conocer una de las obras más originales del planeta.
Sin regirse por las reglas convencionales de la construcción, nuestro genial artista, "pide perdón a la arquitectura por su libertad de hornero". Investigador incansable, fue también un viajero itinerante sin tregua y su pintura surgió de un periplo aventurero donde cultivó amistades entrañables como Pablo Picasso y Salvador Dalí. Plasmando su arte, habitó las islas de Oceanía, Oriente, Nueva Guinea, Africa, Brasil, Machupichu, y convivió con el pueblo Samburu, el Massai, el Turcana y el Papúa.

Nuestro artista, se prestó gustoso a esta plática tamizada de recuerdos dispersos en el tiempo. Al preguntarle cómo fue su infancia y cómo sus inicios entremezclados de colores, garabatos, collages y pegatinas rememoró que fue justamente en ese hogar de donde, sin lugar a dudas la creación palpitaba, heredó las dotes del arte.

-"Mi padre era historiador y coleccionista de sellos aéreos y además sentía pasión por el dibujo y la fotografía; mi madre dio su vida con el corazón abierto a los necesitados, era sensible y extremadamente generosa. De ellos heredé también esa energía tan positiva como creadora. Mi hogar siempre estaba alegrado por las reuniones con amigos, donde la plática intelectual, era el centro de ese espacio. Recuerdo que por aquel entonces en mi casa había una pianola y un día para decorar mi cumpleaños, ante el disgusto de mis padres, usé los rollos musicales como guirnaldas. Todas esas actividades llenaban el hueco del aburrimiento hasta que apareció el cine mudo como gran novedad, en esa época las garras de la televisión no habían arañado la serenidad de las casas y la vitrola era un artículo de lujo sólo para uso de los mayores. Por aquel tiempo Montevideo alternaba su romántica serenidad con el traqueteo de los tranvías y carruajes y el Río de la Plata atrapaba toda mi atención. A medida que crecí fui planeando cruzarlo para algún día alcanzar Buenos Aires".

Páez alterna su pasión por la pintura entre su atelier en el Tigre, Buenos Aires, y el de Casapueblo, en Uruguay...

-"En ese cañaveral enmarañado, musical y bullicioso que según las directivas del viento caracterizan la vegetación que abraza las paredes de mi atelier en el Tigre, me siento en total libertad. Una mañana al final del otoño, sucedió algo premonitorio, encandilado por el esplendor de este derroche de vegetación, un picaflor desnorteado capotó entre mis pomos y pinceles. Durante varios días, sobrevolando mi ambiente de trabajo, dominó con su alegría el amplio espacio, convirtiendo mis cuadros y colores en un improvisado jardín de fantasía. Cuando me estaba acostumbrando a su compañía, cuando parecía que el colibrí estaba feliz con el alimento o el agua azucarada que yo le proveía, en un arranque espontáneo, aceleró el movimiento de sus alas diminutas y dando un giro alrededor de una de mis esculturas de madera, esquivó el cañaveral, rozó la araucaria y luego de dar un último sorbo en la magnolia, tomó el camino de la inmensidad. En ese picaflor me vi yo mismo hurgando y picoteando la pintura de donde anduve sin rumbo ni punto fijo. Un día aquí, otro día allá, montado en las alfombras mágicas de mis cuadros y realizando exhibiciones de país en país".

-¿Cómo nació su profundo amor por la tamborilería de los conventillos uruguayos que tanto lugar ocupan en su periplo de pintor testimonial de la negritud montevideana?

- "Un día me encontraba pintando al aire libre y escuché un ruido ensordecedor y acompasado de tambores; dejé mis tonos en suspenso y salí a su encuentro. Cuando estuve al lado de esa multitud comprobé que era una comparsa, un grupo de negros tamborileros y ágiles bailarines que habían salido a dar serenatas recolectando dinero para los festejos de Navidad. Transpirando con sus rostros lavados por la felicidad, aquellos tamborileros parecían venir tocando desde el principio de la historia. Sus vestimentas eran desiguales, sólo emparejadas por la pobreza. Yo también los seguí y mientras iba avanzando me sentía poderoso, integrante desde ese instante del conjunto. En aquella comparsa, surgida del anonimato y la humildad extrema había descubierto mi razón para comenzar a pintar con más fuerza y más fe que nunca sobre la negritud montevideana".

