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Texto: Lic. Kamala Bonifazi
«Bonhomía, comicidad y transgresión». |
| ALBERTO OLMEDO |
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Generoso Quijote de la noche.
Te llenaste los bolsillos de tristezas
y saliste a caminar por las estrellas
dejando un amigo en cada mesa.
Le pusiste risas a la noche
y en cada copa un poco de tu vida
y en tu vuelo de gorrión sin esperanza
me dejaste solo en tu partida.
"A mi amigo Olmedo” (Jorge Porcel, 5 de marzo de 1988)
Inquieto, audaz, equilibrista, buscavidas, chaplinesco, edificó un culto a la amistad por el cual sería inmensamente respetado, primero por sus compañeros de infancia y luego por el ambiente artístico. El día que nació, los astros lo predestinaron como un elegido. Ya tenía su estrella y por algunos designios le fue asignado su nacimiento el 24 de agosto del año 1933, en un conventillo de la calle Tucumán 2765 del barrio Pichincha, en la ciudad de Rosario, Santa Fe, Argentina. Desde pequeño palpitó el ferviente deseo de ser un famoso artista y poseer dinero para compartirlo. Deliraba fantaseando con situaciones disparatadas, las mismas que con el tiempo, cobrarían vida.
El personaje que lo lanzó definitivamente fue Capitán Piluso. Con Coquito, Humberto Ortiz (su amigo inseparable) entretejían absurdas y desopilantes aventuras para los pequeños. Luego vendría una interminable sucesión de programas exitosos para adultos. Buenos Aires se paralizaba en esos horarios televisivos donde se emitían sus ingeniosas y desopilantes ocurrencias y llegó a hablarse de un fenómeno social: el olmedismo.
Lo cierto es que le costó muy poco revolucionar definitivamente el humor de los argentinos porque, dotado de un don único, internalizó la comicidad y la manifestó de un modo diferente. De allí que su legado persiste y ningún cómico logró igualarlo.
Por ello la televisión argentina siente aún un profundo e indescriptible vacío. Se extraña a Alvarez conversando con Borges, dupla magistral que conformara junto a Javier Portales. Este binomio insuperable, que no poseía libreto, dio como resultado una mezcla mágica de pura improvisación.
Los directores Hugo y Gerardo Sofovich y también Enrique Carreras confiaron a ciegas en Olmedo y produjeron casi todas sus películas y tiras televisivas, especialmente las que realizara junto a su partenaire profesional Jorge Porcel.
Las mujeres lo amaron, era un seductor nato. La productora Judith Jaroslavsky, su primera mujer, le dio tres hijos. La segunda fue la vedette Tita Russ con la cual tuvo dos hijos y su tercer amor Nancy Herrera, madre de su hijo menor, a quien Alberto, lamentablemente, no alcanzó a conocer. Con todos ellos fue un padre intachable.
También adoraba las reuniones con amigos y la noche, quizás porque allí, se encontraba con todas sus estrellas…Y así Chiquito Reyes, Rogelio Roldán, Juan Carlos Casas, Alfonso Pícaro, Osvaldo Martínez, Tate Ostrowiecky, Susana Brunetti, María Rosa Fugazot, César Bertrand, Tato Bores, Alfonso García Grau y Juanito Belmonte conforman una galería interminable de afectos entrañables.
