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Texto: Kamala Bonifazi
«La Sabiduría Occidental». |
| CHINA ZORRILLA |
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Acunada en una familia de artistas. Dueña de un carisma único e inconfundible. Nieta, hija, hermana y amiga. China revela sus amores, su sabiduría y su historia. Mucho más que una profesional de las tablas. |
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Una charla con China Zorrilla implica adentrarse sumisamente en el torbellino curioso y manso de sus recuerdos. Como hojas que se desprenden tapizando el suelo con variedad de ocres y dorados, las anécdotas caen de sus labios y llegan hasta el alma, permitiéndonos vislumbrar un poco de sus amores, su familia, sus sueños, sus viajes, sus anhelos. Un aire de otros tiempos nos envuelve cuando inicia el diálogo hablando de su infancia: "mi infancia fue muy feliz, como de película. Vivíamos con mis padres y hermanas en una casa de alto que era de mi abuelo materno Enrique Muñoz. Abajo vivía mi prima. Guardo un recuerdo inolvidable del hijo de la cocinera gallega, al cual le decíamos "El Galleguito". Eramos todas mujeres, él era el jefe de las salidas por el jardín... hace poco lloré la muerte del Gallego, como la de un hermano... Recuerdo aquella casa llena de gente donde la mesa se ponía para diez. Cuando cumplíamos doce o trece años, los chicos ya podíamos una vez por semana comer con los grandes. A pesar de que teníamos terribles peleas - porque todos eran muy gritones - vivíamos en paz. Me acuerdo de las imágenes de otro siglo, mi abuelo frente a la estufa de leña con algunos de los hijos o algún nieto grande jugando al ajedrez. La casa era muy linda, esas casas de antes, grande como un hotel, la habitábamos veintidós personas. En esa infancia maravillosa el dolor más grande sucedió cuando supimos que había que vender la casa. Hubo que esforzarse mucho para que mi abuelo no se enterara. El murió y dejó un testamento como si fuera millonario... no tenía nada. Cuando yo sueño cómo debe ser el cielo, siempre pienso que es como esa casa... esa casa era como una especie de equivalente de la felicidad".
La infancia de China está indisolublemente ligada a importantes referentes de la cultura uruguaya. Sus recuerdos familiares involucran también la trayectoria de grandes impulsores del arte de nuestro vecino país: "Papá - el artista uruguayo José Luis Zorrilla de San Martín - era escultor y conoció a mamá porque era muy amigo de mis tíos. Toda la obra escultórica de papá está en la casa de Punta Carretas, que era la casa de mi abuelo paterno. Ahora es el Museo Zorrilla. Mi abuelo paterno - Juan Zorrilla de San Martín - era escritor. Lo recuerdo muy bien, yo tenía 10 años cuando murió. Tuvo catorce hijos, se casó con dos hermanas, primero con Elvira Blanco con quien tuvo cinco hijos y a quien le dedica el libro "Tabaré". Después de enviudar se quedó sólo, estaba exiliado en la Argentina. Al volver a Montevideo con sus cinco hijos - todos de negro como se usaba en aquella época - se casó con la cuñada, la hermana de su mujer que se llamaba Concepción como yo y tuvo con ella ocho hijos varones seguidos y una mujer. El mayor era mi papá, hijo del segundo matrimonio de mi abuelo. En esa familia hubo de todo. Tenía un tío que era un gran violinista, también había un pianista, había dos poetas, dos cantantes - las dos hermanas de papá eran cantantes estupendas - así que no es raro que yo tuviera esta vocación de teatro que tuve desde chica. Me acuerdo como mamá y papá se divertían juntos, cantaban de golpe a dos voces viejas canciones de cuando eran jóvenes, nosotros nos moríamos de risa. Los dos tocaban bien el piano, mamá había estudiado y papá tocaba de oído. Toda la cultura que puedo tener en la vida es por haber almorzado con papá, porque siempre contaba algo que valía la pena recordar. El me dio la clave del teatro, era un gran recitador : "vos tenés un instrumento que no parece demasiado importante: tenés la voz...¿qué se puede hacer en el teatro? podés hablar... fuerte o despacio, lento o rápido y podés pausar, y con eso tenés un millón de posibilidades".