-Como pintor y escultor fue un viajero insoslayable y aventurero sin límites. Luego de los candombes y los conventillos uruguayos y buscando una negritud más profunda, llegó a la Bahía de Jorge Amado y Vinicius de Moraes...

-"Si, es verdad. Con pincel en mano, el jogo de capoeira y la jangada, fueron suplantando lentamente mi temática del candombe. Aún retengo el perfume de aquellas ferias callejeras, ponderadas por el mimbre, la riqueza de tabacales y la belleza inenarrable de las mulatas lanzando al viento sus pregones. Cuando la época del sesenta se anunció, inevitablemente mis pasos se dirigieron hacia Africa. Pero el continente negro, estaba por entonces entreabriéndose a su Independencia, y a pesar de los peligros que se avecinaban, seguí plasmando murales por el mundo... Y así Senegal, Liberia, Nigeria, Camerún, Gabón y el Congo fueron parte de esa cruzada, que quedó apretada por los colores que estampé en esos enormes muros mientras anduve, o por los cuadros que vendí, troqué o regalé por el camino. Residencias de sultanes, aldeas tribales, palacios presidenciales, sedes de plantaciones, comandos militares, hospitales y aeropuertos fueron maquillados por mi fiebre de hacer. Y como resultado de todo aquello, me di la satisfacción de gritar con mi color junto al coro de alegría de los africanos al sentirse libres de verdad. Era extraño, yo estampaba mis murales sobre la piel de las ciudades, mientras ellos borraban de la suya, el tatuaje del dominio del invasor. Los años fueron transcurriendo y en ellos coleccioné una apasionante vida en la Polinesia, una introducción al corazón de Brasil, un peregrinaje por la Nueva Guinea, Bali, Filipinas y Hong Kong, enriqueciendo mi quehacer de artista caminante. Entre idas y venidas, bumerang al fin, levanté talleres por donde anduve, hice y deshice mil veces mis valijas, me abracé con los pueblos y me entendí con ellos más allá de las vallas del dialecto".

-Todo parece suponer que mientras viajaba abandonó parcialmente su creación más perfecta, su barco inmaculado y atelier habitable "Casapueblo" en Uruguay...

-"En realidad, mi taller del mar, jamás dejó de crecer mientras viajaba, porque era el baúl donde almacenaba todos mis recuerdos de viajes. Desde que comencé a construirla, me transformé en un caracol, mi pintura pasó a ser parte de su casco y mis exposiciones son parte inseparable de su ámbito. Y fue en aquella última década que desarrollando mis actividades entre los dos talleres, el del Tigre y el de Casapueblo, en que mi pintura comenzó a nacer entre dos banderas. Y como ambas banderas tienen el mismo color y están iluminadas por el mismo sol, mi adaptación a la nueva faz se transformó en un hecho feliz porque me siento pintando en medio del abrazo de dos hermanos".

- ¿Cuál es la sensación que experimenta ante el lienzo en blanco?

- "Al iniciar una pintura, me siento como enfrentado a la soledad de una playa desierta de arenas inmaculadas, blancas. Libre de ataduras, libre de todo pensamiento, avanzo hacia la orilla del bastidor. De golpe, siento que el mar comienza a aceitarse dentro del cuadro y las ideas arden, salvando un oleaje de aguarrás y trementina. No me queda otra opción que zambullirme para apagarlas o hacer una balsa con los pinceles, dejándome deslizar sobre las dudas, montado sobre la espátula acerada. A partir de allí, el delirio, volverme con pasión a imponer orden o desatarlo..."

- ¿Qué le aconsejaría a los jóvenes pintores y escultores?

- "Les diría que hagan su propio camino y que traten de viajar mucho porque por más que existan universidades donde el alumno afina sus conocimientos en técnicas diversas y se nutre de la invalorable experiencia del maestro, el título que ha de recibir no le confiere la seguridad de ser artista. En esa cruzada verá cuáles son los conocimientos adquiridos que le serán útiles, si deberá desecharlos en parte o arrojarlos por la borda para intentar su propio camino, como lo hice yo."