Por todo ello, por lo que implica el desafío de delinear la fisonomía de un grande, preferimos que su historia retome el justo vigor a través del propio y más auténtico testimonio que realizaran sus amigos y alguna vez nuestro querido Negro Olmedo… Y así, humilde y con esa eterna bonhomía que lo caracterizó siempre, evoca… "Mi origen fue la pobreza, el conventillo, la cocina al fondo. Un baño para seis piezas. Mucho frío y a veces ropa prestada. Empecé a trabajar a los seis años y la cosa se convirtió en un juego. Para mí fue más dramático ir al colegio que hacer el reparto en una verdulería. Y eso que le daba duro. Me acuerdo que a las cuatro de la mañana ya nos íbamos con el carro. Apenas unas treinta cuadras, pero el viaje duraba como media hora. Claro, el carro estaba bastante viejo y el caballo más que el carro. De esos viajes casi siempre volvía tirado, durmiendo entre los lienzos de lechuga, a veces comiéndome una bananita. Después de ese trabajo pasé a uno mucho más bacán. Fui cadete en una farmacia, ahí ya iba empilchadito, era otra cosa. Ganaba algo así como catorce pesos y en el barrio ya me miraban de otro modo. Pero lo más lindo era que debía hacer el reparto en bicicleta sobre todo porque yo no tenía una. Además iba al colegio. Un día dejé la farmacia, esta vez por dinero porque tuve otra oferta: un carnicero me ofreció dieciocho pesos y ni lo pensé, me fui volando. No tenía mucho tiempo para jugar como los otros pibes de mi edad. Al mediodía hacía también el reparto de masas de una confitería, después iba a mi casa a almorzar y al colegio nuevamente; a la tardecita volvía a la carnicería. Por el tipo de vida que llevaba aprendía muchas cosas más que la mayoría de los chicos. Para mí, no era ninguna tragedia tener que trabajar mucho, nunca lo sentí como una carga. Claro que a veces no me gustaba levantarme temprano, sobre todo cuando hacía frío. Yo por entonces era flaquito, alegre, simpático, la gente me quería mucho, tenía una gran clientela. Después de la carnicería hice changas, de esas que duran un día, un mes y chau. A los once o doce años fui repartidor de pan. El dueño me preguntó si sabía manejar un carro, le dije que sí y a los tres días me enganché con un tranvía, y por supuesto me despidió. También vendía baratijas con Salvador Naón, quien después fue un maestro de la comicidad. Por ese entonces hacíamos unos negocios bárbaros con él. Pronto entré en una imprenta: allí aprendí el oficio, fui minervista, planista, linotipista. Esto último era lo que más me gustaba, ya que por ello tenían que darme un vaso de leche porque era considerado trabajo insalubre. En ese entonces ya tenía quince años y empecé a hacer acrobacia. A la escuela la fui haciendo a los ponchazos, porque nos mudamos varias veces. El secundario hubiera sido lindo pero no lo terminé, en el fondo todos pensamos alguna vez en ser doctores, abogados o ingenieros, pero en mí no fue así. Nunca me gustaron los horarios. De la imprenta me mandaban a hacer el reparto de plomo y se agarraban la cabeza porque nunca sabían cuándo volvería. Había un ombú muy grande al lado del Paraná y cuando pasaba por allí me quedaba a apolillar un rato. Muchas de las cosas que aprendí en la calle con los amigos mayores, luego me sirvieron para mi trabajo. De repente me aparece algún gesto, un bocadillo, una imagen, un olor que me recuerda ciertos lugares, ciertas cosas, ciertos hechos. En aquella época sentía el frío de la bicicleta, y después también el frío de la casa. Y a esos años que fueron así no los puedo recuperar. Por más camiseta que me ponga, ese frío me lo comí y lo llevaré siempre conmigo. Es una tristeza muy personal, pero me ayudó a pelear, a pelear por mí.”
"Con Osvaldo Martínez nos conocimos en el barrio Pichincha de Rosario, vivíamos muy cerquita, hacíamos gimnasia juntos. Como su mamá era viuda y Osvaldo trabajaba yo me quedaba largas horas con ella, me daba de comer cuanto quería y también tareas para hacer cuando veía que yo no hacía nada; las hacía tan mal -como pintar o rasquetear puertas- que un día me dijo: mirá Alberto, mejor, no hagas nada, pero a pesar de todo sé que me amaba como a un hijo. En esa misma época unos señores me regalaron unos zapatos combinados, blancos y marrones, y muy puntudos. Me los ponía y me empezaban a caer los lagrimones. Osvaldo me veía sufrir tanto debido a los callos que me sacaron, que me obligó a tirarlos. Con él nos criamos juntos y compartimos el primer cigarrillo. Era mi hermagasano, yo hablaba en ese dialecto que nadie entendía. También actuábamos en el Centro Asturiano formando un dúo. Tan mal no nos fue, hacíamos reír y mucho. Chiquito Reyes era también mi íntimo amigo, mi amigo dilecto. Nos conocimos en el grupo de gimnasia de Newell’s y desde allí no nos separamos nunca más”.