Ahora sus recuerdos se detienen en su madre, una mujer llena de sabiduría que encontró la forma de explicar el eterno juego de la vida y la muerte: "Mi madre era un personaje, murió casi a los noventa y cinco años. La única equivocación de mamá fue decir "la primera que se va a casar es China, la primera de las cinco, la primera que se va a llenar de hijos". Yo soy la única soltera, mis hermanas se casaron todas. Mamá era muy graciosa, tenía una especie de miedo infantil a todo lo que tuviera ver con la muerte, no se podía hablar de que se moría alguien, ella no se quería enterar: "no me cuenten", pedía. A los noventa y cinco años ya estaba muy flaquita, no tomaba remedios, porque no estaba enferma... nosotros pensábamos con mis hermanas: "se tiene que dar cuenta de que está muriendo". Recuerdo que yo estaba haciendo Eva y Victoria en Buenos Aires e iba los lunes y martes a verla a Montevideo (nunca pensé que cambiaba de país cuando iba de Montevideo a Buenos Aires: eso no era "viajar). La última vez que fui estaba muy coqueta con su pelo blanco inmaculado. En la mesa de luz había sólo un vasito de agua, ni un remedio. Mi mamá no estaba educada en la religión, sin embargo me llamó y me dijo: "Fijate que bien hechas que están las cosas, ahora que es inminente el paso al otro mundo, el miedo ha dejado lugar a la curiosidad" Su cara era como la de un chico que iba a entrar a un parque de diversiones. Al rato miró por la ventana y se murió".
Los recuerdos ahora van y vienen, dibujando un espiral que se bifurca al ritmo de sus viajes: "los primeros años de mi vida los viví en París. A papá le habían encargado en Montevideo el Monumento al Gaucho y fue a realizarlo a París, donde vivimos cuatro años. Con mis hermanas nunca dejamos de hablar francés. Y muchos años después me sirvió para ganarme la vida en Nueva York donde trabajé como profesora en un colegio muy importante. Después volví a París muchas veces, en una época estuve dos años en la casa de unos amigos escribiendo periodísticamente para el diario "El País". Pero lo impresionante fue lo de Londres... Mientras trabajaba en la Embajada de Francia en Uruguay, vi que en un diario anunciaban una beca para estudiar en Londres. No se presentó mucha gente porque era muy inmediato después de la guerra, pero yo quería ir a estudiar teatro y además sabía inglés. Había tan pocos candidatos que me dieron la beca. Para vencer la resistencia de mi familia les anuncié que me iba con una prima, Gigí Marcot, pero unos días antes de partir ella canceló el viaje y yo no se lo dije a nadie. Cuando me fueron a despedir al puerto preguntaron: ¿y Gigí? No - les dije - ella no viaja. Y entonces tuvieron que aceptar que me fuera sola. Llegué a Londres, todo bombardeado todavía. Lo que se comía era racionado, y se necesitaba la Libreta de Racionamiento: si no la tenías no comías. ¡Y yo perdí la libreta! Le dije a un amigo lo que me había pasado, y me sugirió que pida otra en cualquier comisaría - ¿pero me van a creer? - y el contestó ¡como no te van a creer! La única cosa que había que hacer para tener dos libretas en vez de una era decir: "la perdí", y listo, nadie dudaba... Así fue como empecé a adorar ese país. Cuando llegué a casa encontré la otra... podría haberme quedado con las dos y hubiera sido una semana en la cual habría comido dos huevitos en vez de uno, dos gramos de leche en vez de uno...sin embargo no pude guardármela... fui y la devolví. Ese invierno fue atroz, indescriptible, hacía la misma temperatura adentro que afuera de las casas. Yo en un delirio me había comprado un traje de esquíes... y me sirvió para dormir