La tragedia de los Andes

En 1972, "un grupo de jóvenes jugadores de rugby del Colegio Old Cristians de Montevideo partió en gira deportiva hacia Chile. El avión sorprendido por una tempestad, perdió todo contacto radial y cayó en la cordillera de los Andes sin dejar huellas. Uno de los jóvenes era Carlos Miguel Páez Vilaró, hijo de nuestro célebre artista plástico uruguayo. Al conocer la noticia, Páez se trasladó de inmediato al lugar de la tragedia y se sumó al operativo de búsqueda y rescate organizado por el gobierno chileno. A pesar del sostenido esfuerzo, luego de ocho días de rastreos infructuosos cesaron las batidas y se dio por muertos a los accidentados. Sin embargo Páez Vilaró no se dio por vencido; en una época de tormentas contínuas y tensiones políticas considerables, reclutó voluntarios, consultó a videntes y se internó en las montañas en una búsqueda desesperada de su hijo. A tres meses de ocurrido el accidente, su perseverancia dio frutos; ante la incredulidad y el estupor general fueron hallados dieciséis sobrevivientes de la tragedia, entre ellos estaba su hijo. Veinte años después del episodio, uno de los más escalofriantes y dramáticos de toda la humanidad, escribió el libro "Entre mi hijo y yo la luna" donde describe la angustiante y dolorosa historia que terminó con el feliz reencuentro de un padre con su hijo en las vísperas de Navidad."

-"En la dedicatoria de mi libro "Entre mi hijo y yo la luna", menciono con especial sentimiento a Fernando Parrado Dolgay quien habiendo perdido en la tragedia a su madre y a su hermana, mantuvo firme su entereza y afrontó la realidad sin entregarse. Que jamás cedió en su coraje por sobrevivir transmitiendo su confianza a los demás emprendiendo con heroísmo la salvación de sus compañeros, aún a riesgo de su propia vida. Luego de los reveses de cada azarosa jornada yo tenía la profunda fe y convicción de que en algún lugar me estaba esperando mi hijo, y algo la rehacía, cada vez que se deshilachaba. Cuando la luna aparecía detrás de las montañas pensaba que mi hijo seguramente la estaría observando. Tal vez era lo único que ambos podíamos ver sin vernos y nos servía de espejo, para mantener nuestras imágenes estrechamente unidas. Tuve todo el apoyo que necesité, un poncho para mi frío, un vaso de vino para reanimarme, una choza para guarecerme, un fuego con carbón cordillerano, un caballo para andar. Lo mismo daba un helicóptero, un camión, una avioneta, o un pedazo de pan. Esa confianza transmitida se agigantaba como un alud de esperanzas. Hasta que un día desde un avión descubrimos una cruz grabada en la inmensidad. Ese hallazgo al borde de la Navidad era un anuncio muy poderoso. Desde un helicóptero logré fotografiar las huellas de una interminable caminata. Eran las pisadas de Parrado y Canessa compañeros del calvario de mi hijo y tantos hijos que en heroica decisión habían partido en avanzada hacia el misterio. Resolución de indiscutible valentía, culminada pocas horas después, en aquel histórico salvataje que conmovió al mundo entero".

El atardecer pinta de rojo y amarillo el cielo uruguayo. Y es en ese momento del día en que cientos de turistas escuchan embelesados la poética ceremonia que todos los días y a la misma hora, Carlos Páez Vilaró rinde como sentido homenaje, desde sus mágicas terrazas de Casapueblo- su barco inmaculado y atelier del mar- a su entrañable amigo de hoy y de siempre: el sol, como ayer lo fue la luna brillando entre su hijo y él.


Profesión: artista plástico
Fecha de Nacimiento: 1 de noviembre de 1923
Estado Civil: Casado con Annette Deussen
Hijos: Seis. Tres uruguayos: Carlos Miguel, Agó y Mercedes y tres argentinos: Florencio, Sebastián y Alejandro
Un color: el amarillo brillante del sol
Una bebida: Un buen vino
Un valor: La amistad
Un lugar para descansar: los acantilados rocosos de Casapueblo
Un sueño: seguir plasmando murales por el mundo

 
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