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Texto: Silvio Mario Valli
«Espíritus atrapados entre las piedras». |
| MACHU PICCHU Y CUZCO |
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"Alta ciudad de piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondió en las dormidas vestiduras.
En ti, como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas."
(Pablo Neruda)
Cuando el avión que me llevaba desde Lima, Perú, sobrevolaba la ciudad de Cuzco dispuesto a aterrizar en el Aeropuerto de Puno, confundí el acelerado latir de mi corazón: ¿sería el soroche, es decir, el apunamiento por la altura o la emoción de acceder a la cristalización de un sueño que me obsesionó durante muchos años? El imponente Machu Picchu o "Viejo Pico", que preside la ciudad perdida del Imperio Inca por fin estaba a mis pies. Emplazadas en la cima de una montaña casi inaccesible, sobre el majestuoso Cañón de Urubamba, y enmarcadas por una agreste y esplendorosa naturaleza, se hallan las ruinas de Machu Picchu, la "Ciudadela de Piedra". Una salvaje vegetación escondió sus templos construidos en granito, los acueductos, las fuentes, las tumbas, las terrazas y las incontables escaleras durante más de setecientos años, hasta que un joven profesor de Historia Latinoamericana de la Universidad de Yale, Hiram Bingham, la descubrió en 1911. Cuentan que se quedó maravillado con el espectáculo que tenía ante sus ojos. No se sabe cuántos siglos antes, ejércitos de albañiles habían construido estos muros, cortando las rocas y transportándolas a mano. Otros tantos obreros habían llevado hasta allí, quizás desde el valle inferior, toneladas de tierra, para convertir aquel lugar, que aún hoy es fértil, en cultivable.
Tal vez la mayor joya arquitectónica que encierra Machu Picchu sea su conjunto de muros inclinados. Situada a dos mil noventa metros sobre el nivel del mar, se cree que fue construida para rendir culto al Sol y sus distintos templos representan el trabajo de generaciones de maestros artesanos. No hay dos piedras iguales, cada una fue tallada para ocupar un determinado lugar, con ángulos caprichosos y protuberancias meticulosamente labradas que encajan unas con otras, como si se tratara de las piezas de un rompecabezas. En la construcción no se empleó argamasa; sin embargo, la unión entre dos piedras es tan perfecta que no se puede introducir ni la hoja de un cuchillo. Las principales calles de la ciudad forman escaleras; hay cerca de un centenar, entre grandes y pequeñas. La avenida central va en escalones consecutivos desde el nivel inferior, pasando ante docenas de casas, hasta la cima de la ciudad. Hoy, sus restos abarcan más de cinco kilómetros cuadrados.
Mientras la recorro, muros ciclópeos, torreones y escalinatas, magníficas terrazas y murallas talladas en la roca, rodean y cotejan mi presencia. Ruinas de tamaño colosal monopolizan las miradas. Todo está inundado de una extraordinaria belleza: sin duda alguna, la obra de ingeniería más asombrosa del esplendor Inca, está ante mis ojos.
Recordé a Jacques Pirenne, historiador y biógrafo de la civilización egipcia, por dos principios básicos del ordenamiento urbanístico que el guía nos advirtió: la cualidad panorámica y su integración con el paisaje. La ciudad se divide en dos mitades: La Hurin (baja) y La Hanan (Alta) claramente perceptibles en su trazado. Los principales sectores de la Ciudad Perdida son: La Casa de la Ñusta (Casa del Inca), El Torreón Militar, El templo de las Tres Ventanas y El Intihuatana o Altos del Sol.
La importancia arqueológica y arquitectónica del lugar hizo que fuera declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1983. Sus distintos tipos de edificaciones - militares, religiosas o residenciales - permiten reconstruir la vida cotidiana de los Incas y ahondar en el conocimiento de sus métodos urbanísticos y cimentación arcaica.
Al perderme en los laberintos de la historia, el paisaje me remonta hacia el siglo XVI cuando los indígenas, víctimas de un misterioso mal, morían por millares. Los hombres de Francisco Pizarro habían sido confundidos con seres divinos. El Imperio se desangraba en una oscura guerra civil que entregó el país a los invasores extranjeros. El fin había comenzado. Tupac Amaru fue hecho prisionero y llevado al Cuzco con una cadena de oro al cuello para ser torturado en presencia de una inmensa multitud de indios postrados que lo llorarían durante días.
Cerca de allí se levanta Cuzco, antigua capital del Imperio de los Incas y suntuosa urbe de la Colonia, que acumuló y aunó riquezas arquitectónicas de ambas culturas asombrando a propios y extraños. Es una ciudad hecha de piedra, que en su apogeo tenía la forma de un enorme puma y que brilló esplendorosa como sede del Gran Tahuantinsuyo.
Dice la leyenda, que el Cuzco se erigió en el lugar en el que se hundió la barra de oro que portaba el Inca legendario, cuando surgió de las aguas del río Titicaca, con su compañera Mamá Ocllo, enviada por su padre Inti (Sol). La piedra de los doce ángulos, El Palacio de Manco Capac (Colcampata), El Pucará (Fortaleza), El Tambomachay, lugar del descanso del Inca, La Fortaleza de Sacsayhuaman, las iglesias y museos, son algunas de las bellezas de Cuzco.
Pero si algo quedará indeleble en mi espíritu es la Casa del Inca Garcilaso de la Vega, autor de "Los Comentarios Reales", que es la más valiosa obra documental del antiguo Perú. Garcilaso de la Vega es el príncipe de las letras peruanas, fue el primero en estampar su nombre en la historia de la literatura española, al punto tal que sus restos se hallan en Córdoba (España) y sobre su tumba reza el siguiente lema: "Ilustre en sangre, valiente de armas y perito en letras".
Hoy, cuando mayas, incas y aztecas fueron diezmados en aras del "progreso", la historia continúa por otros medios... non nova-sed nove (nada nuevo-formas nuevas). Sin embargo sus obras perduran, más allá de la destrucción impuesta por la "civilización", como una forma de recordarnos que – a pesar de las apariencias – el tiempo no se mide con la vara de los poderosos, sino con la resistencia que imponen la sabiduría y la belleza.
"Hay ciertos lugares donde viven los espíritus atrapados entre piedras. Esos
lugares, construidos por hombres antiguos y hoy abandonados, fueron tan
sagrados que su energía continúa vibrando durante siglos. Es casi imposible
pisar esas piedras sin sentir el clamor del pasado y la tremenda fuerza allí
concentrada..." (Isabel Allende)
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