Serpenteando los recuerdos, nos dice el propio Chiquito Reyes: "Recuerdo que con Alberto, durante largas horas nos sentábamos a conversar sobre nuestras vidas, de nuestros problemas. Un día se puso a contarme del chiflete, porque en su pieza entraba viento por un agujero y él se quejaba: ¡Qué frío! Anoche me agarró el chiflete. Con los años fui a verlo al Negro Olmedo a Buenos Aires, ya era famoso y se había casado en segundas nupcias con Tita Russ. La casa era tan hermosa…las paredes llenas de cuadros, una escalera de madera, un jarrón chino, una hermosa mesa, lindas sillas; me senté en un sillón y le dije: Negro, ¡Qué bárbaro! ¡Qué linda que tenés tu casita! Se me quedó mirando, agachó la cabeza, levantó los ojos y me contestó: ¿te acordás del chiflete? Con Alberto nos conocimos en el año 48, teníamos quince años y hacíamos acrobacia juntos. Yo era la estrellita, hacía el número final de dominio muscular. Después de la actuación armábamos bailes, yo debido a mi pinta siempre ganaba y sacaba a bailar a una chica. El flaco Martínez y yo teníamos asegurada la compañía, pero el Negro quedaba siempre solo. Recuerdo que nos amenazó: Un día de éstos los voy a atar a vos y al flaco y voy a estar con la mejor mina. Ustedes se van a morir de envidia porque los voy a tener atados mirando. Creo que la venganza vino con el sketch de Chiquito Reyes, el boludo al que le afanan la mina. Ese fue el castigo, pero me hizo famoso. En esa época el Negro siempre me decía: Algún día voy a tener a la mejor mina delante de mí, voy a ir al mejor restaurante, con la mejor comida, el mejor champagne, un Chesterfield y después, cuando termine, voy a agarrar el mantel y ¡faaaaa! Tirar todo. Y cuando venga el mozo a gritarme, pongo cara de póker y le digo: Shhhh ¿cuánto es acá? ¿cuánto se debe? Y hacía el gesto de contar la plata con los ojitos cerrados. Soñaba con eso de pibe, cuando no teníamos un mango. Sé que después lo hizo en lo del Gallego Fechoría. Se dio el gusto”.
Un salto temporal, nos hace retomar el hilo narrativo y escuchar atentamente aquello que Olmedo evoca con mucha nostalgia: "…Podría decir que a los siete años era un hombre y que a los doce andaba en lugares pesados. A los diecisiete años comencé a definirme, a saber lo que me gustaba. Ahí empieza mi vocación, un poco gracias al Centro Asturiano de Rosario y al Club Newell’s donde, como dije, hacía acrobacia. En esa época había conseguido el rebusque de la claque en la Comedia, es decir nos habían contratado para reír y aplaudir y allí vi que la gran posibilidad de hacer plata estaba en el teatro. El hambre me dio agilidad para sobrevivir en la calle y también la decisión para tomarme el buque, porque en Rosario no pasaba nada. Un día me hice amigo de Pancho Guerrero, que también era rosarino pero estaba trabajando en Buenos Aires. Junté quinientos pesos de la claque de la Comedia y me tomé el micro. Fui a la casa de Pancho, la vieja me atendió de maravillas, me daba de comer una barbaridad. El me iba a conectar con el ambiente artístico, yo iba a ser apuntador o bailarín, algo iba a ser. Creía que todo era muy fácil, era un caradura, pensaba que podía bailar en el Maipo. Y Finalmente Pancho Guerrero me hizo entrar en el Canal 7. En 1955, en una cena de fin de año, hice una improvisación que maravilló a los directivos y mi destino tomó carrera. Por entonces, se entraba al canal como tira cables o como switcher. Recuerdo que siendo switcher llegué a tener hasta tres programas. Pronto me sentí un viejo tipo de televisión. Dominaba muchas cosas dentro de ella. En aquella época ya comencé a jugar con las cámaras a mi antojo, a aparecer y a desaparecer y a mostrar ciertas cosas, los decorados pobres… me pintaba la cara, me disfrazaba, mezclaba las imágenes. Conocía todos los secretos y los recovecos del canal. Eran los tiempos de Globo Fontanals, El Vasco Luperena, de Borda, de todos ellos puedo decir que aprendí algo valioso.”
Chiquito Reyes vuelve al ruedo y recuerda… "Al Negro no le gustaba el fútbol, era maleta y ni siquiera sabía el nombre de los jugadores pero, por supuesto, era de Central, como nosotros. El tenía algunas frases que usaba siempre. Una era: Para el cuerpo, lo mejor. Si alguien no podía estar con él porque tenía otra cosa que hacer, decía: Hacé la tuya, que era como decir: Yo estoy con vos, hacé lo que tengas que hacer, yo te comprendo. También decía que en su código un amigo jamás debe querer saber más de lo que uno quiere contar.”