de noche. Dormía con un calzoncillo de lana, un pantalón de lana, medias de lana, botas, camiseta, pullover, saco, y guantes. Hasta el día de hoy el inglés es mi segundo idioma, lo hablo con acento pero con un vocabulario que no tengo en francés porque era muy chica cuando lo aprendí. En esos años de Londres fui realmente feliz... Si no hubieran estado en Montevideo mamá, papá y mis cuatro adoradas hermanas, no me hubiera ido nunca de Londres. He viajado mucho, y a Londres volví después con poca suerte: no me di cuenta que era Navidad y estaba todo tan lleno de arbolitos que parecía una calesita. Yo en cambio quería ese Londres oscuro, cuando para ahorrar energía cortaban la electricidad durante cinco horas por día y estaban prohibidas las estufas a leña. Yo quería ese Londres con esa neblina en medio de la cual no se ven ni siquiera las manos. Yo quería ese Londres de los tiempos en que todos estaban festejando, pero no porque habían ganado la guerra, sino porque la guerra había terminado".
Claro que inevitablemente la charla se vuelca hacia su gran pasión: el teatro. Resulta impresionante escucharla hablar con fervor de sus proyectos y sus amores: "Yo quisiera despedirme de Buenos Aires con una gran comedia y que la gente se ría". Sencilla y frontal, rescata a la comedia como una experiencia artística necesaria para todos: "Las dos máscaras del teatro son del mismo tamaño. La tragedia no es más importante que la comedia y ésta además es mucho más difícil. Yo sé hacer comedia, nací con ese don, sé hacer que la gente se ría".
Finalmente llegó el momento de "hablar de amor", aunque China toca el tema con cierta reticencia: "Yo pertenezco a la generación que decía: de eso no se habla; a tal punto es así que tengo cinco amigas íntimas y nunca se me hubiera ocurrido preguntarles nada. Tuve un romance con una persona muy famosa en Montevideo y no se enteró nadie. Ahora él escribe sus memorias y lo cuenta, pero lo cuenta muy bien. Me dijeron China ¿como hacías?, porque él era tan conocido como yo y sin embargo no se sabía. Estuve de novia mucho tiempo y estaba dispuesta a casarme, pero pesó más el teatro. Más tarde conocí al hombre que más he querido en mi vida: por ese hombre sí hubiera dejado el teatro y un brazo. Fue muy fuerte, hasta hoy... detrás de mi papá, esta él.
En un momento, cuando tenía cuarenta años pensé en adoptar un hijo, y cuando les conté a mis sobrinos me dijeron ¿otro?. Ahí me di cuenta de que era innecesario, yo era como su segunda madre."
Y por último hablamos sobre el destino y la meta de su trabajo, de su historia, y de su vida, el público: "El cariño que me da la gente es impresionante pero tiene dos caras. Lo sintetizo en una frase de María Casares quien dice que vivió toda su vida con dos sensaciones irreconciliables: "la necesidad de la notoriedad" y "la nostalgia del anonimato".
Dos sensaciones que China conoce bien, pero que en su mundo no resultan opuestos ya que ella es capaz de integrar las más disímiles experiencias: amor y dolor, cercanía y ausencia, quietud y viajes, compañía y soledad y transformarlas en un colorido círculo de vivencias e ilusiones. Optimista por naturaleza y elección, prefiere mirar la vida como una gran obra de teatro, un lugar donde todo puede pasar y en el cual , burlando las apariencias - abundan los finales felices. China de Montevideo y Buenos Aires. China de las clases altas y bajas. China de todas las edades y de todos los misterios. Un mosaico de historias la dibujan sin poder contenerla. Como ocurre con una obra de arte, sólo es posible disfrutarla.
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