Según Chiquito había un tema que lo ponía mal a Alberto: "Cuando estábamos los dos solos me empezaba a hablar de su viejo, al que no había conocido. Un día, cuando el Negro estaba actuando en Rosario, me llamó Tita Russ y me dijo: El Negro tiene una sorpresa para vos. Fui al teatro, él estaba con un señor mayor, muy elegante y me lo presentó: mi viejo, me dijo. Nos abrazamos los tres y nos pusimos a llorar. Fue un alegrón, porque yo sabía muy bien lo que significaban esas dos palabritas en la boca del Negro. El padre se llamaba José Mautone, se había casado a los 17 años con doña Matilde, su madre, pero después se separó y formó otro hogar siendo Alberto muy pequeño. Matilde siempre siguió sola. El Negro andaba por los cuarenta años cuando se reencontró con el padre y desde ese momento lo atendió a cuerpo de rey, hasta cuando don José murió, en 1986. Eran muy parecidos. La primera vez que lo vi me di cuenta de dónde venía la estirpe del Negro, su caballerosidad y la vena artística.”
El excelente trabajo titulado "Queríamos tanto a Olmedo”, investigación dirigida por el periodista Sergio Ranieri, cuenta cómo un día, en los pasillos de Canal 7, la productora Judith Jaroslavsky conoció a un técnico de televisión de mirada triste y apellido Olmedo y se enamoró perdidamente. Así nos retrotrae Judith, su primera mujer, a aquella época: "Yo trabajaba de Secretaria de Producción en el viejo Canal 7 cuando el Negro entró como switcher. Y me fue trabajando despacito. Me hacía un personaje, usaba poleras altas y me miraba con ojitos tristes. Así me fue conquistando. En el ’56 nos pusimos de novios y en el ’57 ya se quería casar, pero a mi mamá le parecía muy pronto y pidió que esperáramos un poco. Al final fijamos fecha para marzo del ’58. Hicimos la fiesta en una boite, luego nos fuimos a vivir a un hotel, era una habitación chiquita con baño porque no nos alcanzaba para un departamento. También nos compramos un autito, un ratón con dos puertas y tres ruedas. Alberto debutó en el ’56 en un programa que se llamaba La Trouppe de TV. La primera vez que hice producción para él fue un año después, cuando hacía el monólogo de El Profesor de Locutores en La Revista de Jean Cartier, la que se hacía dentro del Palais de Glace, que funcionaba como estudio mayor del Canal 7.”
"Siempre llegaban a fin de mes tecleando”, cuenta Piruco Guerrero, "en el canal después del veinte, el Negro andaba con una lista larguísima de papel y te decía: Esperá que te anoto, no decía te voy a pedir prestado, sino vení que te anoto. Esa lista era espectacular, tenía todo registrado: Fulano, treinta pesos; Mengano, veinte pesos, y así uno por uno. Cuando cobraban el sueldo, le devolvían la plata a todo el mundo y a los quince días empezaba a mangar de nuevo. Recuerdo otra anécdota: la televisión empezaba a las cinco y nosotros teníamos que entrar a las cuatro al canal. En verano nos íbamos a tomar sol al río con Alberto. Allí fundamos el Croting Club, es decir, el club de los crotos. Como llegábamos tostados al canal, nos empezaron a preguntar a dónde tomábamos sol, así que armamos un camelo tremendo: - Vamos al Croting Club - ¿Y qué es eso? – Mirá es muy difícil hacerse socio, hay que tener recomendación - ¿Y cómo entraron Uds.? – Un tío mío nos presentó, pero es muy complicado entrar. El verso fue creciendo hasta que un día Nelly Prince y Pinky nos pidieron que las lleváramos al famoso club. Después de hacernos rogar bastante, aceptamos. Para llegar había que bajarse del tren y caminar como ocho cuadras hasta el río. Hasta último momento, ellas creían que era un club de primer nivel. Cuando vieron que no había ni siquiera un arbolito y que nos cambiábamos ahí mismo, casi nos matan.”
Pasaron los años y el Negro, rememora su primera mujer, dejó el puesto de switcher recién cuando se sintió seguro con Piluso. No se animaba a largar la botonera pero Canal 9 le ofreció un contrato buenísimo y decidió renunciar al 7: "Al tiempo, Kart Lowe, el director del canal, le ofreció al Negro presentar un ciclo de dibujos animados. Empezó haciendo copetes de cinco minutos y terminó pasando un solo dibujito y haciendo el programa de Capitán Piluso. En medio de la fiebre de Piluso recibíamos ofertas para hacer todo tipo de negocios: muñecos, remeras, revistas. Recuerdo que a la pelea entre Piluso y Martín Karadagian en el Luna Park la vi desde la primera fila. Yo estaba embarazada. En julio del ’64 nació Mariano, el tercero, y en octubre de ese año nos separamos. Después el Negro intentó volver… pero hay cosas que no quiero recordar. El Negro fue el único hombre que amé en mi vida.”
Luego del testimonio valioso de su primera mujer, recurrimos a otro amigo: Juan Carlos Casas. Durante veintitrés años fue su secretario personal y amigo íntimo. "Mi nombre es Juan Carlos Casas: Mamarracho. Me llamo así porque hace más de treinta años que hago un payaso bautizado por el recordado Fidel Pintos. El Negro apreciaba mucho mi laburo. Lo conocí en los pasillos del canal porque yo era secretario de Juan Carlos Altavista y además, a veces, laburaba como actor. El Negro me ofreció trabajar con él cuando Altavista dejó de hacer televisión, y fui su secretario durante veintitrés años. Para mí fue un amigo, él nunca fue patrón de nadie. Decía que sus amigos se podían contar con los dedos de una mano y yo estaba entre ellos. Me tenía mucha confianza: sacame de la cartera tal cosa, pagá esto. Yo le ordenaba el camarín. Cuando cobraba algunas cuentas y le traía mucho me decía: ¡Ah, esto sí que es una alegría grande! Algunos negocios se los cobraba yo, y otros Pepe Parada, que hacía de representante; él lo mandaba: Andá a cobrar esto, si me representás, te doy el cinco por ciento, y el cinco por ciento del Negro era mucha plata. Yo tenía encima una libretita para anotar las ideas que se le ocurrían. Salíamos mucho, y una vez que la mesa se hacía larga, entretenida, empezaba a inventar. ¿Viste que gustó eso?, anotámelo. Quedaron algunos sketchs que se le ocurrieron así y que no alcanzó a hacer. El Negro era muy bohemio, un payasito alegre. Hacía picardías y la gente no se daba cuenta. En cualquier parte inventaba algo para divertirse. La primera vez que entró al Canal 13 vio todo tan quieto que al día siguiente entró tirando cohetes y gritando: ¡alegría! ¡alegría! Hasta el gordo Porcel se asustó. Tenía mucho adoquín, ayudó a mucha gente. No era ambicioso, le gustaba pasarla bien. Lo único que quería era que sus hijos estuvieran bien, y sus mujeres… ¿Cuántas mujeres tengo? me preguntaba. ¿Cuántas tengo, tres? ¿Le pagaste a Fulano, le pagaste a Mengano? ¿Quién queda? Yo le decía: Vos también, tenés tantas mujeres, Negro… Y también le preocupaba su madre, no sabía cómo complacerla. Por entonces, todo era éxito: Operación Ja, Ja, El Botón, El Chupete, Alberto y Susana, No toca Botón, El Manosanta y tantos otros sucesos televisivos. Como yo fui quien levantó el camarín después que murió, aún conservo la ropa del Manosanta, el traje de Pilusman, y la última remera, la gorra y la gomera de Piluso. A veces charlábamos del futuro. Pero por lo general la cosa era disfrutar el momento. Siempre tenía una caja de vino fino en el baúl del auto, además de la raqueta y del palo de golf. Pero en la última época no andaba bien, estaba agotado, no hablaba, no dormía, se quería ir a París por quince días. De vez en cuando yo iba a comer al mismo lugar donde él estaba cenando con sus cinco hijos, y me sentaba en otra mesa para no interrumpir. Pero el Negro me llamaba: ¿qué estás haciendo ahí? ¿Por qué no venís acá? Yo le contestaba que no quería molestar, pero él insistía, y cuando el mozo nos servía, le decía que estaba comiendo con sus seis hijos. Aunque yo era más grande que él… desde que falleció, al Negro lo sueño siempre. Va a ser Gardel. Me gustaría que nos decidiéramos a hacerle un monumento.”
Pelusa fue otro amigo rosarino dueño de su restaurante preferido, quien rememora refiriéndose con melancolía a aquellos años..."Me hice amigo del Negro cuando los muchachos lo empezaron a traer, cada vez que venía de Buenos Aires, al restaurante que yo tenía en el Deportivo América, hace ya tantos años. Después me mudé a Alvear y Córdoba. Casi todas las anécdotas que tengo con él son incontables: muchas travesuras, chicas, noche y madrugada. Recuerdo que Alberto, para tomar era muy exigente, y para comer, un bifecito, capelletis a la Caruso o pescado a la parrilla, y la rúcula, que le encantaba. En Buenos Aires no había, así que me tenía a mal traer para que se la consiguiera. Pelu, tenés que poner botellas de vino en los estantes para que se vean bien. Me decía: tenés que renovarte, petiso. Y yo le hacía caso. Cambié el baño, el piso, puse las botellas, hice el patio… pero el patio no lo vio, le hubiera gustado mucho.”
Acercándonos al final de esta historia, Chiquito Reyes recuerda: "Otro gran amigo de ambos era Alberto Cortez, recuerdo cuando caímos los tres en El Torreón a la una y media de la mañana, empezamos a tomar unas copas, Cortez se sentó al piano, cantó alguna cosita y después nos largamos con las canciones asturianas que tanto le gustaban al Negro. También bailamos flamenco y tango. Estuvimos desde la una y media de la madrugada hasta la una y media de la tarde. A la mañana nos trajeron las famosas medialunas de El Torreón con champagne y la seguimos. Después nos fuimos a dormir la siesta porque el Negro tenía función a la noche. Me acuerdo que cuando salíamos le dije a Fernandito, el hijo mayor del Negro: -¿Qué hace toda esta gente desnuda acá? - Son turistas, Chiquito, van a la playa. -Esto es Mar del Plata-, me respondió. No teníamos ni noción de donde estábamos. Nos volvimos locos. Creo que esa noche me despedí del Negro. A veces nos juntamos a charlar con Alberto Cortez, y tenemos que esforzarnos para enfriar un poco la cosa, porque nos damos cuenta de que hablamos del Negro en presente, como si estuviera vivo.”
Tal vez su muerte física nos resulte por siempre incomprendida. En la última cena con los amigos, Olmedo se demostró más feliz que nunca y se despidió con un hasta mañana.
Cuenta Alberto Cortés: "Nadie me podrá convencer de lo contrario. Lo que lo hizo morir, ya lo había hecho conmigo mil veces en el cordón de la vereda. Aquí el rey del circo, decía. Se hacía el equilibrista. Lo hizo en el piso once del edificio Maral en Mar del Plata un 5 de
Marzo de 1988 y se fue”.
Reconcentrado, lúdico, disparatado, solitario, buen amigo. Sería interminable la lista de calificativos necesarios para definirlo. Quizás estos pasajes de su historia basten para comprender quién fue Alberto Olmedo y cuál ha sido su legado.
El gasó
"Se dice que el gasó salió de los presos de la cárcel de Villa Devoto, que hablaban en ese argot para que los guardias no los entendieran. Se llama gasó porque todas sus palabras se cortan en una sílaba y se le agrega gasá, gasé, gasí, gasó o gasú. Por ejemplo, Rosario es Rosagasario. El que nos metió a nosotros en el idiogasoma fue Salvador Chita Naón. Se supone que alguien de la farándula rosarina estuvo preso en Devoto y después lo trasladó al café-restaurante Nacional de Rosario. Otra versión afirma que lo hablaban allá en Buenos Aires los cómicos del balneario, gente como Pepe Marrone, que era muy amigo de Chita. El gasó se impuso a principios de la década del ’50 en el Nacional, que era un café que estaba abierto toda la noche, donde se juntaban los artistas que salían de las funciones, los periodistas, los vagos y todos los noctámbulos. El Negro lo aprendió ahí, se encargó de llevarlo de nuevo a Buenos Aires y se lo hizo conocer al público”. (Recuerdos de "Toño” Ruiz Viñas)
Actualmente, como un homenaje a su entrañable amigo y para que no se pierda el idioma que conocieron juntos, Chiquito Reyes redactó una Guía Práctica de este singular lenguaje, la cual fue publicada por primera vez por la editorial Homo Sapiens, con motivo de la presentación de la película Rosarigasinos de Rodrigo Grande. Recientemente la Fundación Rosarigasino realizó una segunda edición de la misma.
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